Historias de todos los días
8 Diciembre 2025
/image%2F1394334%2F20251208%2Fob_c88049_img-0437.jpeg)
Lipo los llama de muchas maneras. No los soporta. Les denomina tronchos, tronchitos, troncos, troles, columnos…
Son unidades familiares pequeñas. Una pareja y un hijo, a lo sumo dos que, curiosamente, a medida que se desarrollan y crecen, son igual de tronchos que sus progenitores. Piensa Lipo que puede que las unidades familiares sean tan cortas por el esfuerzo regular y las volteretas que exige la reproducción.
Les cuesta moverse, son muy herméticos, sus cuellos apenas tienen capacidad de giro, por lo que para visualizar más allá de los 30 o 40 grados de su frontal a izquierda o derecha, han de girar sus cuerpos grandes, altos, definitivos. Se desplazan con las piernas un poco separadas, como si ellos tuvieran grandes testículos que cuelgan entre sus columnas y hubieran de ahuecar un poco el arco para así no irlos rozando continuamente. Ellas, all igual que ellos, son apretadas, se adivinan pechos generosos, encerrados y sujetados con tejidos especialmente diseñados para contener.
Fausto avanza exhausto por su camino blanco, corriendo. Va por su izquierda y allá, a ello lejos, a unos trescientos metros, ve a esa familia troncha con la que se encuentra de vez en cuando. También está su perro, un chucho simpático de patas cortas e igual de troncho su cuerpo alargado. Tienen un hijo igual de troncho que, a pesar de que debe de tener doce o trece años, ya aparenta los veinte. Carantoñea con su madre. Su padre, como un trol vigilante, estaba unos metros más adelante observándoles orgullosos. Lipo se acerca, no sabe si le oyen llegar, la madre y su hijo ocupan como unos tres cuartos del ancho del camino con su presencia y aura, y les importa un culo tan grande como el que poseen para la eternidad que tenga que culebrear el corredor anciano para aludir esos faros herculanos impertérritos. Lipo, se cabrea, acelera, y a propósito, midiendo al milímetro, roza con su hombro, sutilmente, la prenda blanca de ella, también en su hombro, como queriéndole decir: aparta coño, pedazo de vacuna. El marido, cree Lipo, que se ha dado cuenta del hecho, pero el otro espigón de muelle industrial de puerto se limita a observarlo avanzar.
Estos tronchos andan prácticamente sin mover los brazos. Recuerdan a engendros mecánicos. En invierno, cuando se cubren con prendas contra el frío, lo llevan todo perfectamente abotonado y colocado, todas las cremalleras abrochadas y no hay solapa o cintillo en ellos que no cumpla la función que le asigna el diseño de la prenda, por ornamental e inútil que pueda parecer a primera vista su finalidad.
Son así, una especie de estirpe anterior a la humana, unos seres grandes que se desprenden de sus ropajes externos y quedan cubiertos con camisas o prendas de algodón deportivas apretadas que insinúan o muestran sus miembros generosos y poco dúctiles.
Entran en locales y son tan torpes que no tienen capacidad para discernir quién puede haber antes de ellos esperando para ser atendidos. Simplemente, te dan la espalda y a ti se te antoja estar en la base de un acantilado de grosería y mala educación. Articulan mal las palabras, la conversación entre ellos es gutural y como mayor expresividad usan la risa.
Te olvidas de ellos y cuando tiembla el suelo, sabes que se van a usar más planeta por otros lares. Y la calma es sinónimo de su lejanía. Jodidos tronchos.