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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Lo bueno de pasar desapercibido

Llevaba ese calcetín un año o quizás más sobre la cómoda del cuarto. Lo miraba cada vez que guardaba ropa en los cajones de ese mueble. Lo veía allí, solo y paciente esperando a su compañero, lo que me parecía muy entrañable. Mi mente ha pasado por numerosas vacilaciones respecto a él. En algunos momentos he pensado en tirarlo a la basura, pues después de tanto tiempo, es lógico pensar que su gemelo anda lejos y tan solitario como él. Pero, por otro lado, tenía la certeza de que tarde o temprano podría aparecer. Basaba este razonamiento en el hecho de no tener conciencia de haberlo perdido. Me explico, el calcetín perdido desapareció dentro de la lavadora, desapareció en aquella cuba de metal, se esfumó. Mira que le di vueltas al cilindro acariciando con las yemas de mis dedos sus bordes, ni rastro del calcetín, se lo había comido la máquina. 

Aún así, le tengo especial cariño a ese par de calcetines a franjas multicolores, pues son un regalo. Y ese cariño es el que tomó la decisión de no sacrificarlo y dejarlo ahí, descansando, silencioso, sobre la cómoda. Lo mejor que me ha pasado durante los últimos días es que el calcetín perdido ha aparecido, e igual que la lavadora lo succionó, el otro día lo escupió. Me lo encontré asustado, un poco amnésico sobre lo ocurrido entre la ropa que acababa de sacar de la máquina para colgar a secar. Le miré extrañado, sonriendo, asegurándome de que sus franjas de color eran coincidentes con las de su hermano dormido. Enseguida me dirigí a él, a desertarlo y a darle la sorpresa, ya están juntos de nuevo y me imagino que el uno le contará al otro sus peripecias. Supongo que ambos habrán hablado bien de mí y de mi fe en el reencuentro. 

Sí, esto es lo único positivo que me ha pasado durante los últimos días. Es un hecho pequeño, pero a mi me sirve para compensar mi catálogo de problemitas que no paran de engordar. Lo último, una rotura de cristal del coche para robarme. Bueno, no es gran cosa, pero lo suficiente para complicarte la vida. Además, estuve en Barcelona, por trabajo, y hube de gestionar el taller, el seguro, el servicio al cliente y toda la gaita desde allí. Además, los puñeteros aires acondicionados me han jugado una mala pasada y estoy con el cuerpo escachaarrado. Estuve en un congreso, aburrido como una ostra. Un congreso denso, apretado, de esos con comidas de pie en torno a una copa de vino y bocados estúpidos y pequeños de alimentos precocinados. 

Por la noche una cena en un recinto de mediados del siglo veinte, ahora rescatado. Más copas, camareros y camareras solícitos ofreciéndote de todo. El recinto, propio de la burguesía de hace años, conserva todo ese sabor añejo y recargado. Puedes imaginar a los comensales del gran salón  de entonces, vestidos de etiqueta, con sus fórmulas de cortesía añejas. Allí nos sentamos, en mesas redondas para ocho o diez personas sin conocernos entre nosotros. Salvó la noche un auténtico payaso que, entre las mesas, con micrófono en mano, nos quiso dar una charla (más de una hora), de motivación. Aquello fue vergonzoso, el tipo era un memo, además de un vanidoso. Pegaba gritos con la finalidad de llamar la atención sobre mensajes que lanzaba, propios para niños de guardería, pero lejos de ello, lo que conseguía era que algunos de nosotros nos sobresaltáramos en nuestros asientos molestos por aquellas entonaciones histéricas del susodicho. Creo que si hubiera durado diez minutos más de lo que duró la plática de aquel individuo, hubiera perdido el control sobre la situación y todo el mundo hubiera acabado riéndose de él de manera abierta. Hasta ese momento las risas se ocultaban bajo las manos entre miradas del asombro. Gracias a este bufón la mesa encontró un elemento de conversación y la gente, que sepáis, está deseando contar su vida. 

Me quería ir a mi hotel, a meterme en esa cama dura y fría, aunque supiera que no  iba a dormir muy bien. Tras la cena, pillé con la compañera del trabajo que me acompañaba, el primer bus de vuelta. Pero el bus tiene que esperar al resto de viajeros que van a subir a bordo. Y vienen en racimos, riéndose como estudiantes en un viaje de fin de curso. Hombres y mujeres ligeramente ebrios, celebrando una noche fuera de casa, hablando alto, sin parar de soltar chistes tontos y algunos vulgares. Tengo ganas de mear y la idea de volver al recinto y buscar un cuarto de baño se me hacía muy cuesta arriba. Estoy de pie, al lado del autocar, y veo la calle oscura frente a mi, elijo un arbolito en la acera de enfrente, a unos veinte metros, en la sombra. Allí me dirijo, como paseando y haciendo tiempo. Llego all arbolito, me detengo y como quien mira al infinito, la saqué y que placer. Me sentí bien y seguro de que nadie había reparado en mí, es lo bueno que tiene. 

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