Historias de todos los días
23 Octubre 2022
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Me gustaría saber dónde se esconde.
Cuando llego al risco, normalmente al atardecer o ya habiendo anochecido, sé que ella está en algún sitio, esperándome.
Se trata de una gata. Bueno, lo de que es gata es sólo una suposición, quizás porque quiero que así sea, aunque Motitas, que así está bautizada, tiene algo de femenino. Sí, es una fémina arisca, exigente y tremendamente recelosa y desconfiada.
La veía cruzar la terraza de casa, que utiliza como un atajo para subir o bajar el risco, y lo hacía rápido, indiferente a lo que ocurría en mi morada y sin mostrar el menor interés por ello. Me hacía gracia observarla, me hacía gracia que un gato callejero, o gata, se paseara descarada por mi terraza indiferente a mí. De dónde vendría y hacia donde iría. Suponía que formaba parte de su interminable rutina diaria de buscar alimento que llevarse a la boca.
No sé porque razón, quizás para entablar una relación, se me ocurrió empezar a dejarle pequeñas porciones de alimento en su trayecto, a la altura de mi terraza, claro.
Observaba paciente desde dentro, pero era difícil dar con ella, no tenía horario de paso. Así que cuando me asomaba, simplemente la comida ya no estaba.
Pasado el tiempo Motitas empezó a hacer mayor tiempo de escala en mi casa, a observar al ser extraño que vivía dentro, tratando de escudriñar si habría más alimento para ella.
Cuando hacía buen tiempo salía a la terraza, y sigo haciéndolo, y la gata empezó a aparecer y a sentarse a una distancia lo suficientemente prudente como para poder escabullirse en caso de problemas. Yo me levantaba, entraba a la cocina y buscaba alguna porción de algo para dárselo. Trataba de que se acercara a mí a por su comida, pero era inútil, aunque estuviera muriéndose de hambre prefería esperar a que me fuera para acercarse, toda cauta, a atrapar su premio y escabullirse con él.
Ha pasado el tiempo y ahora Motitas vive en el alféizar de una de las ventanas de mi cocina y todas las tardes o noches, cuando vuelvo a casa, está ahí, esperándome y reclamando su cena.
Hay veces que me resulta enternecedor y otras que me fastidia, depende del humor y del cansancio con el que llegué a casa. Huele, intuye o simplemente conocer el ruido del motor del coche o de mis rutinas cuando llego. Sea como sea, inexorable, allí está. Y es exigente.
Si es fin de semana y sabe que estoy en casa, se pasa el día tumbada alrededor de la edificación, te la puedes encontrar en cualquier lugar, toda plácida, toda convencida de que allí tiene a un aliado en su dura vida.
Para reclamar su comida maúlla, y lo hace con persistencia y vehemencia. Ya he conseguido que me arranque el alimento de mi mano, pero no se entretiene en ella. También he conseguido que se acomode relativamente cerca de mí en el exterior, pero está muy lejos de comportarse como un perro. No hay agradecimiento en ella, sino exigencia, es como si estuviéramos unidos por un contrato que nos ha hecho firmar una tercera parte seria y vestida de negro.
Motitas se ha encabezonado en vivir conmigo o a mi lado. Lo tiene grabado en su cerebro y a rajatabla, exigiéndome cumplir mi parte del contrato.
Bueno, tengo una compañera en mi vida, una compañera que se ha empeñado en estar conmigo pero que es incapaz de mostrar el menor signo de ternura hacia mí, salvo ese acortamiento en las distancias. Supongo que me he resignado a ello y no sé si confiar que con el paso de los años pueda dejarse acariciar o que llegue a enroscarse entre mis piernas.
Sin duda alguna prefiero a los perros. Son tan agradecidos, tan pesados, moviendo su rabo alegremente, intentando lamerte el rostro, o echarse encima tuya ante tu menor gesto para permitírselo; con ese sexto o séptimo sentido que tienen para intuirte y acomodarse a tu humor y con esa inaudita capacidad de serte fiel.
En el risco viven multitud de seres no humanos. Deben de subir algunos de ellos por sus laderas, pero todos confluyen aquí arriba. Son de todo tamaño y condición. Insectos que vuelan y otros que se desplazan sobre patas , mamíferos, aves, anfibios y hasta pequeños ofidios. A primera vista es difícil sentirlos pero, el día a día, te va poniendo delante de ellos en un momento u otro.