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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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.....y el Sanador

José Manuel, el Sanador, vive debajo de una tienda. Es una tienda minúscula, con una entrada minúscula desde la calle. Entras, casi de lado, y te encuentras con un local en forma de pasillo con estantes de madera hasta el techo abarrotados de productos naturales. A la derecha también hay un mostrador, también de madera, cargado de más paquetes de hierbas, píldoras y frascos, formando pilas que ocultan a una mujer explícita, seca, resolutiva y carente de cualquier aparente dulzura.
La tienda es tan minúscula que no acierto a dar con ella cuando estoy en la calle. Hace calor y sudo. Es un barrio obrero recargado de pequeños comercios apelotonados unos al lado de los otros, en fila. Todos con pequeños letreros. Miro el bloque en el que tiene que estar la tienda de José Manuel, pero no doy con ella. Al fin, lo veo “Herbolario”, encogido y aplastado entre una mercería y creo recordar que una librería y papelería. Es temprano, y no niego que estoy un poco nervioso, así que miro el reloj y busco un bar donde tomar un café. Tarea también difícil.
Localizo uno. Tiene grandes escalones para subir a él. No parece asentado sobre el nivel de la calle o han decidido no hacer escalones humanamente asequibles para entrar en él. También es un lugar estrecho. Me meo, pido un cortado que está asqueroso a una señora de cincuenta y tantos, gorda, sudada, secándose las manos constantemente en un delantal oscuro. Me meo, he de ir al cuarto de baño. Lo localizo pero me detienen, tanto la señora cincuentona como un cliente colgado en la barra, por lo visto hay alguien en él, espero dando sorbos a esa agua manchada, me dan arcadas, sigo sudando. Mi organismo está saturado de café. Sube un tipo de las profundidades del local. Me aparto para que pueda circular por el estrecho pasillo entre la barra y la cristalera que da a la calle. Desciendo hacia los lavabos, nauseabundos, amarillentos, con un olor concentrado de orines, lejía, desagües y plomo. Meo. Subo, pago, salgo, enciendo un pitillo, doy varias caladas y decido tirar el cigarrillo y encaminarme hacia el herbolario.
Entro en el local. Enseguida la mujer que atiende en él se percata de mi. Es arisca, ni siquiera le he de decir quien soy, simplemente me afirma y pregunta a la vez ¿Tenías cita a y cuarto, no? Le respondo que sí. Muy bien, siéntate un momento. Obedezco y lo hago en una bancada estrecha al lado de un tipo que tiene una pierna estirada y está recostado, cómo de lado y habla con la mujer. Por la conversación deduzco que trabaja como mecánico en el aeropuerto. Cuenta que una aeronave ha tenido que regresar por una avería. Parece que le duele. Menciona una contractura que por su forma de sentarse, parece ser terrible. Ambos me ignorar, están a su rollo. Se oyen ruidos abajo. La mujer se dirige a mi y me dice que ya puedo bajar. Me levanto y empiezo a decir que no me importa esperar, que pase antes este hombre del aeropuerto en tal mal estado, pero ella me corta. Me dice que él puede esperar.
Recorro la tienda y bajo unas escalera de caracol adosada a la pared del fondo. Son estrechas y desciendo con cuidado, pues los escalones no son uniformes y apenas se ve. Desemboco en una cueva, que intuyo justo debajo de la tienda, pequeña, techos bajos, sin aristas, como redondeada, me recuerda a la madriguera de un hobbit. El lugar no tiene iluminación eléctrica, sólo el resplandor que producen decenas de velas diseminadas por la estancia. Aquel lugar está atiborrado de imágenes relacionadas con la religión, vírgenes, distintas versiones de Jesús, estatuillas representando a santos, santas y más vírgenes, de yeso, de madera, de cobre, ramitos de flores de plástico, pequeños altares, imágenes de dioses de otras culturas, cruces, un candelabro hebreo. Se trata de un lugar atiborrado de símbolos religiosos, pero me da la sensación que ha sido decorado apresuradamente, al azar, sin orden. En el fondo, sentado en una silla contra la pared, erguido, quizás observando mi shock con el lugar, está José Manuel. Vestido de blanco de arriba a abajo, un taquito, moreno, serio. Me saluda, le saludo y me dice que me siente en una silla frente a él. Lo hago, ¿Y bien, qué te pasa? No sé como acomodarme en esa silla. Estoy incómodo y no sé que postura adoptar. No hay nada entre él y yo, frente a frente, sin tapujos y rodeados de aquel atrezzo religioso, a media luz.
