Historias de todos los días
30 Marzo 2026
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Lipo, aún con ciertas ganas, pero con las fuerzas mermadas, sale de la piscina. Nota que ha mejorado algo su movilidad, pues antes le costaba más escalar por desde la poza por la escallerilla de metal y húmeda. Debe de ser el gimnasio, piensa, al que ha comenzado a ir. Deben de ser esos veinte minutos de remo, o los otros veinte de bicicleta estática, o quizás ese trote torpe, angustioso, sobre la cinta.
Lipo, con su cuerpo desbordado y del que ha dejado de ser dueño para convertirse en un inmaterial dentro de él, en un cerebro atónito, en un observador melancólico del pasado, está ahí, cerca del borde de la piscina. Sale chorreando, así que seca sus gafas, extrae ahora los tapones de sus oídos, desconecta sus auriculares acuáticos (no hay cosa más aburrida que nadar cuando eres un hombre mayor), guarda sus aletas y en esto que una mujer joven, de unos veintipocos años emerge por su izquierda, no se sabe de dónde ha salido. Avanza estirada, erguida, orgullosa de sí misma, y pasa muy cerca de él. Obviamente, ni le ve, Lipo ya es transparente. Sus pasos son decididos, semblante serio. La joven muestra un cuerpo de deportista, de piel cetrina, ligeramente musculado, piernas algo cortas para el gusto de Lipo, pero bien formadas, fuertes, pelo y ojos negros, una belleza de los trópicos, piensa Lipo, o de una de esas zonas de la colega ésta, Pocahontas.
Luce un bañador tan ceñido que aplasta sus senos, no muy grandes, y que muere entre sus muslos, tapando un sexo disimulado, ¿quizás virginal? ¿Se ha acallado la piscina? Tampoco hay mucha gente, por lo que tampoco hay mucho ruido. Pero algo ocurre al paso de la princesa feroesa.
Lipo, ya no es tu mundo, piensa y sigue a sus cosas.
Pasa la heredera del trono Hantrope, hija de Zharstro, a sus espaldas. Con el rabillo del ojo, Lipo percibe el color azul oscuro de su bañador de competición sobre su cuerpo de bronce dentro del espacio que compone su realidad cromática. Pero cuando la figura ha traspasado su vertical y ya se encuentra a su derecha, algo no cuadra. Ese azul debería llegar más abajo, le dice a su cerebro algún nervio óptico. Algo ha alterado la normalidad y Lipo, tratando de buscar la lógica, gira su cabeza. Y ve Lipo el culo enorme de la princesa, más pálido que el resto de su cuerpo, y ve Lipo ese hilillo azul hundirse muy precipitadamente entre las cachas de ese potente trasero, esas dos piedras de goma con unos hoyuelos como suaves cráteres de una blanda luna lejana. Allá van bamboleándose al andar. Ve Lipo ese bañador tanga de competición y a la princesa usarlo con altivez. Y lipo sonríe, y no lo entiende, y hace que su sonrisa sea hacia dentro, y sigue ahora con el oído el silencio que el paso del cuerpo celeste va creando al cruzar el negro universo.