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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Un fantasma magrebí

Hace tanto calor este verano que Lipo ha decidido retomar sus carreras matinales tempraneras. Entre nosotros, lo ha decidido una vez y sólo ha ejecutado la decisión esa vez. No ha vuelto a hacerlo. 

Lipo se levanta a las siete, ¿para qué antes? Ya hay resplandor y dentro de poco el Sol emergerá, en unos veinte minutos. Hoy también va a ser un día caluroso. Sigue el ritual que hacía hace ya mucho tiempo, cuando se levantaba a esa hora en pleno invierno, o incluso antes, para correr por el Camino Blanco y el mundo aún estaba a oscuras. Un café, una lectura rápida a los titulares de la actualidad, cada día más vacuos, dientes, ropa deportiva y al camino. 

Va Lipo en el coche algo somnoliento, algo perezoso, pero contento por haber tomado la decisión de iniciar el día en medio del campo. Aparca, mira al horizonte, por el que ya asoma el arco anaranjado del Sol, ajusta sus casquitos, selecciona su música, hace sus ejercicios de estiramiento, y va a arrancar a correr. Pero antes de dar la primera zancada, chasca su lengua cuando oye y luego ve a dos mujeres de anchas caderas caminar como dos avestruces veloces, bufando la una con la otra.  “Joder”, se dice Lipo a sí mismo, ¿qué cojones hacen estas dos a estas horas aquí? 

Sale pitando Lipo, trata de olvidarse de la compañía, pero a pocos metros, delante de él, otro grupo de viejos, caminan raudos y algo echados hacia delante, con sus patas delgadas emergiendo de sus pantalones cortos de bocas anchas. Van como locos, como si tuvieran poco tiempo para andar antes de morirse. Pero qué coño, por el Camino Blanco también vienen, en dirección contraria, grupúsculos de otros viejos, en parejas, en tríos, solos, todos separados los unos de los otros por una decena de metros.  ¡Coooño!, se dice Lipo, iros a tomar por el culo, añade. ¿Pero qué cojones es esto? ¿Qué huevos os pasa? ¿Qué queréis? ¿Vivir eternamente? El mediquito diciéndoos que caminéis todos los días, al menos, treinta minutos y a buen ritmo. Pero, ¿qué pensáis? ¿Qué vais a vencer al paso del tiempo? 

A Lipo se le antoja su Camino Blanco como el paseo marítimo de una playa hortera. Por un momento piensa en abandonar su intención de correr sus kilómetros; no le apetece someterse al escrutinio de todos aquellos viejales tan serios, tan concentrados en, simplemente, caminar. 

Le da lo mismo, “que os den”; sigue corriendo y unos metros más allá para a descansar. Hace unos cuantos ejercicios y mira a sus espaldas, y le ve; entre todos los viejos que avanzan tras él emerge un ser alargado, longitudinal, como una escultura de Giacometti. Va andando también, solo, pegado a la vereda del camino, impertérrito, como venido de otro mundo. Lipo pasa de él y arranca de nuevo para recorrer un nuevo trecho. Ochocientos metros más allá, Lipo vuelve a detenerse para recuperar el resuello y gira su cabeza buscando al extraterrestre. ¡Pero qué cojones! Aquel tipo, que sólo anda, ahora parece estar más cerca de él que ochocientos metros atrás. ¿Será tan hijo de su madre como para correr cuando Lipo lo hace y pararse al mismo tiempo que él? 

Lipo llega al final del camino, al portón de metal tras el cual los críos, un poco más tarde, chapotearán. El individuo prácticamente se le ha echado encima y Lipo, sin recuperarse siquiera, inicia el camino de vuelta. En breve se va a cruzar con él y, gracias a las gafas oscuras que lleva puestas, puede observarle. El hombre es jodidamente aterrador, anda como un sonámbulo, larguirucho de extremidades largas; sus brazos llegan casi a sus rodillas y no los mueve acompasadamente cuando camina, sino que permanecen quietos, extendidos, lo que provoca una sensación de deslizamiento. Lleva un pantaloncillo extremadamente corto para la puta edad que tiene; ¿qué quiere? ¿Ligarse a alguna de las viejales matinales? Sus muslos parecen los de un pollo delgado y nervudo, pero son femeninos, alargados, redondeados, como sus ligeras caderas, también más propias de una dona. No gesticula, avanza como una vara, tiene una cabeza chupada, reducida, tipo bombilla, arrugada; no tiene cabeza, tiene cráneo con dos orejas perpendiculares a él, de soplillo, abiertas como las velas de un barco en una maniobra de trasluche. Es claramente magrebí aquel individuo; deja tras de sí, un aroma dulzón, como de cadáver o como de cuerpo recién levantado de la cama. Se imagina Lipo a una mujer, o a un hombre, tumbados junto a ese ser en el lecho; le repugna ese olor, sale corriendo, queriéndose alejar de ese tipo que ahora le ha mirado severo al cruzarse. 

Regresa Lipo, y durante los tres kilómetros de vuelta, el fantasma magrebí, como si tuviera una goma elástica, ha estado acercándosele, intimidándole, queriéndole engullir. Llega Lipo, sube a su coche y huye, ha salvado su vida por los pelos. 
 

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