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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Tenaces

Estamos desayunando. Hoy tendremos una temperatura máxima de 31 grados, y a mi entender va a ser de las últimas que comiencen por tres de este estío. El otoño, a pesar del cambio climático, ya llama puntual a la puerta. Se nota en la tonalidad de la luz, en la sensación que provocan las sombras cuando te adentras en ellas, en cómo vibran las hojas de los árboles, arbustos y plantas de los jardines cuando sopla el aire, en el siseo imperceptible de los susurros de todos los seres vivos diciendo que algo está cambiando. 

Desayunamos. Apenas hay clientes  en la terraza situada en  los soportales oscuros. De hecho, hay más pájaros que clientes, normalmente son gorriones y palomas, pero esta mañana las dueñas del lugar son éstas últimas. Descaradas, se suben a las mesas a picotear los restos de otros desayunos anteriores. Caminan por el suelo con ese andar paralítico y ese violento movimiento de cuello. Están gordas, picotean migas bajo las mesas y, de vez en cuando, aletean soltando plumas y se aúpan a algunas de ellas. De momento, nosotros estamos a salvo, ellas en su espacio, nosotros en el nuestro. 

Llega un tipo de unos cuarenta y pico. Camisa a rayas, pantalón vaquero bajo, tripita leve, zapatos oscuros cómodos, pelo negro pegado al craneo, algunas canas, gafas muy limpias, no veo su rostro, le tengo de espaldas. Su aspecto es compacto, un zopenco aseado. Se sienta y nada más hacerlo comienza a consultar su teléfono móvil. Mira a las palomas. Llega la camarera, una que llamamos “la bruja”, y es que además de tener cara propicia para ello, a veces sus actitudes para con los clientes y sus propias compañeras llevan a pensar que pude ser un buen bicho la amiga. Hoy parece estar de buen humor, lleva ya así una temporada, seguramente se haya echado un ligue. 

El hombrecillo de la camisa a rayas repara ahora en ella, que le sonríe con cierto sarcasmo. Lo cierto es que sonríe así a todos los clientes. 

—¿Qué te pongo?—, le pregunta.
—Hola buenos días—, responde el hombrecillo con un tono ejecutivo, como si su lenguaje no fuera natural y fuera el de una máquina. Vale, prosigue, sí, un agua con gas, un café con leche y unos huevos revueltos.
—¿Cómo siempre los huevos?—, pregunta la bruja. 
—Sí—, responde el hombrecillo como nervioso. Tres huevos, dice—, y menea las manita derecha como si estuviera batiéndolos, y jamón de York. 
—Vale—, responde la camarera y se va. 
—Gracias—, responde el hombrecillo que no ha soltado su móvil de su mano izquierda. Ahora con el mismo brazo que acaba de batir huevos, intenta espantar a unas palomas que están subidas en la mesa a su derecha, a unos tres metros. Otra anda por el suelo entre ambas mesas, y el hombrecillo estira su pata derecha para también espantarla. Todos estos movimientos los hace con rigidez, como latigazos, parece estar realmente cabreado, sigue sin soltar el móvil. Las tres palomas, aletean. Las de la mesa dan un brinquito y vuelven a posarse sobre ella, la del suelo rectifica su recorrido hacia su izquierda y ahora está bajo la mesa sobra la que están las otras dos gorjeando. El hombre parece estar nervioso y dice cosas en voz baja, sin duda contra las palomas que, más listas que él, deciden no hacerle ni caso. Vuelve a mover el brazo derecho. Joder, le oigo decir. Tiene la pantalla de su móvil frente a él en su mano izquierda pero no la mira, cuando lo intenta, enseguida gira su cuello hacia las palomas que siguen a lo suyo. Vuelve la camarera y trae nuestro desayuno. 

—Ese tío es un gilipollas—, le digo a la persona que desayuna conmigo. 
—Ya estás—, me dice. N siquiera le conoces. 
—¿Pero no le ves? Está nervioso con las palomas, está llamando la atención de todas las personas de la terraza (apenas hay seis personas), está jodido con las palomas y no para. 
—Es que hoy hay un montón de ellas—. 
—Sí, la verdad que sí, pero bueno, si estás mal, coño, vete dentro del local. Además, ¿quién desayuna una botella de agua con gas, un café con leche y un revuelto de tres huevos con jamón de York?
—¿Ha pedido eso?—
—Un revuelto de tres huevos con jamón de York, una botella de agua con gas y un café con leche. Joder, es asqueroso. 

El tipejo no acaba de tranquilizarse. Le van a joder las palomas sus putos huevos. Todas las personas que estamos allí ya estamos pendientes de él, y al tipejo le da igual, lo importante es él y su confort. Deduzco que lo de los huevos revueltos es herencia de algún tiempo en los Estados Unidos o quizás en las putas Islas Británicas como directivilllo de alguna empresa tecnológica (un come mundos). Sigue sin poder mirar su móvil. Su mañana tranquila de inicio de curso se la están jodiendo bien las palomas. Este tipo no sobreviviría ni unas horas  en la selva, pienso. 

No aguanta más, acaba levantándose y marchándose a unas pequeñas mesas redondas fuera de los soportales. La gente en la terraza sonríe por lo bajo, hace comentarios, algunos vuelven la cabeza para mirarle. El tipejo no se da cuenta de nada de lo que ocurre a su alrededor. Acabamos de desayunar, y nos levantamos para irnos. Ahora le veo su cara, me llama la atención sus ojos pequeños y muertos, su gesto adusto, severo, su barba recortada con dureza, es un gilipollas que a lo mejor ha conseguido importantes contratos, pero al que han derrotado unas simples y tenaces palomas. 

 

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