Historias de todos los días
9 Enero 2025
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Lipo dice que volvió LWG. Dice que volvió de su largo viaje y que se subió a un pequeño podio de la plaza. Dice que desde él habló a quien quiso atender. Y narró su travesía en camello de esos desiertos lejanos y dorados al atardecer. Platicó sobre el frío nocturno y sobre el calor extremo durante el día. Disertó sobre la jaima austera en la que descansaba y en la que consultaba mapas y trazaba trayectos mientras permanecía tumbada, y sobre cómo dejaba fuera de ella su cabeza, para poder dormirse mirando al cielo y como observaba ese infinito cargado de millones de destellos y de gases luminiscentes lejanos, impulsados en un negro profundo y sin fondo. Y del miedo que sentía al observar el infinito, y de su mareo cuando trata de razonarlo, y del gozo que proporciona también no tener capacidad de entenderlo todo y dejar que el azar de notoriedad a un hecho, lo convierta en rotundo o sólo en un soplo.
LWG no ha parado de hablar, dice Lipo. Solamente lo ha hecho cuando se ha enchufado a su máquina que, después de una sonrisa, supone Lipo, la ha abducido e integrado, feliz de recuperar a su más preciado apéndice. Cuando ha ocurrido esa sagrada comunión, LWG se ha callado y sus palabras ya no tienen sonido humano, y el sustituido por el que producen las palabras mecánicas que crea el aporreo decidido de un teclado. Ha vuelto la sordera, ha vuelto la tarea, el aparente aislamiento de su alrededor. Y Lipo, que observa todo esto por encima del marco de su pantalla, siente que ya se ha recuperado el equilibrio.