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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Viaje a la noción

Aquí ando, en Casablanca. Bueno, ahora no, ahora a 10.000 metros de altura, sobre El Aaiún, en un avión de la Royal Air Maroc que, por cierto, da muchos botes. Voy a una ciudad lejana llamada Dakhla. No ahora tampoco ando por aquí, ahora en otro avión de esta misma compañía volviendo desde esa lejana ciudad hacia Casablanca de nuevo. Y ya aterricé, y desde esta última ciudad volví a elevarme sobre las nubes para volver a la burbuja europea. Y de nuevo estoy en casa, y de nuevo en medio del progreso, pisando los longitudinales pasillos de mármol reluciente de la terminal. Esperando que aparezcan las maletas en la cinta de acero pulido limpio y brillante. Y a lo mejor estoy echando de menos la terminal de Dakhla, un pequeño edificio blanco que sirve para separar la calle de la pista de aterrizaje y despegue; un edificio por el que entras por una puerta y por el que sales por la otra al asfalto del estacionamiento del avión y, junto a todos tus compañeros de viaje te encaminas, a través de él, hacia la máquina voladora hermanándote con ella, fusionando la tierra, el aire y el artefacto que te va a elevar hacia los cielos árabes, y de ellos a otros cielos en los que ese hermanamiento no existe, en el que eres una unidad tratada, empaquetada, debidamente numerada y colocada de manera aséptica. 

Voy para allá rodeado de marroquíes, de negros muy negros, de africanos, de hechiceros de tribus, de médicos del desierto, de toda una heterogeneidad de razas árabes que mi incultura no me permite discernir. También hay en el avión mujeres sumisas envueltas en esas sabanas de colores hasta los pies con las que tapan su cuerpo y su pelo. El avión va hasta los topes, y también hay tipos que en occidente calificaríamos como mugrientos, tipos  con gorritos de lana y barbas.  Uno, viejo, con una como los pelos de un chivo, comienza a cantar versos del Corán nada más despegar.  Pero hay algo en los vuelos marroquíes que ya no tenemos en nuestros altivos vuelos occidentales, una bandejita con las caricias del alimento para todos y cada uno de los pasajeros, posibilitando así el hermanamiento de la comida a 11.000 metros de altura. 

En Casablanca un matrimonio nos da la bienvenida y nos acogen con una sonrisa de la que ya ya no se desprenderán hasta que nos despidamos. Dejamos de estar perdidos, es tan tierno sentirte recibido.  El se llama Mohamed, licenciado en nutrición y dietética, tiene una clínica de adelgazamiento en Tetuán. Su esposa, una mujer de bellos ojos negros, bajita, licenciada en hebreo. Ambos aman España y él acabará besando en la boca a una mujer occidental delante mía en una mesa con vino que compartimos los tres en una madrugada en el desierto. Pero ahora que lo pienso, es tan normal, quizás hubiera podido acabar besándome a mi. Allí, el amor parece inundarlo todo independientemente de sexos y condiciones físicas. Allí se entregan al ejercicio de la complicidad en la complacencia. Volamos en medio de la oscuridad. No veo ni una luz lejana a través de la ventanilla. Supongo al desierto frío bajo nosotros. La máquina comienza a descender, poco a poco. 

En Marruecos todos los hombres son como los alumnos de un colegio. Hay una cierta complicidad infantil entre los hombres. Ignoro la razón, ¿Hacen diabluras y no quieren que se entere el rey? ¿o es que flirtean unos con otros y se enganchan con esos ojos cálidos? Algo pasa con los hombres en Marruecos. Voy al cuarto de baño en el aeropuerto. Ya sabéis, en una pared están los meaderos de loza. Pues bien, en la pared de enfrente hay dos marroquíes apoyados como si estuvieran mirando los culos de los hombres que mean. Allí están, apostados, en medio del olor a orín, de la luz amarillenta del lugar. Pienso si es que quieren tocarme el culo mientras meo. Decido no mear después de ceder mi puesto (había cola), a un jovencito japonés. Me voy a buscar otros urinarios. Luego me comentan que quizás quieran ver quien lleva la cartera en el bolsillo trasero del pantalón, para robarla, pero uno de los apostados es demasiado viejo para correr. 

Los camareros del hotel me llaman amigo, me miran con una sonrisa tan cálida, tocan mi hombro, mi brazo, lo acarician, están vivos por dentro, no paran de sonreír, sonreír. No hacen ruido, andan acolchadamente, son raudos y suaves. Mi vista, a veces, se encuentra con la de ellos, están mirándome, como pendientes de mí, que nada me falte. Y ¿entonces? porque las mujeres van tan tapadas, ¿qué papel juegan las mujeres en este lugar de hombres? Algunas han conseguido desprenderse de las telas, muchas optan por llevar vaqueros, pero con un blusón que les llega hasta las rodillas sobre ellos ¿qué tapan? ¿sus atributos femeninos? 

