Aquel tipo, de ciento veinte kilos al menos, se ha sentado enfrente mía. Lleva una camisa de cuadros, enorme. ¿Dónde venderán esas camisas? ¿En qué remota planta de qué remotos almacenes, de qué remoto polígono industrial venderán esas camisas tan grandes, con tanta cantidad de tela? Apenas cabe en la silla de metal, de esas que no pesan y que ponen en esas terrazas tímidas en medio de desiertos. Aquel tipo apenas puede respirar. Desde donde estoy oigo su estertor. Su cara alargada y gorda no tiene barbilla, sólo una papada abultada que entronca directamente con su cuerpo. Aquel tipo tiene tics. Su brazo izquierdo está como rígido y constantemente mueve su codo hacia fuera como imitando el aleteo de una gallina con sus alas atrofiadas. Aquel tipo también hace un ruido extraño al respirar. Además de los estertores, su boca adquiere una extraña mueca cada dos por tres, como si tuviera que tirar de un muelle que se comprime dentro de ella. Está rígido en la silla, sus alas atrofiadas, su mueca y estertores, sus al menos ciento veinte kilos y otro más, tiene tendencia a meterse el dedo en la nariz. Un dedo gordo que escruta dentro de la fosa de sus napias grandes y con forma aguileña, al igual que sus ojos inquietos de pájaro del bosque, . Y mira, desnuda y desea a la camarera rubia de bote. Y la chica se va, y la mira el culo, y ahora viene a traerle algo y mira sus tetas y su entrepierna. Y la mira con descaro, sin ningún recato, como un felino a un pequeño mamífero con el que se quiera alimentar. Esta con otro tipo, más joven, pero que lleva el mismo camino que él, tumbado éste último en la silla, como un vaquero del frío Colorado, después de haber traído mil vacas desde Utah. Hablan por los móviles alternativamente, a voces, ¿cómo no? Eh, joputa, dice, jajaja, cabrón, ¿Ondestas joputa? Jajaja. Será cabrón, le dice a su acompañante. La conversación dura poco. Viene la camarera con dos hamburguesas Super XL. Una especie de platillo volante gordo y rechoncho, enorme. Una nave nodriza extraterrestre de carne lechuga, tomate y mostaza. El animal la parte en dos con el cuchillo y abre sus fauces para tragar aquella media hamburguesa que intenta meter en boca entera. Habla entre risas, mientras mastica, con el otro campeón. Jajaja, será cabrón, dice. Los dos animales devoran hambrientos, miran a la camarera. El más mayor, come, habla por le móvil y no para de hacer sus tics, uno detrás de otro, a veces dos a la vez, a veces tres, Me pone nervioso y no es día para este tipo salvaje porque hay días tristes y melancólicos, y hoy ha sido un día de esos. Dias muerte porque están repletos de cosas que se acaban. Días de agonía, espera silenciosa y tácita con la nada. Sol y cielos azules que terminan, y más allá, brumas y espesas nieblas. Hoy ha sido un día de esos. Días de sentir, en remoto, el dolor de otros, sus pensamientos y sus angustias, sin saber, sin poder hacer nada para remediarlo. Días en los que te encuentras paralizado, agarrotado. Días sin suavidad, de dolor de cabeza, de ojos que pican, días con un grano en la punta de la lengua. Días en que sientes las manos sucias y ves también sucios tus zapatos. Días cansados, días de suspiro, días para mirar la cumbre, pero desde abajo, desde en las sombras de la ladera este, mientras el Sol se pone ya por el oeste, y pronto caerá la noche y tu solo, sin abrigo, sin ganas de bajar, sin fuerzas para subir.
Basta ya de tanto lamento, te dices. Sacudes tu cerebro, como lo haría un perro para secar su cuerpo húmedo. Despabílate coño, te dices, empezamos de nuevo. Echas una ojeada a tu alrededor, tratando de ver las cosas con ojos nuevos, pero tu alma es vieja y el corazón está dolido. Mejor dejar pasar el día, mañana será otro.
Siempre me pillas en estas circunstancias, le digo. A cambio, me sonríe, me mira con tanta serenidad, con sus ojos horadantes y suaves. Paso del bestia que engulle, aquel animal de otro lugar, de otro planeta inferior, y sigo pensando en la muerte, que no es pérdida, sino vacío y ausencia. Lo que no está o está donde no debe de estar.