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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Pilas para la rutina

Abandonado por mis compañía de seguros. Mi muro sigue derribado y conmigo nadie se ha puesto en contacto. Me imagino mi expediente en un bit, convertido en un pulso magnético entre miles de otros, aplastados contra la superficie metálica de un disco duro. En eso ha quedado convertido mi malestar. 

Quizás lo mejor sea hacerse el tonto y dejar esos trozos de muro ahí, en el suelo. Después de todo, mis vecinos de abajo ni se habían dado cuenta del derrumbe y a mi me da igual delimitar mi territorio. No espero invasiones por mi flanco oeste. 

Además, otras preocupaciones van posándose en mi vida con cierta regularidad, por lo que no tengo excesivo tiempo para entretenerme mucho con ninguna. La última que ha llegado afecta a mis ojos. Llevo ya unos días a vueltas con ellos.  Están cansados e irritados. Me levanto de la cama con ellos prácticamente pegados por las legañas. Mis ojos, igual que yo, acusan ya los años y deben haberse hartado de mirar tantas cosas. Mi piel alrededor de ellos está irritada de tanto frotármelos. Me miro en el espejo, los veo empequeñecidos, con ganas de estar cerrados. 

Me repito que he de ir al oftalmólogo, pero me resisto a ello por puñetera pereza. Hasta ahora estoy acostumbrado a que las cosas se arreglen por sí solas, pero con los añitos  parece que esa estrategia ya no sirve. Al final decido cruzar a la farmacia y consultar con la farmacéutica, que me recomienda unas toallas para limpiármelos y me da unas gotas. Todos, somos cuatro personas opinando sobre mis ojos, concluimos que puede ser una conjuntivitis, yo también lo creo. Y me pregunto en la razón que impide que la visita al médico no sea como a la farmacia, con un especialista detrás del mostrador, al que puedes contar tus males, así, sobre la marcha, y el tipo o la tipa, sabio o sabia, que te arregle el tema. Van mejor, pero siguen tocados, me refiero a mis ojos.

Los días se siguen acortando y poco a poco va llegando el fresco. Ya he comenzado a mudar mi vestimenta casera y he de ponerme unos pantalones largos y una sudadera sobre la camiseta. Aún hay días soleados y algo calurosos, pero la casa va encerrando dentro de ella el frío. Aún así, el verano emitirá su últimos suspiro con el veranillo de San Miguel. 

Como todos los finales del verano, hay media docena de moscas pesadas, irritantes, persistentes. No soporto a estos seres, su zumbido, sus patitas cuando se posan, su inquietud, su capacidad para escapar de mis intentos de fulminarlas. Mi casa huele a insecticida, no paro de fumigarlas cada vez que las adivino. Por la noche voy a lavarme los dientes y veo a dos follando en la pared justo encima del sillón. Aprovecho a observarlas y sí una mosca macho esta montando a una mosca hembra. Lo llevan claro, pienso, agarro el insecticida y las rocío. Deben estar sintiendo tal placer que siguen practicando sexo. Pero empiezan a moverse en vertical por la pared aún enganchadas hasta que una de ellas, no recuerdo si ella o él, sale volando. La otra se queda como borracha reptando. Que suerte, pienso, me he cargado a dos de un solo contraataque y encima he eliminado la posibilidad de descendencia. 

Todas estas cosas pasan, todas estas cosas pienso y razono en silencio, en casa. Únicamente dirijo algunas palabras a mis gatos, pero no conversan conmigo, no son como los perros. Sólo me rondan por el alimento. Son exigentes con la comida, exigencia que se dispara con el anochecer. Se arremolinan en torno a casa y pacientemente esperan a que algo salga volando por las ventanas. Mañana otra semana de trabajo, que sigue y sigue con ese runruneo como el de un generador de gasoil. Tengo días en los que logro remontar la apatía que me embarga, pero mi energía está como esas pilas gastadas que remueves dentro del cajetín del dispositivo, a ver si consigues extraer de ellas el último suspiro, así que no pasa mucho tiempo antes de volver a venirme abajo. 

 


 

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