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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Y otra de muertos

Hoy toca otra de muertos. Es la edad, si tuviera la edad de treinta años estaría relatando bodas y bautizos. Otra opción sería recordar alguno de estos alegres eventos y rememorarlos pero, sinceramente, no me ponen tanto, aunque hoy he tenido una animada conversación sobre porque la gente no cristiana apuesta por el espectáculo de las bodas por la iglesia. Supongo que por el espectáculo, porque ya sabéis, el espectáculo siempre es eso, un espectáculo. 
Pero no, me ha vuelto a tocar tanatorio, concretamente el sábado. He ido tantas veces últimamente a ese lugar que ya me lo conozco como los entresijos y atajos de un gran hospital cuando tienes a alguien internado durante una larga temporada en él. 
De nuevo el olor dulzón de la muerte del muerto, eso sí,  escondido éste último de la reunión social que ha provocado. Nada nuevo, los mismos gestos, las mismas condolencias, pero esta vez mucho más doctrinales, ya que la muerta era una mujer muy mayor que llevaba enferma mucho tiempo y en unas condiciones de vida, en cuanto a dignidad, impropias de alguien que ha sido eso, alguien. 
Pero he observado un hecho que ha llamado mi atención, concretamente la asistencia al acto de una hija de la muerta. Es obvio que estuviera allí, pero la circunstancia es que sé que esa mujer padece un cáncer que parece de imposible solución. Me ha llamado la atención porque no he podido dejar de pensar que ella también debería de estar pensando que aquel lugar, quizás en poco tiempo, sería un lugar de tránsito para su cuerpo y, sinceramente, he admirado su fortaleza. Cuando yo voy por allí  pienso que no quiero que mis restos sean expuestos. Pero en mi caso, la muerte, a pesar de que ya ocupa un ligerísimo espacio de mis pensamientos, todavía la siento lejana y, por lo tanto, como al resto de mortales, se me antoja un hecho imposible. Sin embargo, esta mujer, la hija de la muerta, imagino que debe de estar afrontando el hecho como una opción plausible y, sinceramente, no creo que sea fácil integrarlo en tu vida, a pesar de ser un hecho tan natural como nacer. 
Puede que la vida sea bella, puede que a pesar de todos sus miserables pesares nos encante estar vivos, aunque sólo sea para arrastrar nuestras cargas, cada vez más pesadas, por la progresiva merma de nuestra fortaleza. 
No tengo explicación al hecho de morir, no creo que la tenga nadie, salvo el aspecto racional del deterioro y el desgaste natural de la máquina, que si hubiera sido creado por una mente superior, sería eterna.  Pero no, la máquina, como todas las que ha creado el hombre, se desgasta y muere. Habremos de pensar en el arte, en la belleza, en la pureza de un busto de mármol esculpido, por el hombre, para intentar desentrañar el concepto de eterno.
No sé si la hija de la muerta piensa en todo esto, o sólo en dejar sus cosas ordenadas y sus pertenencias repartidas y ubicadas. Y la miro y me debato en discernir que siente en esos precisos momentos, pero ni siquiera me acerco a ella, no sé que decirle, no sé que preguntarle, lo que me apetecería cuestionarle no es correcto en ese entorno y no deja de ser curioso que en la casa de los muertos no se pueda hablar de ella, de la muerte. 

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