Historias de todos los días
15 Febrero 2025
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Cuando ya nadie te palpa, la ducha se convierte en un momento crítico. Esto piensa Lipo mientras vuelve. Se ha detectado, duchándose, unos cardenales extraños en la parte alta de su muslo izquierdo, un lugar relativamente íntimo, por lo que de haberlo provocado un golpe lo recordaría con claridad, y con más aún, si lo hubiera provocado la presión o el pellizco de alguien.
Lipo va a ver a su madre esa tarde, y viene a su cabeza ese dicho, del que desconoce su origen, pero que es tan elocuente: ni muere padre, ni hay cena. Jaja, por favor, Lipo no está deprimido ni tampoco se ha vuelto pesimista, simplemente está harto de pólipos sesiles, biomas y tumores, ovarios y úteros extirpados, infartos y problemas circulatorios. Su madre, el deterioro paciente, un tiempo que avanza cansado, sin tampoco mucho sentido. Va a ver a su madre y su vida sufre un parón y, a veces, un retroceso. El tic tac del reloj del salón, siempre sólo y hueco, parece atraparle. Ese tic tac le frena, le impone, como un severo juez, normas desde un alto estrado, le enreda en recuerdos viejos de valores oxidados, algunos de ellos ya completamente inservibles.
Tiene ganas de irse de aquella casa, tantas como las que tenía cuando no podía. Y siente que aquello es una losa pesada que quizás acabe cuando su madre decida marcharse. Y siente rabia porque ya será demasiado tarde para vivir liberado y también piensa Lipo a veces que su madre es eterna y que no será extraño que tuviera, él, una muerte temprana y se marchara antes. Y piensa con terror que, entonces, su madre, que ha sido una gran teatrera toda su vida, escenificara un dolor desgarrador por perder a un viejo, su hijo, y que fuera entonces cuando decidiera perseguirle por limbos y purgatorios para dar con él en el más allá y que entonces esa casa, ese tic tac, se convirtiera en eterno. Le da terror la idea.
Lipo está llegando al otero, piensa en el deterioro imparable, telefonea a su madre eterna, simplemente porque la señora tiene tanto puto miedo que le da igual hacer sentir a su hijo como si tuviera quince años y para conseguir su satisfacción no duda en chantajear.
Lipo piensa en cómo sobrellevar el mundo rápido, habiendo sido educado en otro más lento. Vuelven los miomas, las biopsias y las masas extrañas y de pronto piensa en su próstata. Sonríe pesando en el placer de un masaje prostático y la incertidumbre de un mensaje prostático y recuerda que hace ya dos años y pico que no recibe uno, se refiere obviamente a los mensajes. No sabe si lanzar él uno o si es mejor vivir en la ignorancia, después de todo, ¿de qué te sirve conocer cuando partes a un destino del que no tienes la menor idea y del que no vuelves, al menos con una misma consciencia? Le reciben sus gatos, le maúllan suave y les dice bajito, no le vaya a oír nadie, “me encantan los masajes prostáticos”. Los mininos le miran con sus ojos grandes y también les dice que odia los mensajes prostáticos. Los mininos no saben de qué va esa historia y siguen mirándolo, encorvando sus espinazos y el más pequeño de ellos, que es el más listo, se enrosca rozando casi imperceptiblemente sus tobillos mientras medita en los dos mundos que implican usar una u otra preposición prostática. Maúlla y reclama su cena.