Historias de todos los días
5 Agosto 2023
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En el risco, cuando salgo de casa y cruzo la entrada, la verja y la calzada en curva donde aparco el coche, me encuentro con una pequeña acera tapizada con líquenes que cambian de color según la época del año. Como ahora es verano, se muestran pardos y algunos rojizos. Esa acera, en la que también hay plantados árboles de mediano tamaño, va rodeando un muro de piedra de unos dos metros de alto, culminado por un seto, yo diría que de otros dos metros, todo el conjunto también en curva. Esa empalizada natural y artificial a medias es recia y desde luego tiene la misión de aislar lo que hay tras ella y defender el recinto contra los enemigos.
Pero la empalizada también detiene la pronunciada pendiente de una pequeña colina en cuya cima, a unos ocho metros sobre mi cabeza y a una distancia en horizontal de unos treinta metros, descansa una casa igualmente de piedra. Es una casa de aspecto rústico, de una sola planta rodeada por un porche sin pretensiones, como casi todo en el lugar en el que vivo, y cerrada con un tejado de aspecto pesado de tejas rojizas desgastadas. El tejado, que parece cerrar la casa como una caperuza, vuela más allá de las paredes horizontales de la construcción conformando el porche. Está rodeada de altos pinos y algunos abetos que me gusta que estén ahí. Y digo que me gusta porque antes de irme a dormir suelo salir al exterior de mi casa, independientemente de la climatología y estación del año y cuando hace viento esos árboles gimen de una manera profunda y poderosa. También suelen ser refugio de pájaros, por lo que es frecuente oír su canto, sus aleteos o, en primavera, sus juegos amorosos. Sobre la empalizada natural, si te alejas un poco, también ves una mesa de piedra, un pozo que imagino decorativo, culminado su horcón por una cruz. También hay barreños, la proa de una carretilla usada, una escalera lateral de piedra bordeando que asciende por la derecha de la propiedad desde la base de la colina hasta la altura de la casa y también adivino caminitos zigzagueando por el terreno limitados por una vallita de listones de madera acabados en punta. Salpica todo esto, algunas grandes piedras y lirios de color verde claro, grandes cactus puntiagudos, así como cachivaches y utensilios por aquí y por allá, objetos que se apoyan un día y no vuelven a colocarse en su sitio. Todo se adivina, pues los troncos de los pinos y los abetos, sus ramas cayendo lánguidas y las sombras que proyectan sobre el lugar dificultan una visión clara.
En la casa vive un matrimonio mayor. No habitan la casa todo el año, sino solamente algunos fines de semana y periodos más largos durante el verano o coincidiendo con festividades como la Navidad o Pascua. Apenas se dejan ver, tampoco yo me afano en ello, pues más bien les oigo brevemente cuando salgo o entro o cuando estando haciendo algo dentro de casa, en las habitaciones que dan a la calle, vislumbro algún movimiento enfrente. Por lo tanto, no sería capaz de reconocerlos. No sé qué rostro tienen. Tampoco les he oído hablar, al menos lo suficiente como para identificar sus voces. Son de escasa conversación y proceden de la lejana y oscura cultura gallega y, en un primer vistazo, está claro que han intentado recrear un hábitat lo más parecido posible a aquellas tierras en medio de estas vegas. Mi deducción se fundamenta por qué al final de la empalizada, bordeando la curva, la propiedad tiene una puerta grande, de piedras y verjas de hierro, por las que sea cuelan entre sus barras los gatos, de las que arrancan varias escaleras que ascienden hacia lo alto del terreno. Esa entrada me recuerda al exterior de la Catedral De Santiago. Sobre el pórtico, esculpido sobre la piedra: As Pedras, que es el nombre del recinto
Cuando están aquí, y después de levantarse, cada uno de ellos acomete sus tareas que adivinan esenciales para su supervivencia. Ella casi nunca se evidencia en el exterior, por lo que su faena se debe de desarrollar en el interior de la vivienda. Él, sin embargo, se deja de ver más y siempre acometiendo labores en el terreno alrededor de la casa. Oigo los golpes de un azadón agujereando el suelo a veces, sonidos de ramas secas, de tijeras podadoras y de rastrillos. A veces lo vislumbro pobremente a través del seto, desde abajo. Es un hombre enjuto que casi siempre está encorvado. Lleva enfundado su tronco viejo, nervudo y de piel curtida en una camiseta blanca de tirantes pero ya amarillenta. Su cabeza tiene poco pelo y de ella sólo he visto el cogote y unos pantalones de trabajo marrones atados altos con un cinto fino. No distingo nada más. Diría que es un hombre duro, o que fue duro, un hombre dedicado al trabajo físico.
