Historias de todos los días
11 Abril 2026
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La semana de Lipo ha sido médica. Hacía mucho tiempo que no iba al médico, y como ocurre cuando lo hace, no ha estado exento de cierto nerviosismo. A Lipo siempre le han dado un poquito de reparo los temas médicos. Cree que todo es miedo, siempre ha temido a lo desconocido y si te haces pruebas, y está muy bien hacérselas, no deja de ser como lanzar una moneda al aire, jugar al escondite dentro de tu casa, en la que, tarde o temprano, acabarás encontrando a alguien. Y cuando eso ocurra, le entrará un escalofrío, no por el mal que descubran, sino por el hecho de que haya nacido y habitado dentro de él, le haya llevado de un lado a otro sin saber nada de él, inconsciente al polizonte escondido en tus bodegas.
Los periodos médicos son tan particulares. Son otro mundo, un imperio ajeno que te somete y subyuga, una realidad de términos incomprensibles y de unidades de medida microscópicas. Universo interminable de seres vivos innombrables, tribus, pueblos, civilizaciones que conviven dentro de ti, en equilibrio, tutelándose, vigilándose, comiéndose unos a otros, si es necesario, para que exista un orden debido y perfecto.
Fascinante viaje químico al interior al que, lamentable y curiosamente, sólo se puede llegar a través de los desechos, que tan indecoroso le han hecho sentir a Lipo para poder recolectarlos.
Madrugones en ayunas y esa comunidad con caras o posturas enfermas, o simplemente expectantes, a veces algo ansiosas, con las que te encuentras y de la que entras a formar parte de manera automática, sometido a sus mismas normas y leyes. Y piensa Lipo que las consultas, las salas de espera de los espacios médicos, son los lugares con menores privilegios y diferencias entre los hombres. Será, se dice Lipo, que todo aquello que te acerca a Dios, nos convierte en mansos. Piensa Lipo en los habitantes de estos lugares, con el numerito en la mano que no paran de mirar, él también, a ver si son capaces de memorizarlo para, cuando aparezca en la pantalla tras un sonido metálico o un pitido ergonómico, acudir rápido al oráculo a obtener la absolución o bien a iniciar un proceso, corto, largo, sencillo o laborioso y complejo, pero un proceso. A fin de cuentas, un camino, de los más inciertos que recorremos.
Y detecta Lipo que las personas en las consultas se observan poco las unas a las otras, que se dedican más las gentes a pensar sobre sí mismas, será que el miedo nos vuelve introspectivos y piadosos. Quizás recemos, o quizás roguemos por nuestra salvación, pues mucho nos quejamos de este mundo, pero qué pocas ganas tenemos de abandonarlo, como cree Lipo, por puro desconocimiento de cualquier otra realidad.
Y sale Lipo victorioso y absuelto, salvo por unos hongos malditos con los que un tercero ha debido contaminarle. Pero qué importan esos hongos, piensa Lipo, si el resto de su organismo, con todos sus achaques y mermas, sigue funcionando de manera más o menos correcta. Y entra Lipo en una cafetería con unas ganas terribles de tomarse un café, y qué pena que ya no fume, porque es el momento de un pitillo. Y el bar está vacío, pues es muy temprano. Va Lipo hacia la barra y tras ella un chino somnoliento y sin lugar a dudas, sin duchar, con ese particular mirar de viejos androides de los chinos. Y Lipo piensa en el café recalentado, fuerte, quemado y amargo, que le va a dar ese maldito chino y se da media vuelta, se inventa algo y sale del local en busca de Occidente. Vuelta a la vida.