Historias de todos los días
21 Agosto 2023
El camino blanco por el que corro todas las mañanas transcurre entre almendros. Están plantados, y no sé quien lo hizo, cada cinco o seis metros a ambos márgenes. Los hay pequeños, de tamaño intermedio, grandes y también hay algunos que se han secado o de los que sólo queda un trozo del tronco después de que el resto de su cuerpo lo arrancara una feroz tormenta. Los almendros, en su conjunto, son agradables, proyectan sombras sobre el recorrido que van variando según la posición del Sol, silban con el viento y dan cobijo cuando llueve. En definitiva, para un corredor como yo, son un alivio, además de puntos de referencia.
No sé en qué momento decidí que por cada quilómetro recorrido me haría con una almendra. He tratado de recordar el origen de esta manía, pero no doy con él. No es una tare fácil pues exceptuando ahora, que las drupas empiezan a caerse de los árboles o las puedes arrancar directamente de las ramas, el resto del año he de rastrear las cáscaras que aún contengan la semilla dentro, es decir, la almendra, en el suelo. Ahora el camino se llena de gentes y no dejan ni una. Van con palos y varas a sacudir las ramas para recolectar el fruto. Suelen ser hombres mayores de campo, algún joven y algunas mujeres también. Van con bolsas, carritos de la compra y algunos hasta con furgonetas que aparcan en la vereda del camino, extienden una malla en el suelo y se hacen con todos los frutos de un árbol. En definitiva, cuando acaba la recolección de las almendras es muy difícil encontrarlas, aunque siempre aparece alguna escondida en alguna rama. O sea, que si quiero mantener mi tradición de una almendra por kilómetro recorrido las de buscar en el suelo y en algunos casos, por ejemplo en invierno, puede que las que encuentre no sean del verano anterior, sino de hace un año o incluso más. Me las meto en el bolsillo, acabo mi carrera, vuelvo a casa y las cuatro o seis almendras las echo a una caja de cartón que está empezando a rebosar.
Lo cierto es que las almendras del camino son jódidamente amargas. Algunas las has de escupir de la boca pues al morderlas te inunda un picor amargo que se te antoja letal. Lo cierto es que recuerdo muy pocas dulces.
Me he enterado, bueno, me lo ha contado Enciclopedix, que pueden llegar a producir intoxicaciones e incluso la muerte. Joder con las almendras, me digo. Investigo, ahí va: el sabor amargo procede del benzaldehido, que es el resultado de la descomposición de una sustancia que se llama amigdalina. Y resulta que esta última sustancia la tienen a propósito las almendras, la usan para defenderse de sus depredadores, entre los cuales, supongo que podemos incluirnos. Y ocurre, que si se ingiere, al metabolizarse con ciertas enzimas, pues aquello se convierte en cianuro, En definitiva, que si te alimentas de grandes cantidades de almendras del camino por el que corro, te envenenas.
En todo esto pienso , entre otras cosas, mientras corro. Y ocurre estas mañanas que es raro no encontrarte recolectores desde bien tempranito y no dejo de preguntarme sobre las razones de tanto afán sabiendo la calidad del fruto. Incluso hay un hombre afable y orondo que suele pasear y que no recolecta, él se sienta en alguno de los grandes mojones de piedra o de los escasos bancos que hay en el camino y se zampa diez o doce almendras. Y lo sé porque me detengo y veo los restos del festín. Cuando me cruzo con él, me sonríe y me da ánimos.
El misterio de las almendras se ha ido acrecentado. Poco metros antes de comenzar a correr, me suelo encontrar a un hombre mayor que aparca su coche blanco al borde de una tapia, frente al instituto, y allí, a la sombra, se sienta en el bordillo de la acera raquítica y empieza a sacar del maletero distintos artilugios, entre ellos una silla, para sentarse a pelar ajos de una caja que también ha sacado del maletero. Yo le saludo todas las mañanas que le veo, básicamente porque no hay nadie más que él y yo y no hacerlo significaría negarme a mí mismo como ser humano. Además, la primera vez que lo hice esperaba un saludo a modo de sonido parco, muy habitual aquí, pero no fue así; y aquel hombre viejo sacó de sus pulmones unos buenos días alegres y lleno de vida, y con una entonación que no rechazaría el diálogo. Prácticamente me cruzo con él todos los fines de semana, y ha ido madurando en mí la idea de detenerme y preguntarle por el misterio de la recolección de almendras. Pero cada vez que paso junto a él siempre está con ajos o bien abrillanta su utilitario con sumo esmero, así que deduzco que de almendras no debe de tener tiene mucha idea. También me da miedo que se me enrolle de tal forma que retrase mi carrera, porque siempre se me ha dado mal cortar a un buen parlanchín.
