Historias de todos los días
19 Abril 2010
A mi chica alguien le ha dejado un ramo de flores rojas, algo mustias, frente a la puerta de su casa. Me hace sentir melancólico. Hacía días que no iba por su casa, por lo que las flores deberían de llevar allí varias jornadas. Quien las haya puesto habrá esperado una reacción tan sólo un rato después de depositarlas, pero a veces los vacíos del desconocimiento producen esas circunstancias. Lunes tranquilo, de vuelta a las obligaciones. Tiempo calmado después de tantas lluvias, sólo espesas capas de niebla como en la que me engullo después de la curva.
La veo a mi diestra mientras desciendo hacia ella. Voy suave, abro el techo del coche, un frescor con sabor a campo mojado entra en el habitáculo. Voy abnegado, sin ganas, como alguien descreído en lo que hace, pero dispuesto a sobrevivir a ello.
En Madrid aún sigue el gris, pero no hace frío. Llamo al seguro y obviamente no cubren mis destrozos, pues no ha llovido en la capital por encima de los 40 litros por metro cuadrado. Claro, si hubiera llovido así ya no tendría casa. Miro la póliza, y me fijo en la indemnización por catástrofe total. Jajaja, me dan ganas de coger un mazo y comenzar a derruirla.
Me asomo a mi patio, y en medio de los brazos del invierno veo la primera hoja del árbol que se cubrirá de ellas. Me hace sonreír y me demuestra la sabiduría de la naturaleza, también es un canto al sentido común, al final de los procesos, aunque en momentos dudemos de ellos.
Al medio día salgo a picar algo, y más naturaleza se muestra tranquila en medio de la ciudad. Más sonrisas, más esperanzas, más nostalgia de no poder comentarlo contigo princesa del barro.