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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Mirada de soslayo

Un grupo de hombres en el vestuario de la piscina. Somos cinco, quizás seis. 

En la banca corrida frente a mí hay un hombre mayor que yo. Lleva una gran toalla anudada sobre su pecho, igual que las llevan las mujeres. Es un hombre de avanzada edad y ahí le tienes, en silencio. Otros tres están a mi derecha, y parecen animados, optimistas. 

Hablan en voz alta, sobre todo uno de ellos, que está como sobreexcitado. Imagino que contento por haberse quitado ya de encima la obligación impuesta de hacer ejercicio. Lo supongo porque a mí me ocurre igual a veces, aunque no lo manifiesto, supongo que porque no tengo a nadie a mi alrededor para hacerlo. 

Habla de su pueblo, concretamente de la cantidad de gente de avanzada edad que vive en él, de cómo murió uno de sus habitantes hacía poco tiempo, de más de noventa años, y de cómo han ido cayendo, en plan racimo, un grupito más de ellos. Habla tan alto que no puedo remediar inmiscuirme en la conversación porque deduzco que es lo que busca con su tono, volumen y dirección de sus palabras.

Pero, ¿cuántos habitantes tiene su pueblo?, le pregunto. 
Nada, muy pocos, veintitantos, responde él, aunque luego en verano va un montón de gente, de familias, y aquello se pone hasta la bandera, pero ahora que ya ha acabado el verano, eso, una veintena. 

Asiento. De todas formas, es una edad muy avanzada, agregó; es un pueblo de una gran longevidad y ¿viven allí solos? Pregunto. 

Ya te digo, responde el hombre, no sé qué será… que han comido toda su vida sus propias carnes, sus propias verduras, todo lo que plantaban ellos. Son como rocas, y todos andan, y van y vienen, eh. Sí, se acercan de vez en cuando un médico o unas enfermeras a dar unas vueltas por las casas a ver cómo van.  

Yo pienso si habrá mujeres también y si perdurarán aún parejas y si seguirán también haciendo conatos de amor. Me entero de que el pueblo está en la provincia de Segovia. 

Es la hostia, dice otro de los que están allí vistiéndose como reflexión a lo expuesto por el otro. Les miro sus cuerpos. Son hombres adultos, pero aún mantienen cierto vigor en su aspecto. Yo mi cuerpo ya no me lo miro, si acaso cuando siento picor o escozor para descubrir nuevas manchas o deterioros. 

Sigue el del pueblo, sigue hablando de lo que han comido sus antepasados, sigue haciéndolo alto y supongo que necesita auditorio, así que me animo de nuevo y me dirijo a él. Esa generación, a pesar de todas las penurias que han pasado, es de hierro; dio y aun sabiendo lo formal de mi comentario. 

Ya te digo, pero será también la zona, que es dura, poco calor en verano e inviernos severos. Nos hace así, resistentes. Mira, mira, qué aspecto tengo con cincuenta y tres, dice el tipo al mismo tiempo que se quita la toalla y deja al aire su cuerpo desnudo con un sexo feo y pálido colgando entre sus muslos. Supongo que es sarcástico su comentario, pues, si bien no recuerdo ya el aspecto de su talle, sí recuerdo que no me pareció elegante ni atractivo, ni tampoco creo que lo fuera con treinta años menos.

Jaja, ríen todos, yo también. 

De todas formas, añado, benditos cincuenta y tres. 

No sé si han entendido mi comentario los tres hombres aquellos. Sí, el viejo con la toalla anudada sobre su pecho, pues me mira de soslayo y me sonríe con ternura. 

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