Historias de todos los días
26 Enero 2020

Es un tipo raro, por eso su denominación es “el rarito”.
Es un personaje que sólo descubres si su rutina, o la tuya, se cruzan. De no ser así, el personaje tiene la habilidad, difícil de encontrar en las personas que encierran cierto misterio, de pasar desapercibido como un pieza suplementaria de un decorado. Se le suele ver desayunando un solitario café en la última mesa de metal de una terraza que un local tiene instalada bajo unos soportales. Y ahí es cuando le vemos, durante el desayuno.
Siempre está sólo y concentrado, normalmente, en la lectura de un periódico, o varios, como si intentara descubrir códigos secretos o mensajes ocultos en sus noticias.
Es un tipo delgadillo, de estatura media y con aspecto, iba a decir triste, pero puede que el sea feliz. Más bien diría que es un hombre metódico, indiferente a si sus acciones, que intuyo repetitivas y estrictas, aburren o no a quien sea.
Desde que reparamos en él no le hemos conocido más de seis o siete prendas de dos gamas de colores en tonos apagados, el beige y el verde y con un diseño carente de estilo y de brío., Es como si un día, hace ya muchos años, hubiera decidido hacer el esfuerzo de dedicar una mañana a comprar unas cuantas piezas de ropa que cubrieran su cuerpo, que intuyo pálido. Son vestimentas no requieren plancha y todas combinan entre sí, eso sí, sin gusto alguno, lo cual evidencia que, o bien carece del arte de la combinatoria de elementos y colores, del que yo también carezco, o bien ha decidido que, agarre la prenda que agarre de su ropero, todo casará, eliminado así la necesidad de pensar en esos aspectos de la vida. En su limitado fondo de armario no existe abrigo alguno y, en los días crudos de invierno, no es extraño verle prácticamente en mangas de camisa, si acaso protegido por una fina chaquetilla de tela. A veces siento frío al verle y me pregunto si su sangre será anfibia.
Su edad es indefinida. No sé si es un joven aviejado o bien un hombre viejo con aspecto juvenil. Yo le calculo, no sé, entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años, pero bien podría tener treinta y ocho o cincuenta y cuatro. Su rostro, al que nunca ha expuesto al Sol, es muy inexpresivo. Tiene la cara afilada, sin ningún rasgo para recordar. Sus ojos son redondos y negros y no sé si su nariz es grande o pequeña, tampoco puedo ver ahora su boca, pues casi siempre que me cruzo con él, su cabeza, angulosa, está agachada sobre sus periódicos, lo que me deja ver su pelo, negro, poco abundante. Lo ha ido perdiendo, mostrando su cráneo ampliamente en la coronilla y dejando al aire su frente en dos buenas bahías.
Yo diría que se trata de un erudito. Desde luego trabaja en casa, quizás para una editorial, quizás traduciendo a autores eslovacos o bien para una agencia secreta como recopilador de información. Que se puede tratar de un espía es otra teoría que también hemos comentado a la hora de tratar de escarbar sobre su oficio.
El rarito es elegante en sus formas, cruza sus piernas como las viejas actrices de cine y el otro día, que le vi de pie, hablando con un modelo de teléfono móvil de hace años, se sujetaba como un flamenco, sobre un pie y manteniendo la otra pierna ligeramente flexionada. Hay algo femenino en él.
Al igual que su móvil, de hace años, su automóvil es de hace años también. Un un coche bonito y poco usado. Por más que me he esforzado, no he podido comprobar si lleva anillo de casado o no, pues de estarlo no me cabe duda de que lo llevaría. Me inclino por pensar que es soltero y tampoco le imagino con una amiga o amigo. El erotismo, la sexualidad, la lujuria son términos que no te vienen a la cabeza cuando le observas, como mucho puede tener a una mujer secuestrada en casa desde hace años, tantos que ella le puede haber cogido cariño y haya decidido no escapar, después de todo, el rarito, hechiza.