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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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¿Cómo me siento?

Que ¿cómo me siento? Me parece una pregunta estúpida, entre otras cosas porque creo que te dará igual. Además, tratar de explicártelo conlleva un esfuerzo de conceptualización que puede acabar con mi ya escasa capacidad de computación mental. No, no me siento así o asao debido a problemas simplones, imposturas, apariencias o problemas imaginarios nacidos del aburrimiento. Lo mío ya sabes que es vital, que me cuesta darle forma mediante palabras pues son sensaciones que afectan al alma. Me siento cómo me siento porque soy capaz de resumir en un sólo fotograma millones de mensajes de todo tipo que llegan a mí a través de mis cinco sentidos. La luz, su temperatura, una mirada, un comentario, una postura, un siseo, una caricia o su ausencia, un anhelo inalcanzable, un sueño imposible, un futuro desolador, un camino cuesta abajo, un esfuerzo, la pereza, la fuerza de voluntad, una obligación, el deber, lo intranquilo, un niño comiendo espaguetis, cómo le mira su padre, el abrazo asfixiante del trabajo que te da de comer, una melodía, tus recuerdos, lo que fuiste, cómo te ves, lo que no quieres ver y se evidencia, la melancolía que crean los errores de tu egoísmo, ese animal que nunca dejaste escapar por eso de guardar las formas, tus frustraciones, preocupaciones, esos momentos de felicidad que tan fácilmente se van diluyendo hasta convertirse en vapores a los que es imposible asirse. Todo esto, constantemente, se funde todos los días, cada minuto, y destila un líquido, unas veces más espeso, otras con un menor peso especifico, de distintos colores, unas veces indoloro, otras dañino, ácido, taladrando tu garganta o tu estómago. Después de tantos años ¿no eres capaz de adivinar cómo me siento? ¿No lo ves en mi mirada y su gesto? 

Si conmigo hubieras estado esta mañana, esto vi. Un día insípido, con el calor que toca. Me he levantado a las 6.30 con la esperanza de hacerlo antes que el Sol, pero que potente es ese astro, cuanta luz emite aún detrás del horizonte. Me he ido a correr. Los chavales del instituto ya han desaparecido y hay un vacío extraño en torno al edificio, como si hubiera perdido su utilidad. El día despunta cálido, pero a estas horas se puede percibir una tenue humedad y los olores que transporta. Tengo sueño y cansancio, pero a los tres minutos de trotar mi cuerpo se da cuenta de que no estamos dando un paseito. Supongo que si tuviera menos años tomaría la decisión de transformarse en una máquina capaz de asumir el reto, pero ahora, cuando se da cuenta del esfuerzo, si bien se pone en guardia, también parece transmitirme algo así como: joder, otra vez, venga, vale, vamos, pero no te garantizo nada. 

Me adelanta muy al inicio del camino la joven corredora de la coleta. La verdad que la cría lleva un trotar dinámico, no excesivamente rápido, pero sí constante. De hecho, poco antes de acabar mi carrera, ya de vuelta, me adelantar de nuevo, y ella corre como dos kilómetros y pico más que yo, me resulta entrañable, nos miramos, nos saludamos como reconociéndonos el esfuerzo y me encantaría saber qué piensa cuando ve a ese señor mayor corriendo. 

También está la mujer del perro, hoy lleva falda, y también el hombre del bastón, y creo que los amigos de la madrugada, y algunos paseantes nuevos, de edad madura avanzada, aprovechando el respiro climático que otorgan las primeras horas de la mañana en estos tórridos veranos, quizás soñando con la eternidad. Y ahora te pregunto, ¿cómo me siento? 
 

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