Le pregunto a una de ellas la razón de que oculte su pelo. Soy musulmana, es lo primero que me responde, pero no encuentra la razón a taparse el pelo. Al final me afirma que es una forma más contundente, honesta, de practicar su religión. No bebe, no baila, pero es alegre, blanca de piel, oscura de ojos, llena de vida por dentro, es cariñosa, es acogedora, es amabilidad, es dulzura. Encontraré a otra mujer marroquí más joven en una tienda en la playa. Mira fijamente a los ojos mientras habla. Ha viajado, conoce mi país. Echa de menos el frío, echa de menos abrigarse, la misma sonrisa en su boca y en su alma. Otro tipo de mujer árabe, con cierta tristeza interna, con una especie de melancolía aceptada, aprender a aceptar, a ser feliz con lo que posees, lo que te rodea, no emponzoñare pensando en lo que quieres y no puedes conseguir, mirar hacia dentro más que hacia afuera, la felicidad del conocimiento de ti mismo, mayor profundidad y, por lo tanto, mayor capacidad para interaccionar. 

La ciudad es unas afueras de una ciudad, toda ella. La ciudad es arena, la ciudad de edificios de dos plantas, cuadrados, rectilíneos, en colores blanquecinos, edificios de ventanas pequeñas, edificios con sus esquinas erosionadas por el viento, que no para de soplar. La ciudad, sucia, de grandes calles, demasiados grandes para esas casas de juguete de niños pobres. La ciudad blanquecina, llena de solares donde se arraciman chavales que buscan algo de valor en grandes montones de escombros. La ciudad, con sólo tres semáforos. Ciudad de carromatos, de bicicletas oxidadas y motocicletas esqueléticas con alguien sobre ellas, alguien rígido, tapado para protegerse del viento, del viento, el viento que no cesa. La ciudad sin aceras, la ciudad de coches lentos, la ciudad de automóviles todoterreno que avanzan en grupos de tres, la ciudad llena de militares, la ciudad sin habitantes, la ciudad con tabernas árabes en los bajos de las casas, con hombres dentro en extraña jerarquía. La ciudad con nombres de locales y tiendas pintados en toscas letras sobre cal y ladrillo. La ciudad batida por la arena, la ciudad construida constantemente, derruida misteriosamente. La ciudad sin orden, la ciudad sin concierto, la ciudad aplastada horizontalmente, la ciudad en medio de nada, centro de sí misma y del desarrollo que alguien quiere darle a sus habitantes que no veo, ciudad sin escapatoria, ciudad sin posibilidad de huir de ella, ciudad rodeada por el desierto y el mar. Ciudad de locura, ciudad para aceptarla, ciudad cárcel, de régimen abierto. 

Hay un hombre bajito, color chocolate, marroquí, gordito, cabeza redonda con una pequeña nariz de boxeador pegada entre sus ojos negros saltarines. Hombre u hombrecito chillón, hombre despabilado, hombre enganchado a un teléfono, no se lo quita de la oreja, habla, lo mira, otra vez a la oreja, acaba de descubrir la telefonía móvil. Hombre con ganas de echarse en tus brazos, hombre nervioso, excesivamente nervioso. Va de acá para allá, se aposta en la barra del bar de la playa, apenas puede llegar con su codo a apoyarse en ella. Hombre niño que está a las ordenes de un viejo, y el viejo lo sabe, sabe que allí está su lacayo, su fiel perrito con cara de niño. Entre ellos hay cierta complicidad, entre ellos hay un viejo vínculo de lealtad mezclada con agradecimiento. Aquel hombrecillo acaba sentado a una mesa, conmigo, con la mujer occidental, con el nutricionista, a altas, muy altas horas de la madrugada. Hablamos de culturas y de costumbres, el hombrecillo es alcalde y también diputado. Pide y pide botellas de vino, se está emborrachando, nos quiere emborrachar, hospitalidad. Hombrecillo que tira por la senda de en medio. El nutricionista se enamora de la mujer occidental. El nutricionista besa en los labios a la mujer occidental, el hombrecillo gesticula con los brazos mientras habla de otros hombres que tienen tres y cuatro mujeres, de hombres que tienen seis y siete hijos con cada una de esas mujeres, de hordas de hombres jóvenes que no saben donde ganar su vida, de centenares de hombres jóvenes que no saben porque y donde han nacido y que emigran más allá del horizonte buscando pan y agua. Habla de miles de hombres que en su migración se dan de bruces con los muros de los países ricos. Los escucho, bebo vino, sonrío, medio borracho. Al día siguiente vuelvo a subir al pájaro para volver a mi mundo. Miro la noche, oigo el viento, hace frío, y no sé si quiero volver o esconderme allí. Y me imagino vagando por la playa, aburrido, empezando a nutrirme del incansable aire,  y de la arena, mirando al horizonte, perdiendo noción de lo que esconde más allá, aislado. 

Noche de amor, noche de adiós, de adioses. Desaparece el alcalde la la población de la frontera, desaparecen los rostros, y quedan los recuerdos en color ámbar, el color de aquella noche, de vino, de humo, de brisa oscura con olor a dátil. Y de nuevo, vuelvo al inicio y, de nuevo, en la burbuja europea. 

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