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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Tan rotunda y cierta

Dos hombres hablan en los vestuarios de la piscina. Les oigo porque es el mediodía y apenas hay personas. No los veo, pues están en otro habitáculo diferente al mio. Les oigo a través de unas paredes que no llegan al techo. Estamos en una gran nave de hormigón compartimentada por paneles. 

Pues mi abuela, dice uno, salió a dar su paseo de todos los días después de comer y volvió, se echó su siestecita y ya no se levantó, se murió, así, sin hacer ruido, como quien no quiere la cosa. 
Si es que es lo mejor, le dice el otro. 
¿Verdad que sí? Le pregunta y también afirma el nieto de la muerta. 

Y me pregunto por qué cojones estos dos hombres en esos vestuarios hablan de la muerte de la abuela de uno de ellos. Y me pregunto si después de morirte vas a un espacio similar al que estamos y, cómo estoy ahora, te quedas desnudo, rodeado de extraños en silencio, en un compartimento, esperando a ver qué pasa, a ver qué hacen contigo y con la certeza rotunda de que allí estás solo y que así estarás o serás el resto de una nada.

Llevo tiempo oyendo hablar de muerte. Será que, al igual que mi edad, avanza  como una vieja borrasca de nubes pesadas y negras. La puedo intuir cuando contemplo a mi madre caminando, lastrada en su sillón, hacia el siglo de vida. Estamos en silencio  y a veces se pierde en sí misma, ensimismada, supongo que recordando el pasado, pues también supongo que debe de ser difícil imaginar ningún futuro. Mi madre, a las puertas de una muerte lógica, nunca habla de ella, es una transición tan particular e intransferible. 

La muerte, ese concepto desconcertante que deja esos enormes vacíos y desgarros entre los vivos. La muerte que separa a la fuerza con esa violencia tan definitiva, sin una fisura, por pequeña que fuera, para poder tener una probabilidad, pro pequeña que fuera, de recuperar lo que se lleva. 

Si es la muerte, es definitiva. 

La muerte, ¿quién la inventó tan rotunda y cierta? ¿Por qué tan fría? ¿Por qué tan íntima? La muerte que me hace ver y sentir a gente a la que quiero dolorida. La muerte, tu muerte, esa experiencia que no sirve de nada para tu vida, ¿qué puede haber más inservible? 

La muerte, llamando a la movilización general de familiares y amigos, planea sobre la tristeza, en silencio, supongo que seria y severa, qué trabajo tan duro. La muerte invencible. Da igual tu credo que no hay ejército que la derrote, si acaso se burlan de ella con rumores sobre otros lugares llenos de luz, llenos de vírgenes y gloria. 

Y vuelve mi mente a la piscina. Sí, quizás pueda equiparar el hecho de morir con esta sensación de pereza e incertidumbre que siento siempre en el vestuario cuando, lejos de los míos, sin vuelta atrás, he de desprenderme de mi ropaje, de mi calor, y desnudo, habiendo perdido mi confort, imagino a mi cuerpo, ahora seco, en un medio nuevo, frio y húmedo el que mis pies no me sostienen y en el que, en vez de en vertical, me desplazo en horizontal. 

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