Historias de todos los días
29 Enero 2025
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El día ha estado lluvioso. Lipo ya lo sabía, pues sus dispositivos así se lo indicaban. Merced a ellos, ya sabía a qué hora iba a comenzar a llover, con qué probabilidad y cuándo dejaría de hacerlo. Por lo tanto, sale de casa esta mañana con la seguridad de que los plomos saltarán por los aires, como llevan haciéndolo durante las últimas semanas cada vez que llueve. El electricista no fue capaz de encontrar el cortocircuito el día que vino a revisar la instalación, y apuntó un agujerito del timbre exterior de la casa, que tampoco funciona, y por el que, según el chispas, sí podían colarse gotas de agua. Así que esta mañana, mientras Lipo da su mini paseo por el borde del otero antes de marchar a la ciudad, se le ocurre, así, en plan tontito, tapar con cierta aislante ese agujerito. Vuelve a entrar en casa, saluda a los gatos de nuevo, pilla la cinta aislante y lo tapa.
Hoy ha ido a nadar. El día gris y húmedo impregnaba de cansancio y tristeza a las instalaciones deportivas. Lipo está en el vestuario, entre hombres mayores de cuerpos consumidos que tratan de vestirse o de desnudarse con movimientos lentos y torpes. Hay uno más joven, debe de tener cincuenta y pocos, esta flaquito, sentado al final de la banca en la que Lipo está cambiándose, y lleva puestas todas sus ropas, hasta su cazadora. Tiene las piernas cruzadas y parece encogido en sí mismo, casi pasa desapercibido en la semioscuridad. Lipo oye la cucharilla girando y girando en el recipiente de cristal que tiene ese hombre delante de él. Remueve monótonamente un líquido amarillento que parece un consomé o uno de esos preparados de sobre para los catarros. Le mira, sus miradas se cruzan.
¿Qué? Le dice Lipo, ¿un preparado para rendir mejor?
El hombre sonríe, buena señal. No, responde el hombre, es para el estrés. El hombre tiene los ojos negros, pequeños y redondos, barba negra también, pelo de igual color pero manchado ya de canas. Es rostro es alargado y tan enjuto como su cuerpo, pero hay bondad y armonía en él.
Vaya, pues cuida eso, le dice LIpo, tú que eres joven.
Ya, ya, ya estoy mejor. Esto que tomo es para el aparato digestivo, le comenta a Lipo. Y entonces comienza a narrarle una casuística médica sobre las paredes del intestino y cómo el estrés actúa sobre ellas. Lipo lo lamenta y le pregunta si el estrés se lo produce el trabajo. El hombre, muy sereno, le responde que no, y menciona a su mujer. Lipo no quiere meterse en asuntos personales, no porque no le apetezca escuchar una historia más, sino porque, primero, no quiere forzarle a contar nada al hombre y segundo, porque siempre le ha dado miedo lanzarse al vacío de la confianza con un desconocido. El hombre sigue hablando de su mujer, de forma casi silenciosa. Lipo apenas le entiende, pero le escucha algo de siete meses. Deduce Lipo que, o bien su mujer ha muerto hace siete meses, o que lleva enferma siete meses o que le ha abandonado hace siete meses.
El hombre le dice que esos polvos que se va a tomar le han ido muy bien porque protegen las paredes de su estómago y también comer carne roja, “a pesar de lo que dicen sobre ella”. Lipo le responde que ya, que él come de todo, pero es mentira. Lipo no come carne roja ni come de todo, sino básicamente pescado, ensaladas, fruta, frutos secos y queso. Pero Lipo prefiere no decirle la verdad porque el hombre parece no tener fuerzas para defender sus postulados, y sin duda trataría de hacerlo y Lipo no tiene ganas, además de llevar cierta prisa, pues ello tiempo corre. Y algo oye Lipo de que los mitos que se oyen en la tele de la carne roja, y en los medios de comunicación, y que no son más que bulos, porque nos quiere manipular para que no la comamos, ya que quieren volvernos alelados y subyugarnos… Lipo también asiente y emite un ja. Quiere irse a nadar, el tema empieza a derivar. Bueno, pues nos veremos por aquí, le dice al hombre y que vaya todo bien. El hombre afable se queda en su rincón removiendo esa medicina mágica.
Vuelve a casa ya oscurecido, pensando en levantar el automático del diferencial y en su nevera apagada y su casa negra sin pilotos rojos, pero desde abajo, ve una lucecita que se enciende automáticamente cuando se va la otra luz, la del Sol, y Lipo es feliz y piensa en ese trocito de cinta aislante protectora.