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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Yo me moría y entre todos me resucitaron

Vaya par de días críticos. ¿habéis oído hablar de la crisis del fin de semana? Supongo que para muchos esta expresión sólo puede significar afrontar sus dos días de libertad sin plan alguno, produciendo en ellos desazón, tristeza y hasta desesperación. 
No es mi caso. Afortunadamente, en mis siete días de la semana gozo de libertad, desarrollo una actividad profesional que, con sus más y sus menos, me gusta y me hace disfrutar, a pesar de la intensa actividad que requiere tal amante, y veo los fines de semana como un espacio de descanso, de relax, a veces hasta de reclusión voluntaria. Para mi, y para muchas personas como yo, el término crisis del fin de semana, define a las invasiones esporádicas de bárbaros que intentan apoderarse de tu organismo durante la semana y que mantienes a raya porque estas más pendiente de tus responsabilidades que de ti mismo. Como consecuencia, y llegado el viernes, en cuanto tu cuerpo detecta que te relajas y que en tu cabeza las conexiones neuronales se ralentizan, zas!, se viene abajo. 
Me pasó el viernes, paseando a mi perra. De pronto, un cansancio profundo y pesado se apoderó de mis piernas, de mis brazos. se me resquebrajó la cintura y miré hacia atrás, hacia el camino ya andado y con serias dudas sobre mi capacidad física de desandarlo. 
A gatas, como un cuerpo viejo asfixiado y sin capacidad de generar oxígeno, llegue a casa, a rastras fui capaz de despojarme de mis ropas y de vestirme con otras cómodas que uso para estar en mi cueva. A rastras, logré dar de comer a mi perra y a rastras, llegué hasta el sillón, en el que me dejé caer como un cuerpo moribundo dominado por los escalofríos y por un cansancio hondo que venía del más allá. 
Simplemente me dejé llevar por el placer de la enfermedad. Un sillón en calma en una casa en calma, una perra a tus pies, también tumbada y en calma, los pequeños sonidos del hogar y un hombre, moribundo, con la boca abierta, tratando de inhalar oxígeno, adormilado, perdiendo la conciencia, sin casi voluntad de seguir en este mundo, bordeando el deseo de abandonarlo y curioseando sobre el enigma del más allá, que como mínimo, significa inconsciencia y tranquilidad. 
No me quería morir, pero en la soledad de aquella tranquilidad no descarté que ese suceso me ocurriera. A mi mente vino mi bronquitis de unos años antes, de la que me resucitó un ángel. En esta ocasión, mi mayor miedo no era el deceso, sino la tos, aquella tos que años antes me hacía estallar el pecho en mil pedazos con un dolor insufrible. Quizás por ello, ahora buscaba la calma, el no movimiento. Mientras estuviera quieto, la tos no aparecería. 
Así pasaron horas, arrastrándome del sillón a la cama, buscando ese estado de duermevela placentero que dejaba fuera al resto del mundo. Al día siguiente, sábado, cena de Nochebuena. Obviamente, la decisión estaba tomada, me quedará en casa muriendo placenteramente. Pero volvió a aparecer el ángel y logró meterme en la ducha y después en el coche y depuesto ponerme en la carretera a setenta por hora, ajeno al tráfico, un paseo entre nubes. Y el domingo comida de Navidad, y repetición de la jugada. Y el lunes mi hijo viene a verme, a pasar el día conmigo, y damos un paseo, y me canso y comemos juntos, y le digo que me queda poca vida, y me sonríe socarronamente, y le digo que tenemos que revisar mis papeles de seguros y todas esas gaitas, y no me quiere hacer caso, y vemos una película, el uno recostado sobre el otro, y sigo durmiendo y con recelo de que se vaya alejando de mi el placer del moribundo. Y el martes, mi ángel me torea, me lleva con su muleta de seda roja hasta la puerta del médico y allí me deja. Y entro a las diez de la noche, y me recibe una joven médico que me pregunta que cuál es mi urgencia, y le digo que ninguna y me responde que por qué voy allí entonces, y le respondo que, simplemente, porque está abierto. Me sonríe y me pregunta por mi enfermedad, se la relato, me ausculta, mide mi oxígeno en la sangre, mira mi historial médico, asombrándose de que apenas existan rastros sobre él y le digo que apenas he ido al médico y que así seguirá siendo, que para morir me basto conmigo mismo (esto último no se lo llegué a decir). me dice la joven médico que estoy bien, muy bien, que esté atento. Y así, yo me moría y entre todos, me resucitaron. 

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