Mis palabras salen torpes y sólo acierto a decirle lo cansado que me encuentro. El escucha sin sorprenderse por nada y, supongo que dándose cuenta de mi incomodidad. Le relato dos hechos que parecen ser la clave. Ambos me ocurrieron conduciendo, ambos volviendo a casa. El primero tan sencillo como que era incapaz de encontrar el pedal del freno del coche. Estaba desubicado y en vez de buscarlo con el píe, simplemente pensé que el coche no tenía freno, y por lo tanto deduje que se trataba de un coche sin freno y por lo tanto, traté de recordar que mecanismo podía detener aquel automóvil. Tal era mi angustia que estuve a punto de sacar las llaves del contacto o de buscar un lugar en el arcén, en el cual dejarme caer. El segundo, fue en un semáforo. El coche comenzó a avanzar hacia el automóvil delante de mí. Mire a mi alrededor, y vi como los autos paralelos a mi iban quedando atrás. En vez de pensar que era mi coche el que se movía, pensé que todo el mundo se movía hacia mí, que la tierra se desplazaba y que yo era lo único estático en ella. Tardé en pisar el freno y detener la embestida.
José Manuel es tajante después de escuchar mis relatos. Dice que tengo un claro problema de riego sanguíneo en el cerebro. Pero no se va por problemas biológicos, en seguida se adentra en el terreno de lo psicológico. Hay una frase que dice y que aún recuerdo porque me hace pensar: si supiéramos lo que nos desea gente muy cercana a nosotros, la echaríamos de nuestro lado, y si supiéramos lo que nos dese gente lejana, la tendríamos a nuestro lado.
José Manuel se levanta y viene hacia mí. Me dice que me va a limpiar, porque todo lo que me pasa es que me están deseando cosas malas y que estoy bloqueado. Se sitúa detrás mía y comienza a hacer girar sobre mi cabeza una especie de cerilla enorme con la cabeza incandescente. Yo me quedo quieto. Me dice que tengo la cabeza llena de mierda, que alguien muy cercano a mi me desea lo peor. Me quedo asombrado y no hago más que pensar en quien puede ser ese alguien. No acierto a encontrar ningún candidato. Uff, pero muy mal, repite, alguien te desea nada más que males y te ha bloqueado. Me asusta. Sigue con su cerillo, haciéndolo girar sobre mi cabeza. Acaba. Ahora hunde sus dedos en mi estómago. Me dice que tengo, no me acuerdo que órgano, irritado. Me sugiere dejar de tomar café, al menos en cantidades ingentes.
Vuelve a su sitio. Me dice que ya me ha limpiado y que siga un tratamiento que me va a suministrar. La sesión ha acabado, pero antes le pregunto si he de volver dentro de un tiempo. José Manuel me responde que eso lo veré yo mismo. Le doy la espalda y subo los escalones.
Arriba me espera la mujer. Ordena bajar al hombre con la gran contractura. Me suministra unas hierbas que he de tomar tres veces al día y dos botes de pastillas, de las que he de tomar dos al día.
No sé si lo ocurrido ha sido real o no, pero lo cierto es que me siento más tranquilo, más relajado. Salgo a la calle con mi bolsa de plástico llena de remedios de herbolario, suena el móvil, un cliente estresado, vuelta a la vida.
Se acabó.

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