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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Añade al verbo

Y lo que ocurre con Lipo es lo que ocurre con todos aquellos que van entrando, poco a poco, en la última etapa de esta preciosa vida, que descubren una nueva amistad, la soledad. 

Tantas veces ansiada y buscada a lo largo de nuestra existencia y ahora, de pronto, es ella la que te encuentra a ti. Y de qué manera. Se aprovecha de tu descreimiento por todo aquello que hasta ahora ha formado parte de tu realidad y se da mucha prisa en ocupar esos  espacios a los que antes no podía acceder. Se hace la remolona, le gusta estar contigo y, como una relación absorbente, te aísla de los demás, lo que provoca que cada vez hables menos. Aparece entonces el silencio y de ahí que vuelvas a oír el trino de los pájaros o tus propias pisadas; y a medida que ese silencio vaya llegando hasta los demás, simplemente dejarás de formar parte de su cotidiana realidad y quedarás relegado a tareas insospechadas, propias de esa etapa, la última de esta preciosa vida.

Acaba Lipo la mitad de su carrera. Con sus últimas zancadas llega frente al gran portón de hierro que parte en dos el muro blanco, tras el cual oye el chapoteo y el grito de los críos en la piscina. 

Lipo llega hasta allá cansado, tan cansado que no puede quedarse quieto, así que camina ahora junto al muro hacia la carretera que discurre paralela al camino blanco, mientras hace respiraciones profundas para retomar su aliento. 

Por la esquina, al final del muro, ve aparecer el carrito de un niño pequeño que avanza lento. Aparece después el hombre mayor que lo empuja. Carrito y hombre se paran. El porteador parece pensar y segundos después, gira el artilugio ciento ochenta grados y parece asumir, con cierta pereza o quizás con cierto cansancio, comenzar a desandar lo avanzado hacia el lugar de donde provenga. 

Allí no hay nadie más: Lipo, el hombre mayor y el niño en el carrito que empuja. Lipo sigue caminando pegado al muro blanco y está cerca ahora y como a su alrededor ellos son las tres únicas almas, prácticamente se ve en la obligación de alzar su brazo en señal de saludo y emitir un: ¿qué hay? Lo hace a modo de adiós, de hasta luego, pues aquel hombre y su descendiente, se van. 

El hombre mayor no ve bien; parece entrecerrar los ojos para desentrañar la identidad de aquel otro hombre que le saluda. Si lo hace, llega a la conclusión de que es porque le conoce , y conocer a alguien a esa edad es haber compartido toda una vida.

Lipo se da cuenta, y enseguida le aclara que no, que sólo le está saludando, que no le conoce. El hombre parece decepcionado. Lipo está ya al lado del cochecito y se asoma a ver al niño. No es un niño, es una niña despatarrada, descarada, indiferente a la edad, al paso del tiempo. Mira a Lipo como si considerase que es normal que la miren, La niña, que debe de tener un año o año y medio, es egoísmo puro, atributo común de todos los niños. 
—¿Paseando a la nieta? Dice Lipo sonriendo. 
A ver qué voy a hacer, responde aquel hombre resignadamente.
—Vale, pues me voy , a ver si corro un ratito más que me queda la vuelta —dice Lipo. 
—¿Pero todavía corres? —le dice ahora el hombre, y a Lipo se le queda grabada esa pregunta y, volviendo, durante todo el trayecto, no se la quita de la cabeza y al final se responde que sí, que todavía corro, viejo —añade al verbo, recordando al abuelo. 

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