Historias de todos los días
1 Enero 2025
/image%2F1394334%2F20250101%2Fob_749dd5_img-9187.jpeg)
Bueno, ¿y si lo intentamos? Dice el colega
¿Exactamente qué? Le pregunta el otro colega, que es él mismo en realidad, pero digamos que el que es vago, el que tira la toalla.
Pues escribir todos los días un par de párrafos, —le replica el primero—, aunque sea para no contar nada, después de todo este año que hoy arranca va a ser el último.
—¿Cómo que el último? Explícate—, le exige el más vago.
Sí, el último año entero en que trabajaré, serán mis últimos doce meses completos de un mismo año de actividad profesional, le dice el colega que parece querer hacer algo. Y el próximo mayo será mi último mayo trabajando, y el mes siguiente, junio, será mi último junio trabajando, y así sucesivamente hasta que se acabe.
Lipo habla consigo mismo. Ha descubierto, como hace ahora un año, que hay muchos Lipos dentro de él y hoy, al menos, uno más. Hoy habla con el más vago, con el que está cansado y sólo quiere tirarse en el sillón y dejarse llevar por las imágenes.
No, Lipo original no quiere diluirse en una nada silenciosa como ha ocurrido en los últimos meses, y le dice a su colega, el más vago, que algo hagan, que esto no puede acabar así.
—¿Acabar?
Bueno, al menos esta etapa.
Anoche cené con mi familia y conseguí llevarme a mi hijo, pues su mujer, mi nuera, se había ido a un refugio de montaña en una fría sierra, con dos amigas más. Y se habían ido porque a una de esas dos amigas la habían violado mediante sumisión química hacía unas semanas. ¿Qué cosas ocurren, no? Bueno, conozco a esa chica, muy levemente, y lamenté lo ocurrido, y mi nuera, que es superamiga de ella, me contó que tiene unos rollos muy raros con los hombres. Pasé la tarde con mi hijo antes de ir a recoger a mi madre a su casa para llevarla a la cena en casa de mi sobrina, cruzando la ciudad dos veces de norte a sur y viceversa, sorteando el tráfico nocheviejero y atormentado por la San Silvestre. Y mi hijo llamó a su mujer, que le dice que le escucha mal, que se le ha caído el teléfono al suelo, que apenas le oye. Y yo pienso en tres chicas jóvenes en una casa aislada, bajando a una población rural en Nochevieja y en los mozalbetes agrarios olfateando. He de mejorar y dejar de pensar tortuosamente, ¿verdad?
Acabó la cena y llevé a mi hijo a su casa, le besé y pensé que he de quererle más. Pensé en lo que me hizo sentir que mi padre se sintiera orgulloso de mí, pocos meses antes de morir, y en cómo lamenté que se fuera por privarme de ese gozo. Y esto me lleva a pensar en LWG porque hace poco también se fue el suyo y en que tienen que ser unas fechas duras y en que también he de mejorar en eso de querer más. Quizás pueda ser mi propósito para este nuevo año, saber querer mejor y más.
Llegué a casa pasadas las dos y me acosté rozando las tres, pues me cuesta no acabar el día con cierto sosiego, con cierto rato a modo de epílogo. Y dormí mal, pues cené mucho y bebí también y tuve que hacer chistes, y ser gracioso y ocurrente, y mostrarme amable con mi familia, y con la pareja de mi sobrina que es un tipo extraño, una especie de otra especie conservada durante siglos en un bloque de hielo del Ártico y ahora derretido, quizás sea extraterrestre.
Pero hoy me he levantado y, por quinto año consecutivo, eso dicen mis máquinas, he corrido mis seis kilómetros reglamentarios, y a pesar de que los años crecen restándote velocidad, ahí he estado, respirando, mirando, sintiendo el frío, cruzándome con otros corredores y andarines que, como yo, querían empezar el año con buena zancada. Y era curioso, porque en el mundo había silencio y no había personas, ni grandes ni pequeñas, y sólo en el Camino Blanco (CB), por el que corro, había vida.
Bueno, me gusta, dice el colega vago. ¿Y todo eso lo has hecho? Sinceramente, no era consciente de ello.