La casa y sus habitantes tienen cierto halo de misterio, al menos para mí. Pero ese recelo hacia lo exterior de la construcción y la discreción de sus dos moradores, me provoca empatía hacia ellos y asegura que enfrente mía no va a producirse ningún fenómeno estridente y ruidoso.
A veces el lugar se enlaza al presente a través de la visita de una familia que parece venir del ahora consiguiendo romper esa realidad ancestral. Presumo que es su hijo, quizás su hija. Son un matrimonio de mediana edad a los que tampoco podría reconocer, pues tampoco los he visto con claridad. Van con dos niñas saltarinas a las que he oido decir abuelo con sus voces agudas mientras juegan en la ladera de la casa recorriendo, saltando, brincando por esos caminitos. A veces comen fuera todos, en el porche y se oyen tenedores y cuchillos estrellándose contra la loza de los platos. Las niñas, a veces, pasan en bicicleta por delante de mi casa. Las he observado de soslayo, veloces y nerviosas sobre sus cabalgaduras metálicas. Han ido creciendo con los años, una de ellas ya es una adolescente, así que tampoco sería capaz de reconocerlas. Sinceramente, creo que la familia les molesta, durante los años que llevo aquí, han sido escasas las visitas.
Yo me levanto a las seis y media, ahora ya es de noche a esas horas y lo será cada vez más hasta que se produzca el cambio horario. Me gusta que sea así. Me levanto a esas horas para ir a correr antes de ir a trabajar. Así que me tomo un café, me enfundo mi ropa de deporte y cojo el coche para irme hasta el Camino Blanco, una antigua vía ferroviaria que ahora es eso, un camino de tierra y piedrecitas blancas que cruza un páramo en prácticamente línea recta, bordeado por almendros y árboles. Corro durante treinta o cuarenta minutos, vuelvo, tomo otro café para recrearme con el esfuerzo realizado, me ducho y salgo a mi calle a volver a coger el coche para bajar a la ciudad. Pero antes de eso tengo la costumbre de fumarme un cigarrillo. Paseo por la calle en curva, con la empalizada a mi derecha o bien por su otro borde, el de mi casa. En este lado no hay nada, el bordillo limita una pendiente, también pronunciada, de campo con más pinos y arbustos y al fondo el horizonte, y entre él y yo campos de cultivo y muchos olivos. El pitillo es para saludar al día, pues cuando salgo de noche apenas le presto atención. También saludo a los gatos que me miran quietos y extrañados, sentados o tumbados, tomando los primeros rayos de Sol.
De lo que no cabe duda es de que a esa hora yo estoy despierto. Mis ojos aún no están cansados y mis sentidos están vivos.
El jueves pasado encendí mi pitillo y crucé a la acera de enfrente, fui hasta allí a saludar a un gato. Estaba situado a los pies de la empalizada. Miraba al gato y él a mí, pero sin decirnos nada y oí ruidos al otro lado del muro. Vaya, me dije, ya ha madrugado el colega, y no por cotilleo, sino por curiosidad refleja, entorné los ojos para traspasar con mi vista lo que ocurría al otro lado a través del seto. Y allí estaba mi vecino, de faena, encorvado sobre el terreno de espaldas a mí, a media altura de la colina, es decir, cerca, manejando su azada. Pero mi vecino, y de ahí la explicación anterior sobre mi estado físico a primera hora de la mañana, estaba desnudo. Y su cuerpo aparecía terso, proporcionado y bien formado y me ofrecía un culo de piel dorada perfecto, de nalgas sedosas y de proporciones dignas de una escultura griega. Me quedé turbado y más aún porque se diera cuenta de que le observaba, así que desvié la mirada, anduve por la calle sonriendo, apagué el pitillo y sin volver a mirar al seto, por si acaso él tenía su vista clavada en mí, arranqué el coche y me fui a la ciudad.