Historias de todos los días
3 Septiembre 2024
/image%2F1394334%2F20240903%2Fob_021c92_img-8509.jpeg)
Que barbaridad de tiempo sin escribir.
¿Qué fue de Lipomedes? Me preguntan.
Que sencilla es la respuesta. Sólo es necesario fijarse en las pilas, en las baterías, en esa gestión de la energía incapaz de almacenarla para, sin perder ni gota, para poder usarla cuando la necesitemos.
Va de pilas, pero también de literatura.
Este verano he hecho pocas cosas, digamos que tres o cuatro, no más. Una de ellas leer un libro extraordinario “Ada o el ardor”. Libro misterioso, intrincado, complejo, bello, un sueño hecho de recuerdos en una hamaca mecida por el tiempo. El caso es que, después de leer eso, ¿qué queda por escribir? Nada.
Me reconfortó que algo tan maravilloso estuviera ya escrito. Ahí está, me dije. Me movía feliz, sudaba el mes de agosto orgulloso de que mi pobre cerebro hubiera accedido a tal tesoro de lo íntimo. Que lleguen a ella quienes quieran. Los necios, por supuesto, jamás lo harán y por eso seguirán siendo eso, necios, escuchando y babeando con los mismos imbéciles repetidos de siempre.
Así que, ¿para qué escribir? Está todo escrito y tan excepcionalmente. Que descanso, me dije, liberado de esta penosa y jodida afición.
Nacieron gatos en mi comunidad felina salvaje. Dos pequeñas bolas peludas con dos orejas puntiagudas desmesuradas en sus cabezas infantiles dan brincos bajo mi ventana del cuarto de baño. Bajo ella, mi ventana, el pasillo de hormigón que lleva a la leñera y a la caldera. Y allí han habitado y crecido, protegidos en un desagüe, metidos entre troncos, vigilados constantemente por una gata exhausta, atenta, que los tutela, los da de mamar y juega pacientemente con ellos. Una gata que me solicita colaboración, pero que no duda en enfrentarse a mi cuando me acerco o simplemente cuanto se percata de que estoy observando a sus crias. Poco a poco, he logrado acariciar a una de ellas.
El caso es que tal acontecimiento ha provocado que haya observado a los gatos de manera especial y me ha fascinado el cuidado que se toman en la gestión de su energía, básicamente porque duermen o dormitan siempre que tienen ocasión.
Y bien mirado, ¿hay algo mejor qué hacer? E ignoro la razón que me ha llevado a pensar en la cantidad de bolsas de supermercado que habré acarreado en mi vida, y también de basura, en los centenares de cajas que he movido y transportando en mis múltiples mudanzas, en cuantas plantas trasplantadas, tiestos y bolsas de tierra comprados, en cuantos kilómetros cuadrados he barrido y fregado, en qué cantidad de lavadoras llenadas, en las toneladas de ropas tendidas, en cuantos viajes en automóvil hechos, en cuantos vuelos, reuniones, en cuantos kilómetros trotados, andados, devorados en bicicleta, en cuantas veces habré hecho el amor, en cuántos cumpleaños y quedadas, en cuantos libros leídos, en cuantas comidas, cenas, desayunos, meriendas preparados y consumidos, en cuantas visitas a familiares, en cuantos cines, charlas hasta el amanecer, en cuantas colas hechas, en cuantos baños en el mar, esterillas extendidas, recogidas, sombrillas, neveras, rastrillos, palas, cubos arriba y abajo, en cuantas montañas subidas, en cuantos folios pensado y escritos, en cuantas llamadas telefónicas, en cuantas compras en grandes almacenes y tiendas, en cuantas carreras bajo la lluvia, en cuantos autobuses, trenes, suburbanos y metros usados, en cuantas risas y lloros, en cuanto ingenio, en cuantas tardes llevando y trayendo a gente, en cuantos consejos solicitados, en cuantas exposiciones y en cuantos conciertos , en cuantos sustos, en cuantas veces inquieto, en cuantos miedos e incertidumbres, en cuantos, en cuantos, y todos ellos revueltos, eléctricos y desordenados. Y pienso en la gran pila de energía que tenemos, y en toda ella consumida y en cómo va mermando y con ella el tiempo y sólo crece el cansancio. Envidia de esa hamaca, de ese esfuerzo.