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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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De cómo te recuerdas

Se muere mi madre. Se muere, pues, simplemente se acaba. Se va quedando sin fuerzas, que parecen evaporarse por espitas microscópicas. Soñé el otro día con ella, con ello. 

Soñé que asistía a sus últimas horas en esta tierra, y lo que más me irritaba no era el hecho de que se fuera, pues la lógica del deterioro es inapelable, sino la inquietud de ella cuando, al emerger de sus fiebres, de sus inconsciencias moribundas, se daba cuenta y tomaba conciencia de su ida. Podía adivinar por sus expresiones, pues ya no era capaz de articular palabras, su rabia por no haber conseguido morir en medio de un plácido sueño y por tener que razonar lo irrazonable, ¿a dónde vamos? ¿Qué sentido tiene creer en otra vida si debes de abandonar esta, que es la única que conozco?

He asistido a los finales de varias personas y siempre he observado algo dócil en su conducta, un sometimiento complaciente. Hay que llegar a ese momento de certeza de que partes, no sabes dónde, para que tú, máquina que crea la lógica de este mundo, cambies tu percepción y tu explicación de él. Y esa nueva percepción no somos capaces de comprenderla que los que aún nos creemos eternos. Por eso, solamente sentimos turbación y tristeza cuando observamos las miradas piadosas de los moribundos al irse sin rechistar, renunciando voluntariamente a lo conocido en busca de lo desconocido, como esos viejos navegantes que deseaban llegar hasta el horizonte.

En ese sueño yo permanecía a los pies de la cama de mi madre en un cuarto con poca luz, y únicamente quería que todo quedase tranquilo, pues sería señal de que ella había iniciado su viaje. 

La avanzada edad de mi madre provoca, inevitablemente, que pienses en la muerte y en su irracionalidad. Supongo que en medio de esta sociedad absurda e hipócrita en la que la gente sólo sonríe y simula ser feliz y capaz de dirigir su vida, pensar en la muerte tiene algo de melancolía placentera, pues, en cierta medida, recuperas la esencia de ser humano y, consecuentemente, tomas conciencia de nuestra fragilidad, de nuestros miedos. Somos inciertos y extraños por naturaleza, somos malditos por nuestra inteligencia, quien la tenga, y esta jodida manía asociada a ella, de querer razonarlo y explicarlo todo. 

Corre Lipo agotado, y reflexiona sobre el concepto fuerza. Piensa en esa pila que llevamos dentro y siente cómo la suya va gastándose. Y piensa en su madre, en que la de ella está ya tan vaciada, que en las conversaciones sólo contesta con monosílabos, en lo que le cuesta charlar con ella, pues pensar cansa, y en cómo la ve apagarse poco a poco.  Y piensa en si su madre será consciente de ese deterioro y en qué ojalá una noche se acueste para siempre, y en si al morirte durmiendo la muerte no será nada más que un sueño eterno, ensoñaciones de otros espacios y materias, y de si tendrás allá, en la otra vida, espejos para verte o si, como en los sueños en los que revives, sólo serás un ente más bien gaseoso con un pensamiento que intenta darte una forma humana aproximada de cómo te recuerdas. 
 

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