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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Faltan los niños

El trabajo me atenaza, pero no me puedo dejar subyugar por él. Ayer he estado en una misa de funeral. Este tipo de acto es el único que, ahora, me lleva hasta una iglesia, al menos en los últimos años. Antes también lograban llevarme bodas y algún que otro bautizo. Pero la edad va definiendo los actos, y a la mía ya sólo tocan muertes. 
Supongo que me queda la boda de mi sobrina, la de mi hijo y, si hay un poco de respeto, también algún bautizo, pues creo que ambos tendrán descendencia. Mi sobrina uno, mi hijo, que es un poco más alocado, igual varios. A este respecto, creo que me gustaría tener una nieta. 
Había poca gente en el funeral, lo que dotaba al acto de cierta sensación de soledad. Además, ya era de noche. Deberían hacer funerales a las doce. Ignoro porque la gente se casa a la luz del Sol y los muertos siempre son nocturnos y entre semana. Me ha gustado la iglesia, o debería decir la capilla. Era pequeña y recogida, lo cual nos permitía estar en familia y cercanos a los organizadores. He seguido los ritos del acto. Es imposible, al menos para mí, no repetir, de manera automática, las frasecitas que dan respuesta a las propuestas que hace el cura desde su altar. Había también un organista. Era un tipo de mediana edad que, además, no se cortaba un ápice en cantar en latín, con ese tono triste, repleto de desesperanza, de final. Le oía cantar y no paraba de preguntarme como coño ese tipo ha acabado sentado frente a ese órgano en mi misa de funeral. Me debatía en decidir si había llegado allí a través de la “música”, o sin bien a través de la fe y, desde ella, al instrumento y con él a la comprensión de esa lengua muerta.  El sermón del cura ha sido formal, excesivamente formal. Es, como casi todos, lejano, incapaz de consolar a nadie, incapaz de explicar el final, puesto que no tiene explicación alguna, salvo esa, que es el final. Además, se me olvidaba, todo ello iluminado por esa luz amarillenta y mortecina de las iglesias por la noche. 
Y ya que estoy aquí, ¿por qué no comulgar? Mira que me han dicho desde pequeñito que para comulgar es necesario confesarse antes, que de lo contrario se trata de un pecado mortal. Vale, a ver, si estuviera frente a un hombre en conexión con un ser superior que le otorgara capacidad para perdonar mis pecados, ¿qué le narraría? Conclusión, voy a comulgar, además ello me hace integrarme en el acto, en la comunidad allí reunida. También faltan los niños. Pero, ¿quién lleva a un crío a un funeral? En definitiva, un acto sucinto, lo cual es de agradecer, y frío para despedir a alguien que ya no está entre nosotros. 
Nos hemos juntado allí un grupo heterogéneo de gente. Bueno, había una homogeneidad que nos unía, los años. Vida vivida, En los funerales nos sale a todos una sonrisa, un niño a la complicidad de la vida. Nos miramos y nuestras conversaciones son sobre los recuerdos. La mayoría ya tenemos más pasado que futuro y tranquilos, sin ruido, nos vamos encaminando por las dos últimas curvas de la vida para encontrar la recta final. Cada uno llegará hasta el kilómetro que, no se sabe bien quién, quiera. Quizás, nos faltan los niños. 

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