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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Noches inquietas

Ha sido una semana que se podría resumir como la de el gran derrumbe. Tengo una sensación de paralelismo entre mi casa y yo mismo. Ya os conté lo de la pared del jardín que se vino abajo. Perdón, no es un jardín, es un rectángulo de campo delimitado. Al vivir en un risco mi reino está construido en distintas terrazas para salvar el desnivel, y la última terraza de todas ellas, hay cuatro, es ese pedazo de terreno. La lluvia que ha caído estos últimos días no ha podido filtrar bien y ha ido humedeciendo la pared de ladrillo hasta que se ha venido abajo. Un desastre. Afortunadamente, mi vecino abajo, en la falda del risco, no ha sufrido daño alguno, pues la pared derrumbada ha quedado apoyada en una franja de terreno entre ambos reinos que, sinceramente, no sé de quién es. 

Mi casa la construyó un hombre, creo que con sus propias manos. No tiene planos, o no los he podido encontrar. Su sistema eléctrico es chapucero, sus cañerías las he tenido que ir revisando de vez en cuando y hay otras infraestructuras deficientes a las que realmente no presto mucha atención, salvo en casos extremos de emergencia, como por ejemplo mi tejado que, tarde o temprano habré de cambiar. Pero en este tipo de dilemas me surge la duda de si con mi edad y mis ganas de vivir, merece la pena meterse en una obra de este tipo. Ni siquiera se cuantos años más voy a habitar esta tierra (nadie), y tampoco tengo criterio alguno sobre si una vez me olvide de mi actividad profesional seguiré viviendo en este castillo. Me entran dudas, soy un indeciso y el tiempo sigue corriendo. 

Me meto en la cama con cierta inquietud, me refiero a la noche en que, durante su madrugada, se produjo el derrumbe. Leí un rato, como todas las noches, y cuando note que el sueño llegaba, apagué la luz y me acomodé dispuesto a olvidarme de todo hasta el día siguiente. Pero la noche fue inquieta. A veces el sueño viene, otras veces en el camino que le lleva a tu cerebro empieza a hacer piruetas y se acaba entreteniendo con cualquier musaraña. Tu mantienes los ojos cerrados, pensando en él, dándole forma, rogando que anide dentro de tí, pero en un momento determinado, te das cuenta de que se ha ido. Y en esos instantes, lo único que te queda es mantenerte quieto con los ojos bien cerrados, y esperar que otro sueño que vuele a ras de tu techo, te elija para acomodarse en ti. 

Es noche cerrada, creo que ya es la madrugada, y en medio de lo negro me encuentro inquieto. Esta todo oscuro, no veo nada, pero hay algo en la habitación que me rodea, que está a mis pies y acabo levantándome de la cama para averiguar de qué se trata. No enciendo la luz del techo. No sé de dónde viene la luminosidad, pero es suficiente para ver el suelo de mi cuarto repleto de gatos. Hay algunos sentados, como esfinges y que ni se inmutan con mi presencia, y a su alrededor montones de crias acurrucadas por todo el suelo. También hay restos de comida. No distingo que tipos de restos son , pero es todo caótico. Me quedo paralizado pensando de dónde han salido tantos gatos y, sobre todo, como han llegado a mi cuarto, convertido ahora en una cueva profunda. 

Cuando despierto y tomo conciencia de mi sueño aún estoy inquieto y lo primero que hago es observar el suelo a mi alrededor. Son las seis y media de la madrugada y mientras estoy lavándome los dientes, antes de salir a correr, se derrumba el muro. 

Lo peor de estos eventos catastróficos es el hecho de tener que relacionarte con seres nuevos; los vecinos de la casa de abajo, los del seguro, llamar al constructor que suele hacerme trabajos en casa, las pegas que siempre te pone. Estas catástrofes minan tu intimidad y rompen tus misaras rutinas. 

Dos o tres noches después me acuesto con la presión que es el tener que levantarte a las seis y media para ir a hacer la puñetera carrera. Esas noches, ignoro la razón, me entra cierta ansiedad, así que mis sueños suelen ser algo más inquietos. Sigue lloviendo. Un ruido me despierta a eso de las dos y media o tres de la madrugada. Algo nuevo se ha derrumbado, pero esta vez ha sido dentro de casa. He oido cristales. Me levanto y temeroso voy recorriendo la casa esperado ver un trozo de techo derrumbado o una pared agrietada, pero a medida que recorro las estancias todo parece estar en orden. Sin embargo, cuando llego a la cocina descubro el incidente. Una viga (decorativa y de mentira) se ha despegado del techo y en su caída ha derribado una botella de ginebra. Como es normal, me cago en todo y allí me paso viente minutos recogiendo cristales y fregando el suelo mientras las suelas de mis zapatillas se impregnan del alcohol derramado, lo que propicia que cuando suba al cuarto, mis pisadas sean pegajosas. 

Tres horas después me levanto para ir a correr. Llueve, sigue lloviendo, y no sé que hacer, si volver. Meterme en la cama o esperar a que escampe. Bueno, me tomo un café y decido esperar. Y esperando se va una hora. Llegué hasta a ponerme la ropa deportiva, abría la puerta, miraba al cielo que tímidamente iba iluminándose, otra vuelta por la casa, otra vez mirar el cielo y las gotas de lluvia golpeando el suelo. En definitiva, acabé duchándome, con sueño y sintiéndome absurdo. 

 

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