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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Cuaderna

Tras meses y meses de inactividad Lipo a vuelto a coger sus pinceles. Para él, esta decisión es importante. Más o menos, es cómo asirse a un trozo cuaderna, por húmeda y encharcada que esté, de los resto del naufragio. 

Chapoteando en medio del océano, tratando de respirar sin que el agua entre en un su organismo, sin saber muy bien que hay debajo del él,  a miles de metros de profundidad, con hambre y frio, con miedo… si te topas con un trozo de  cuaderna, piensa Lipo, supones que algo hay por ahí arriba,  y que a pesar de las múltiples tareas de ese algo, ese algo se ha acordado de ti, sabe quien eres y ha decidido no dejarte solo. Digamos, razona el observador, que debe de establecerse un vínculo especial. SI le ha dejado el trozo de madera en medio de la infinita masa de agua, lo lógico es que no lo haya hecho en balde, y que abrazado a ella, Lipo logre llegar a alguna playa en la que poder dejarse caer y dormitar, luego, ya pensará qué comer. En definitiva, Lipo vivirá. 

Algo así es la pintura para Lipo, un trozo de madera en medio del océano al que agarrarse para salvar la vida. Cansado y aburrido de lo cotidiano por la mediocridad y ruindad que implica, los pinceles, debidamente usados, traen hasta su mundo a seres extraños, o más bien a sus sombras ligeramente perceptibles, con los que es posible mantener interesantísimas conversaciones, a pesar de apenas emiten palabras. 

Tienen los pinceles esa magia que caracteriza a los buenos conversadores de hacerte pensar y reflexionar, a pesar de su mudez.  En este caso sobre el hecho de cómo a veces la nada puede ser la manera más productiva y eficaz de malgastar el tiempo. Tan habituados estamos a la razón, disfruta Lipo, que se nos olvidan otras capacidades, tales como la impresión, el parecer, la semblanza, la intuición, la sensación, esa realidad que no es tal, sino una ilusión, una interpretación hecha para engañar y hacernos creer que es real lo que sabemos que no lo es. 

Lipo se hace viejo y, por lo tanto, sólo le queda malgastar su tiempo, pues ya no tiene más y menos el necesario para construir algo nuevo, por lo que, sea lo que aún dure el resto, sólo podrá  discurrir por los pasillos y habitaciones del edificio que ya haya diseñado y levantado sobre su suelo.  Por eso, ojalá, piensa él, que puede encontrar en sus pinceles, de nuevo, un espacio desde el que, más allá de ver pasar los días, pueda disfrutar observando los cambios de luz que encierra cada uno de ellos. 

Lipo, que ya ha llegado a ese momento en que las miradas dejan de ser verticales para convertirse en horizontales, cuánto puede disfrutar si consigue volver a entrecerrar los ojos, a alejarse para observar y resolver problemas, a jugar a químico tratando de encontrar la réplica perfecta de la realidad interpretada. Después de todo, eso es la pintura, otro mundo dentro de éste, silencioso, vivo y muerto, eterno. 
 

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