¿Qué placer hay en salir a la calle a la una de la madrugada a observar, simplemente la luna? Hace un frío de pelar. Mi reloj me dice que cuatro grados. La humedad es terrible y temo resbalarme con las miles de hojas muertas, mojadas, resbaladizas, que alfombran mi terraza. ¿Por que nadie hace esto en las noches de invierno? La calma es total, no hay ni gatos, a los que imagino acurrucados y enroscados en si mismos, dándose calor con su propio cuerpo, en recónditos lugares. Los cristales del automóvil están encharcados de sudor frío y allí, bajo la mortecina luz de farol de la entrada, estoy yo. Imagino que alguien, entre las sombras, acecha, imagino que cuando abro la puerta y ve el rectángulo de luz amarilla de mi hogar iluminar la entrada, anhela entrar en él. Recorro con pasos discretos, y también cautelosos, mis territorios alrededor de mi casa. Entorno los ojos para tratar de distinguir los detalles de las plantas, pero no veo nada. Eso sí, veo una furgoneta enorme, entre las sombras, aparcada frente a la puerta de mis nuevos vecinos. En los portones traseros leo, a duras penas, persianas. Pienso si será el camión del persianero que ha venido a cambiar las persianas de la casa recién comprada. Pero al mismo tiempo me pregunto que coño hace el persianero en la casa de sus clientes a estas horas. Así que deduzco que el nuevo vecino se dedica al negocio de montar persianas, y me gusta. Vivo en una urbanización espontánea de taxistas y persianeros, una comunidad de gente humilde y trabajadora. Como os decía, la mejor forma de pasar desapercibido. Me encantan estas horas, es como si mi creador me hubiera dado la capacidad de estar despierto y vivo unas horas más que al resto de los mortales y, entonces, pudiera observar sus primeros sueños, pillándoles, así, desprevenidos. Esta es la mejor hora si quisiera hacer pintadas en sus portones, si quisiera robar tapacubos o desinflar ruedas. No sé de quien he heredado estos extraños gustos. Por más que pienso, he de suponer que de un antepasado lejano que quizás fuera medio ermitaño o quizás un hombre lobo. Supongo que si viviera con alguien no podría abrir la puerta de mi casa y dar un paso en una noche nebulosa como esta. Supongo también que pensaría, coño! vaya tío raro. O aún peor, me recriminaría diciendo: pero a donde vas con la que está cayendo. Entonces yo la miraría con extrañeza, pensaría que no tiene ni puta idea de con quién está, y mucho menos que hubiera tomado algún interés en saber que gustos, por recónditos que fueren, podría tener yo. Claro que al mismo tiempo pienso que los gustos recónditos han de ser eso, recónditos, como los lugares donde se esconden los gatos, y, por lo tanto, invisibles al ojo humano. En todo caso, aquí estoy, en medio de la noche humedad, solo, y observándoos mientras dormís pequeñas almas cándidas, igual pensando en alguna maldad pequeña que pueda suponeros un gran trastorno. A descansar.