Dejo pasar los días y uno, hace poco, después de saludar al hombre de los ajos, me encamino al primer árbol del camino, un almendro, distante unos cincuenta metros. Allí me detengo y bajo su cobijo, agarrándome de sus ramas, hago algunos estiramientos antes de empezar a correr y ajusto mis cronómetros. Hay una mujer a escasos metros de mi, junto al siguiente almendro, recolectando. Ya no puedo resistir más y me dirijo, así, como quien nos quiere la cosa, a ella.
—Pero ¿Son muy amargas, no? Le pregunto. La mujer se endereza, pues estaba flexionada por la cintura recogiendo el fruto que acababa de sacudir del árbol. Me mira, debe de tener unos sesenta años, usa gafas bajo su pelo cardado y es fuerte; de esos cuerpos compactos a modo de cilindro y dos piernecillas que la sostienen. Me mira, con total tranquilidad, cómo si estuviera ella también esperándome.
—Tu cara no me suena—, me dice- No es de por aquí, agrega.
—No, no, vivo a las afueras del pueblo a tres kilómetros de aquí, vengo aquí a echar unas carreras.
—Ah, en la urbanización de casas—.
—Sí—.
—Ah, ahi vive mi hijo—, me dice, la verdad que se está mu tranquilo allí— agrega.
—Sí, se esta muy bien la verdad—, le respondo.
La mujer se agacha con una almendra, la machaca con una piedra y me la entrega.
—Gracias—, le digo. Agarró la almendra y me la llevo a la boca. No es que sea dulce, pero desde luego amarga no es.
—¿Amargas?—, dice la mujer. En ese momento machaca otra almendra y me la vuelve a entregar. Me la introduzco en la boca y, al igual que la otra, sin ser sabrosa, es comestible.
—No, desde luego estas no son amargas— le comento. Ella ahora se ha metido una almendra en la boca y mientras la mastica dice: es cuestión del árbol.
—Ah, claro—, le replico. Ella me mira fijamente, pero el Sol le da en sus cristales y no acierto a vislumbrar con qué ojos.
—Eso es—, me dice. —Dicen que se plantaron varios de almendra amarga, pero nadie sabe paqué—. La mujer se ha metido otra almendra en la boca y me entrega otra a mí. La como y empiezo a estar saciado de almendras, tengo que correr. —Dicen que cómo aquí hubo la Corte esta de los Reyes hace siglos, y esto era una casa de locos, con líos y todo eso, pues eso, que se dedicaban a envenenar con esas almendras amargas a quien convenía en cada momento, o al menos a provocar un buen dolor de tripas pa que se fuera o se quedara en cama, ya me entiende—.
—Ya—.
—Se ve que algunos sabían qué árboles eran los amargos, a pesar de que era un secreto, supongo que alguien los debió de plantar, digo yo, y ya sabe que hay pocos secretos que se vayan a la tumba, así que dicen que algunas muertes, así, poco claras, detrás de ellas están esas almendras—. La mujer se mete otra almendra en la boca, me alaga otra, la cojo, simulo comérmela, pero en realidad, segundos después me la llevo al bolsillo del pantalón.
—Unos cuantos viudos y viudas dicen que sabían qué almendras escoger, ya me entiende. Bueno, ya están tos muertos, pero alguno queda por ahí que no ha abierto la boca—, dice la mujer.
—Ya—, respondo. Bueno, que voy a ver si corro un rato.
—Ese está repleto—, me dice la mujer señalando al árbol que he utilizado para hacer mis estiramientos, y es verdad, está a rebosar.
—Anda es verdad—, le respondo. —Bueno, le dejo que siga con su recolección, le digo, aunque veo que ya tiene la bolsa casi llena.
—Bueno—, responde la mujer. La saludo con la mano y empiezo a correr. Siento las almendras en mi estómago, saciantes. Ya sé de qué árbol coger mis almendras quilométricas.
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