Historias de todos los días
25 Julio 2026
Lipo va a correr, y cuando vuelve, exhausto muchas veces, coge una bolsa reutilizable (tiene decenas), y hace una pequeña compra en el super de su localidad. Muchas veces piensa en productos mientras corre y muchas veces se olvida de ellos; pero más o menos, no lo hace mal.
Entre otras cosas, Lipo compra fruta, aunque no le gusta mucho la de este establecimiento, pero no hay más opción. La frutería está a la derecha según se entra al recinto. Allí se apilan en estantes y a distintos niveles, las cajas con el producto. Enfrente, en ese pasillo, hay vitrinas refrigeradas con quesos, verduras cortadas, productos de charcutería, comida preparada, yogures, etcétera, etcétera.
Lipo suele sopesar los melones, las sandías, tiene buen ojo, palpa los melocotones, casi siempre duros; hace mucho que no come manzana; la última que comió casi acaba con su vida. Lipo ve las ciruelas; están tras una columna, casi escondidas. Lipo las palpa con delicadeza y están maduras, huelen a verano; imagina su carne roja, pringosa y dulce. Mete en una bolsa cuatro o cinco y está deseando llegar a casa para poder degustar una de esas piezas chorreantes. Minutos después lo hace. Qué maravilla de sabor, qué delicia.
Al día siguiente, Lipo vuelve a ir a correr y también ha de volver a ir al supermercado, pues olvidó adquirir unos productos, no vitales, pero de esos que mejor pillarlos cuando te acuerdas de ellos porque acaban escabulléndose del cerebro y hoy se ha acordado de ellos. Como ocurre siempre, Lipo compra más cosas de las que tenía planificadas y piensa en las ciruelas. Pero, ayer compró ciruelas, por lo tanto, no puede volver a comprar, pues se le echarían a perder.
Va por los pasillos, buscando esos productos huérfanos, pero no deja de pensar en las ciruelas y en lo que le gustaría poder saborear una nada más salir del establecimiento, así que decide ir a por una.
Cruza toda la superficie de la tienda hasta el pasillo de la fruta. Allí están, escondidas tras la columna; coge una bolsa y echa una en ella. Qué ridículo, piensa. Decide meterse la ciruela en el bolsillo izquierdo de su pantalón de deporte e irse de allí. No sabe si hay cámaras, si algún empleado rodeado de pantallas y monitores habrá observado la sustracción de la unidad. Lipo mira disimulando hacia el techo, entre las tuberías, en las esquinas próximas; no ve artefactos que observen y aunque así fuera, sinceramente, le da igual.
Paga, sale y cuando se ha alejado unos metros, pega un bocado al manjar, sintiendo esa libertad que a veces proporciona saltarse las normas y el valor multiplicado de lo encontrado o robado. Lipo va hacia el coche con una sonrisa en los labios y siente aquel acto como íntimo, insospechado por cualquiera que le conociera, algo suyo, un secreto, una vergüenza que esconder.
Lipo hizo esto hace ya meses y le sentó tan bien este estúpido acto que lleva todo el verano robando una ciruela cada vez que va al supermercado. No sabe si acabará detenido o manteniendo una charla vergonzante con un joven empleado del establecimiento. También piensa que ya le han detectado y que simplemente dicen entre ellos: “Ya está aquí el viejo de la ciruela”.
Es muy sorprendente que conductas extrañas e insospechadas se tejen con los años, piensa Lipo.