Historias de todos los días
19 Marzo 2019

Retomando lo de ayer, y para acabar con esto. Cuando la conocí me dijo que una de sus metas era tener un gran coche de marca. Me llamó la atención y no pude dejar de asombrarme y mostrarle mi perplejidad. De hecho, pensé que estaba de broma. Pero ella lo decía muy en serio. De hecho tenía un Mercedes, modelo básico, que no le gustaba absolutamente nada y preguntada sobre las razones de tener un coche que no le agradaba, la respuesta fue aplastante, para que cuando fuera a repostar gasolina, pudiera decir al operario, cóbreme el deposito del Mercedes. Supongo que si hubiera más gente esperando para pagar, le haría sentir incluso mejor. Me despeloté.
El colmo es que yo tenía un coche bastante antiguo, pero que me encantaba, y el cariño que me unía a él me hacia conservarlo, a pesar de que ya estaba más tiempo en reparación que en uso. Pues bien, aquella extraña mujer tuvo una pelotera conmigo una vez que fui a buscarla a casa para llevarla al cine. Se indignó suponiendo qué iban a pensar los vecinos. Los vecinos de una barriada de gente humilde.
Nunca sabré porque seguí con aquella relación a pesar de los hechos alarmantes que me decían aléjate. Supongo que me podía más la curiosidad de ver hasta dónde podía llegar aquello, que el deseo que pudiera sentir hacia ella.
Aquella extraña mujer estaba de baja médica, nunca pude descubrir las razones, pero sin duda debían de ser razones relacionadas con la psique. Llevaba más de un año de baja y debía de estar inmersa en uno de esos procesos administrativos largos, debía de estar en pleitos con la empresa y parecía sólo querer alargar el mayor tiempo posible su situación.
Algo le pasaba en su cabeza, sin duda. Yo tenía una casa fuera de la ciudad e ir allí requería una hora y media de viaje. Ella vino alguna vez, pocas. Y siempre que lo hacía debía de parar porque se mareaba, tanto a la ida como a la vuelta. Le ocurría en un instante cualquiera, en medio de una recta a 120 kilómetros por hora o trazando una curva. Yo me asustaba, pues me parecía peligroso. Cuando ocurría ella debía aminorar la marcha, echarse al arcén o salir de la carretera y descansar. Salía del coche y se desesperaba, ponía su antebrazo en la frente, como la escena de Escarlata en “Lo que el viento se llevó”, y lloraba unas lágrimas que a mí nunca me parecieron muy sentidas. Se recuperaba y seguíamos.
Aquella mujer se me metió en casa, y es verdad que supo empatizar con mi hijo. Sabía perfectamente como agradarle y no voy a poner en duda que le quisiera y sintiera simpatía por él. Se llevaban bien, le regalaba cosas, sobre todo caprichos, y el chaval estaba entusiasmado. Sin darme cuenta formaba parte de mi vida y me di cuenta una vez que fui a buscar unas manzanas a la nevera y las había cambiado de sitio. Aquello me desconcertó y me hizo sentir como si hubieran violado mi más profunda intimidad.
Sexualmente, no me acuerdo de ella, pero creo que no nos acoplábamos debidamente. Tampoco recuerdo su cuerpo, su sexo o su forma de abordar el acto. En abstracto, y desde mi punto de vista, creo que el sexo para ella siempre fue un problema. Tenía una madre, a quien afortunadamente nunca llegué a conocer, y una hermana, a quien sí conocí, con una vida aparentemente perfecta,. Creo que ambas personas condicionaban de manera sorprendente la vida o como vivirla, de aquella mujer.
Una tarde fui a comer a casa de su hermana. Vivía en una casita unifamiliar en una urbanización de más casitas unifamiliares, perfectamente organizadas, con sus setos, piscinas y sus guardias de seguridad. Tenían una niña rubia preciosa y una perro precioso, y todo estaba limpio y en orden, ni el perro no soltaba pelos.
Se empeñó en que fuera a comer, supongo que quería presentarme a su hermana y al marido de su hermana. Yo fui porque en aquella relación me veo callado y, simplemente observando y asombrando. Pues bien, la comida fue, supongo que bien, pero el problema es que a los postres, sentado ene sillón, en aquella casa excesivamente caldeada, me quedé frito mientras charlaba con el hombre de la casa. Creo que hasta ronqué. Bueno, os podéis imaginar la que se lío luego. Me dio por reír.
Supongo que rompimos varias veces la relación y supongo también que otras tantas la retomamos. Tampoco recuerdo que provocó la ruptura final y definitiva. Puede que fuera una vez que hicimos el amor, aunque no recuerdo en absoluto, como decía anteriormente, cómo era el sexo con ella. Pero bueno, al final del acto, en la oscuridad de la habitación estando los dos de pie y en pelotas, me miró y asombrada me dijo que si no había usado un condón. Era claro, observando mi miembro, que no lo había hecho. Aquello pareció indignarla y, ni corta ni perezosa, me abofeteó argumentando que la había faltado al respeto. Ni corto ni perezoso le devolví la bofetada. Se quedó parada, empezó a llorar, con aquellas mismas lágrimas de pequeñas gotas de cristal y de manera precipitada, empezó a recoger sus cosas y salió corriendo de casa en su Mercedes utilitario. Ni siquiera estuve atento al hecho, sencillamente se fue y me quedé con la mala sensación, primero de haber abofeteado a alguien, pues era la primera vez que lo hacía, y segunda, con el miedo de que la escena agravara sus mareos y tuviera un accidente, pero no ocurrió.
Creo, pensando, que aquel fue el punto final. Y lo cierto es que costó convertirlo en un punto y a parte. Se multiplicaron las llamadas para volver a vernos, pero yo no lo deseaba. Creo que aquella relación era destructiva, tenia insertada una espiral extraña que llevaba a la exterminación. Recuerdo la última llamada, una mañana soleada, con ella diciéndome que muy bien, pero que se quería despedir de mi hijo, y recuerdo que le contesté que no se preocupara, que yo lo haría por ella. Y a mi cabeza vino la posibilidad de que aquella mujer empezara a acosarme, o a mi hijo, y que se viera hecho realidad alguno de esos argumentos tórridos de película, pero nada de eso ocurrió y ahora, no sé que será de ella. me gustaría saberlo, por mera curiosidad.