Historias de todos los días
10 Septiembre 2024
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Melodian siempre ha sido un hombre redondito. Ahora que lo pienso, Melodian siempre ha sido igual o así está grabado en mi recuerdo. A Melodian lo conocí en el trabajo, puede que haga de eso más de treinta años. Melodian se ha dedicado toda la vida a las ventas, ha sido un vendedor, un surfista, siempre en la cresta de la ola de lo que se ponía de moda, de lo que despuntaba en cada momento. Melodian agarraba el manual de instrucciones del artilugio que fuera, le añadía un prólogo suyo e intercalaba unas frases de su cosecha y aquello, lo que fuera, lo hacía suyo, de su propia sangre, como dicen en las tribus, sangre de mi sangre, por eso vendía bien.
Nunca vi a Melodian con un traje, aunque siempre iba vestido de faena, me refiero a chaqueta y corbata, pero conjuntitos de la planta de moda hombre de El Corte Inglés, que seguro le elegía su mujer. Chaquetitas azules, jaspeadas, de cuadritos, pantaloncitos haciendo juego, en tonos beige y grises, zapatitos castellanos pequeños, pues tiene pies de geisha, cinturones de colores haciendo juego también con los tonos del conjunto. Sus gafitas (hace un gesto con la nariz, como si sorbiera imitando a un cerdito, para sujetárselas sobre el puente). Melodian es pulcro, inmaculado, ni una arruga, siempre pendiente de cómo sentarse para evitar los pliegues de sus pantalones. Melodian, de estatura bajita, con sus manos de dedos regordetes y blancos en los que lleva, no recuerdo en cuáles, un par de anillos, el de casado y una especie de sello de primera comunión. Melodian es una robotito blandito, pero al mismo tiempo robusto y enérgico. Una máquina diseñada para sobrevivir en cualquier circunstancia, capaz de no llamar la atención sobre sí misma (parte de su camuflaje de supervivencia).
Melodian, con quien tantas horas he compartido, en reuniones, en viajes, en comidas, en cenas, en desayunos de hotel, en seminarios, congresos, fiestas… es de una época en la que carecer de estudios superiores, me refiero a una licenciatura, suponía llegar a un tope en tu desarrollo profesional. Aun así, él llegó a ocupar las más altas posiciones en algunas empresas medianas y pequeñas, aunque siempre he tenido la certeza de que para él esa ausencia de estudios ha sido una losa que, en cierta medida, le acomplejaba. Bien es cierto que, quién era, para qué servía o podría servir y qué era capaz de hacer, lo tenía muy claro y nada se le ponía por delante para atestiguarlo de manera contundente.
Melodian, desde que lo conozco, siempre ha estado trabajando. Inagotable, duerme poco, se levanta y escribe cosas sobre marketing y ventas. Melodian, se jubiló, o el sistema le jubiló, y tuvo la mala suerte de perder a su mujer en ese momento. Una muerte repentina que le hundió y le dejó solo y huérfano. Melodian, no por esta tremenda pérdida porque creo que hubiera hecho lo mismo, siguió colaborando por acá y por allá, y a pesar de que el mundo había cambiado, de que el Universo era otro y él una especie extinta dentro de él, siguió creyendo que todo su conocimiento podía ponerlo al servicio de los demás. Y le veo por ahí, en distintas redes, con una foto sonriente, escribiendo panfletos, reglas, decálogos para empresas, basándose en los éxitos profesionales de su carrera, ¿acaso no acabamos todos haciendo lo mismo?
Al margen de eso, Melodian es un buen cocinero y presume de entender algo de pintura, especialidad impresionismo, aunque sus conocimientos y los que te expone los extrae de una enciclopedia básica sobre esta escuela pictórica, asquee te cuenta lo obvio.
Debido a que esta vida es tan veloz y se te van adhiriendo tantas porquerías en el camino, habían pasado los años sin saber de Melodian y hace un par de días me manda un mensaje por el teléfono diciéndome que le haga un favor, que quiere hablar conmigo. Uff, me digo a mí mismo, con lo pesado que es Melodian al teléfono. Como buen vendedor no para de hablar, habla por los codos, encadena una frase con otra siéndote difícil poder intercalar alguna tuya. Me armo de valor y le llamo, faltaría más, sabía que iba a hacerlo, que debía de hacerlo. Lo he hecho esta mañana.
Efectivamente, Melodian sigue igual, hablando por los codos con su voz de eterno vendedor en plenas facultades en el momento dorado de su carrera profesional.
Lo de menos es el favor que quería pedirme (una colaboración en un artículo), porque de lo que me ha hablado, y como siempre por los codos, es de su enfermedad degenerativa de huesos que le tiene postrado en casa, que apenas le deja caminar y tampoco moverse mucho, de un collarín que ha de ponerse cuando le trasladan de un sitio a otro, de que sigue echando de menos a su mujer, de que no quiere pasarse el día viendo televisión y “ya me conoces”, sigo haciendo cosas, colaborando… Melodian, que no sabría decir qué edad debe de tener y al que siempre había observado andar muy encorvado pero no debido a una enfermedad degenerativa. Me he quedado callado, dejándole hablar y creo que es la vez que con más atención le he escuchado. Y no sé qué he pensado, que cualquier día me enteraré de que ha muerto, porque si algo puede matar a Melodian es la inactividad. Y me ha parecido muy cruel este final para un hombre tan activo como él. Todos tenemos uno, pero mejor rápido, efectivo, automático (ahora aquí y en el siguiente momento, allí ¿no?
He sentido una profunda ternura hacia él y me he concentrado en disfrutar de la que quizás pudiera ser nuestra última conversación oral, y disculpadme, no creo que exagere. Y me he sentido especial por el hecho de que haya pensado en mí en este tramo y me pregunto si me lo merezco, si me merezco a toda esa gente que tengo a mi alrededor y que, a pesar de todo…