Historias de todos los días
29 Octubre 2023
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Se me ha escapado octubre como un globo inflado al que dejas de apretar su boquilla. Se ha vaciado en un instante haciendo ruido y ya sólo es una goma sin forma de, no sabría decir qué color.
Todo es inconstante, todo parece balancearse y haber perdido su asentamiento, como mi muro, del que sólo quedan sus extremos en pie como dando a entender que allí existió una tapia, ahora tumbada en el terreno. Simbolismo, pienso, hechos reales para evidenciar las sensaciones que rondan dentro de mi cabeza. He de rehacerme, de impregnarme de fortaleza y de recuperar mi seguridad.
Me lo repito para mi mismo, trato de que estas ideas contengan la avalancha de temores que revolotean sobre mi como una bruma. A mis gatos les da igual. No reparan en mi estado de ánimo e incansables me solicitan, atardecer tras atardecer, su alimento.
No recuerdo cuanto años hace que mantengo relación con Motitas, un gato (o quizás gata), de manchas blancas, negras y marrones, todas ellas perfectamente combinadas y armoniosas. No recuerdo tampoco como comenzó nuestra relación. Imagino que la impulsé yo en ese deseo de sentirme acompañado. Mi casa siempre ha sido una especie de paso de gatos entre una casa deshabitada situada en la base de mi risco y su cima. Antes de que esa casa recibiera a unos inquilinos extraños, hace de eso unos meses, vivían allí gatos y también palomas, por lo que me imagino que la tensión y la vigilancia entre ambas comunidades debía de ser constante. Y Motitas, por entonces más joven que ahora, deduzco que también trajinaba entre allá abajo y aquí arriba cruzando por mi terraza. Creo recordar haberla visto transitar veloz y desconfiada frente a mis ventanales, así que ya sabéis, me hizo gracia su cuerpecito repleto de machas y probé a dejar en su camino pequeñas porciones de comida. Al cabo de un rato no había rastro de ellas.
Motitas debió de captar la comunicación que deseaba entablar con ella a través del alimento, única forma, entiendo yo, de romper el hielo con un animal y, de hacer desaparecer las porciones, pasó al siguiente nivel: aposentarse frente a mis ventanas esperando el maná. Y de ahí a subirse a mis alféizares a espiar que ocurre en mi casa, especialmente en la cocina, estancia de la que ella sabe que sale su alimento.
Motitas siempre ha sido desconfiada, algo arisca, me ha enseñado multitud de veces sus afilados dientes y colmillos a la hora de exigirme su alimento. He tenido con ella broncas por esa actitud y aún hoy en día, aunque cada vez menos, sigue siendo así. La reprendo, la hablo con determinación y enfado cuando así procede, y se queda muda, mirándome con sus ojos felinos y su oreja izquierda cortada en silencio (algo hemos avanzado en nuestro lenguaje, deduzco). La he visto crecer, ha venido por casa con distintas parejas, no sé si ha parido o ha dejado a alguna gata preñada, aunque nunca he visto crías a su alrededor. Hablando de esto, en mi remota memoria pudiera ser que Motitas fuera uno de los dos o tres gatitos que hace años rondaron mi casa y a los que alimentaba, pero no estoy seguro de ello.
Motitas sigue. De hecho, ahora mismo que estoy escribiendo esto, ella o él ya está aposentado o aposentada en el alféizar de la ventana de la cocina y basta que vaya aa esa estancia a hacer cualquier cosa, para que comience a maullar y a exigir su alimento. Ultimamente, no se que amistades hace por ahí fuera. El caso es que ahora, cuando intuye que le voy a dar de comer, parece avisar a una familia entera de gatos dorados, una especie de clan compuesto por una abuela, un nieto de cuerpo menudo y dos jovencitas bien formadas. No entiendo las psicología de los gatos, pues Motitas parece avisarles en plan “eh, que ya llega”, y cuando abro la ventana y deposito las porciones aquello se convierte en un enjambre de patas y gruñidos peleando por el alimento. Yo trato de beneficiarla, pues mi relación es con ella, pero a veces resulta difícil a riesgo de recibir un zarpazo del enjambre de zarpas que, con el movimiento de una hoz, tratan de recolectar la comida. Si te descuidas te clavan la zarpita y te hacen sangrar.
La familia dorada ha decidido quedarse a vivir en casa. Han encontrado un buen cobijo en la caseta abandonada de mi perra Dana y allí dormitan. Normalmente, cuando salgo de casa, la abuela, que pasa de mi olímpicamente, siempre está ahí dormitando, acompañada del gato pequeño que, poco a poco, también ha decidido no salir huyendo cuando me ve aparecer. Los otros dos miembros o miembras, las gatas doradas jóvenes, no se fían de mi, y siempre huyen cuando oyen las llaves de casa moverse en la cerradura y bien saltan la valla hacia la calle, o bien se esconden dentro de una enredadera situada en un lateral de la entrada de mi casa. Motitas, sin embargo, desaparece durante el día, aunque pasa largos ratos, o bien dormitando en el alféizar o bien sobre una mesa de madera situada en la terraza de casa.
Y así, día tras día, viéndoles acercarse tranquilos, con esos andares elásticos y relajados hacia mi casa cuando ven los faros del coche aparecer al atardecer. Y entre mis tareas y rutinas al final de la jornada, los gatos. Y a veces me cuesta pero es también un reencuentro con la estabilidad, tan apreciada en estos momentos de incertidumbre.