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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Qué barbaridad. Cuanto tiempo sin escribir una sola línea. 
Que no escriba no implica que Lipo esté quieto, aunque también hay que apuntar que cada vez lo está más. 
Lipo sigue cumpliendo semanas y meses y creo que todavía no os había dicho que lleva ya cuatro meses y medio sin fumar. Pero ya da igual. Tomó la decisión demasiado tarde, cree él o, más que creerlo, lo siente así su cuerpo. Lipo ya había dejado de fumar en otras ocasiones durante cortos espacios de tiempo y en todas ellas había experimentado grandes impactos físicos en su día a día y que afectaban a su cansancio, a la respiración; se sentía más fuerte y poderoso y hasta creía llegar a concentrarse más. Ahora, sin embargo, apenas parece ser consciente, su cuerpo, de que ya no alberga ni ha de procesar esos grises humos. El cambio más significativo: ronca menos. 
Tomó la decisión un día a las cuatro y media de la tarde antes de subirse al coche para volver a casa. Lo hizo prácticamente sin pensar. Simplemente, se lanzó al vacío y desde entonces no ha vuelto a llevar un cigarrillo a sus labios. 
Lo hizo porque pilló un resfriado y cuando tuvo pinchazos en la garganta, que no auguraban nada bueno, comenzó a sentir pánico de que fueran capaces de descender hasta los pulmones. 
Bueno, ¿y por qué ese pánico? Le preguntan a Lipo. 
Lipo no quiere contar, cada día le causa más contar lo que sabe, simplemente siente pereza en hacerlo. 
En todo caso, Lipo estuvo a punto de irse, o eso cree él, cuando, hace años, esos pinchazos lograron descender hasta los pulmones. Lipo estuvo encerrado en un pisito pequeño en el epicentro de la urbe durante esos días y muy poca gente, muy poca, estuvo al tanto de su estado y aún menos de las sensaciones que durante aquellas jornadas tuvo de que eran las últimas. 
Aquellos días Lipo no quería toser, pues cada vez que lo hacía su pecho estallaba y el dolor era el de los desgarros que en su carne provocaban los mordiscos de las fauces de lobos feroces. 
Lipo apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama. Simplemente, pensar en ir al cuatro de baño se le antojaba una tarea titánica y prefería sumirse en la inconsciencia, pues cree que perdió el conocimiento de vez en cuando, y no le importaba, pues eran aquellos periodos sin sentido los que le proporcionaban bienestar. 
Si esto es morirse, pensaba Lipo aquellos días, tampoco está tan mal. Es solamente dejarse ir, perder ese conocimiento sobre el entorno y no volver a recuperarlo. En realidad, lo que a Lipo le pone los pelos de punta es pensar en sus restos físicos de un lado para otro sin poder tomar decisión alguna sobre ese trajín, qué pesadez de tanatorio, de velatorio, de entierro, uff, que días de agotamiento estando ya muerto.  Lipo en aquellos días pensaba a duras penas qué dejaba aquí, en este planeta, en este rincón del universo infinito, y llegó a la conclusión que tampoco tanto, así que, qué más da morirse, total. 

 

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