Historias de todos los días
26 Enero 2017

Hay una mujer y un hombre sentados en una mesa de una cafetería. Están uno frente al otro. La mujer es de edad indefinida, no puedo decidir si anda por la mitad de la cuarentena o aún no ha llegado a ella. Incluso le solicito a quien me acompaña, que me de su opinión sobre los años de la susodicha. Opta por la mitad de la treintena. La vuelvo a mirar, quizás sea cierto. Su piel es blanca, tiene una papada incipiente bajo su cara redonda, y si bien no es una persona gruesa, si puede ser calificada como amablemente mullidita. La mujer se ha metido en un jersey extraño de color rojo, de cuello alto y dentro de él, dos pechos bien sujetos se lanzan contra su interlocutor. Sus ojos son claros y su pelo lo lleva suelto. Es lacio, sin gracia, castaño, fino. Porta gafas muy limpias y usa un truco curioso, un mechón de pelo que cae sobre su cara en el lado derecho, lo canaliza por el interior de las gafas, dejando que la patilla derecha lo mantenga allí, sobre su cara, ocultando constantemente su ojo, también derecho. La mujer lleva joyas. Una cadenita por encima de su jersey que sujeta algo que ignoro, pues se pierde bajo la mesa. Supongo que debe de tratarse de una figura piadosa, lo que daría a entender sus creencias y su escala de valores morales. También lleva anillos en sus dedos regordetes que no duda en mirar distraídamente, de vez en cuando, e incluso hacerlos girar para que la piedra o la filigrana decorativa, se mantenga siempre hacia arriba.
Enfrente de ella hay un buen hombre. Apenas tengo recuerdos de él, porque quien realmente me plantea dudas es ella. Aún así el hombre está allí, caído en la silla. Puede tener más de cincuenta o cincuenta y cinco años. Lleva vaqueros y una especie de cazadora oscura. Parece cansado, quizás aburrido, e incluso parece un poco inquieto, o quizás un poco resignado por estar allí, sentado, simulando escuchar atentamente lo que la mujer de edad indefinida le cuenta. Trato de enterarme de la conversación, para averiguar el motivo del aparente aburrimiento del hombre, a quien le cuesta, le cuesta, le cuesta, concentrarse en la conversación.
Sólo oigo retazos y en ellos, ella habla de sí misma. Habla de problemas físicos. Creo oírla decir que necesita beber mucha agua y que de lo contrario, tiene problemas. Esta idea, con distintas palabras, la repite en tres ocasiones. En otro momento, ambos parecen hablar de terceras personas comunes, por lo tanto, quizás sean compañeros de trabajo. En todo caso, yo me inclino porque se trata de una cita romántica, primeros tanteos, y ella, sutilmente, le va informando a él de sus defectos y limitaciones. Ello explicaría también la actitud de él, que pudiera sentirse obligado a aquel protocolo romántico, antes de poder intimar con aquella mujer.
Qué es aquello, me empieza a obsesionar, a pesar de que también mantengo una conversación, basada en opiniones personales, sobre qué papel ha jugado Holanda en Europa. Es divertido: dígame usted tres ciudades de Holanda, dígame un pintor, un literato o un compositor. Le pido a quién está conmigo que valore qué cojones hacen nuestros vecinos en esa mesa. Después de análisis concluye que son compañeros de trabajo del mundo sanitario. Observo, y retomando los retazos de conversación en los que mencionan a terceros comunes, coincido en que pudiera ser. Además, ambos van aseados y tienen sus manos limpias, lo que también respaldaría esta idea. Pero el mechón de la mujer, dentro de sus gafas, su vestimenta, sus joyas que no para de mostrar y sus modales contenidos, me vuelven a hacer pensar de que se trata de una cita romántica, quizás nacida en el trabajo. Además, ninguno de los dos es consciente de lo que ocurre a su alrededor, ni siquiera se han percatado de que están siendo observados .
El hombre trata de emitir opiniones, pero ella se impone rápidamente no permitiéndole desarrollar sus ideas. El opta por no insistir, es un hombre paciente.
Nuestra conversación se vitaliza, hablamos de los judíos, tulipanes, organización social, drogas, diamantes, comparamos Holanda con Bélgica..y ella vuelve a hablar de que tiene que beber. El hombre mueve sus piernas abiertas nerviosamente, tratando de volver a meter en sus tripas los problemas de la mujer cuando no bebe agua. La pareja es como un avión que acaba de cruzar el océano y ha de dar vueltas encima del aeropuerto de destino para que le dejen posarse. Es tarde, son las ocho y pico. Es de noche, fuera el tráfico es intenso, aunque por la aceras hay poca gente caminando. Hace frío. Las luces en las viviendas indican que las personas ya están en casa mirando el televisor, y bajo ellas los establecimientos aún están abiertos con sus neones y focos en los escaparates. A píe de calle muchachas chinas arreglan uñas de jovencitas detrás de cristales panorámicos que desprecian cualquier intimidad. Veo todo desde la cafetería, que tiene una luz alta, blanca, los cristales no están muy limpios. Es un lugar extraño para una cita romántica extraña, es una cita eléctrica al final del día, cuando todos estamos cansados y soñamos con otro día, que sea mejor que éste.