Historias de todos los días
9 Enero 2016
—Hombre!!, me alegro de verle.
—Gracias, a mi también a usted, ¿Cómo está?
—Perfectamente, pero dígame, ¿Qué tal sus reyes magos?, ¿Qué tal sus dientes?
—Jaja, miré, mire que sonrisa, la he vuelto a recuperar. Por fin he recuperado también mi confianza, puedo hablar sin miedo a escupir mis dientes, y comer sin miedo a tragármelos. En definitiva, he recuperado mi vida.
—Sí, es sorprendente como unas cosas tan pequeñas pueden alterar nuestro bienestar.
—No, no, de cosas pequeñas nada, sin dientes cambia toda una vida, se acabaran cierto tipo de alimentos, se acabó cierto tipo de dicción, se acabaron las sonrisas y las risas, olvídese usted de besar a una mujer, acaban saliendo arrugas en la frente. Jaja. Todo el cuerpo, todos nosotros somos un conjunto de cosas pequeñas, y ya sean los dientes, o ya sea un oído, o el dedo más pequeño del píe, si fallan, estamos jodidos.
—Bueno, ¿y sus reyes magos?
—No han estado mal. Ya le conté lo limitado que he estado para salir a hacer la labores de paje. Iba con esa sensación de que recibirás lo que des, pero han sido espléndidos en cariño, en el “voy a pensar que regalar”, que, a fin de cuentas, es lo que más valoro de un regalo, la dedicación a él. Yo antes lo hacía, exige una concentración fuerte, exige tiempo, dedicación, estrujar tu cerebro y estar muy atento a todo lo que ves, pero he dejarlo de hacerlo, básicamente porque ya no tengo fuerzas, básicamente también porque ya no tengo tiempo, y sobre todo porque los demás no valoraron el esfuerzo, en fin, ¿y los suyos?
—¿Los míos? Los míos muy normales, prácticamente recibo los mismos presentes todos los años, cosas muy prácticas. Digamos que mis reyes son una especie de suerte de renovación de prendas necesarias para la vida diaria. Tampoco pido más, sé lo que hay en casa, ya sabe. Mi mujer, mi hija y la nieta forman la unidad, el marido de mi mujer, el pobre, se dedica, básicamente a trabajar. Mi mujer se ha volcado en nuestra hija y en la crianza de la pequeña, creo que piensan en mí como “el abuelo”, ya mayor, siempre en píe, con mis pantalones marrones, mi cinturón finito abarcando mi abultada barriga, mi puro, mis zapatitos negros. No hago nada, no intento nada que pueda plantearles problemas o dudas. Es lo que me ha tocado en esta última etapa de mi vida, pero no me quejo, mi existencia es plácida, tranquila.
—Bueno, no es una mala vida, veo que la tiene asimilada y reflexionada.
—Jaja, sí, claro que sí, tengo mucho tiempo, consigo verla desde fuera y observarla. No hay que pensar mucho, lo que se ve es lo que es y no hay nada más que lo que se representa en ella.
—Excelente punto de vista, desafortunadamente, no siempre ocurre así, hay poca gente como usted, normalmente para llegar a alguien hay que derrumbar multitud de escenarios de cartón piedra, es como escarbar en un cajón de sastre de utilería de un teatro buscando cuales son piezas originales y reales, mezcladas ahí dentro, entre tantas otras construidas, exclusivamente, para emular y aparentar.