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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Tener que perderla

Recuerda lo que prometiste, le dice un Lipo al otro. Ya, yo lo sé, respo

nde el segundo, pero creo que va a ser difícil poder hacerlo. Vamos, insiste el primero, aunque sólo sean un par de párrafos. 

Hoy, la noche iba bien para Lipo. Estuvo leyendo hasta que sus ojos ya nos podían mantenerse abiertos, así que en cuanto marcó con el marcapáginas la página hasta la que había llegado apagó la luz, se acurrucó y tardó relativamente poco, muy poco, en dormirse. 

Se ha dado cuenta de que nadar le cansa el cuerpo de una forma muy adecuada para descansar, y por eso intenta ir todo lo que puede a la piscina. Lo suele hacer al mediodía, y ayer, igual que el martes y el miércoles, también lo hizo. 

Como decía, todo iba bien hasta que a las seis y treinta y ocho minutos se ha despertado. Su idea era volver a dormirse. Tenía ganas de mear, por lo que ha deducido que es lo que le ha devuelto al mundo. Así que se ha levantado de la cama, ha tiritado, ha meado y ha vuelto a meterse en el lecho. 

Imposible, sus ojos permanecían abiertos, y muy abiertos. 

A medida que pasaban los minutos en el reloj digital, ha crecido su nerviosismo y ha comenzado a tomar forma en su cabeza la idea de levantarse e irse a correr. Ha mirado por la ventana y la negrura del exterior y la densa niebla estática que envolvía todo, le ha desalentado. Ni de coña, se ha dicho a sí mismo, ya está bien de castigarse, ya está bien que ya tienes una edad, le dice uno de los Lipos al otro. Sí, sí, parece apaciguarse el otro, el más inquieto, y el primero confía en que ya le ha convencido, en que se relajará y volverá a caer en el placentero sueño del amanecer una vez descartada la locura.

Los dos LIpos parecen haber pactado que esa mañana nada de deporte. Ya han tomado una decisión. Ahora, desde el tibio nido, piensan asombrados que hace relativamente poco tiempo nada les hubiera hecho vacilar, y que se levantaban a las seis y media para salir a correr, independientemente de la climatología.  Parece mentira, ¿qué ha pasado? Los años transcurren inexorables y se llevan las ganas de tantas cosas. 

No me jodas, se escucha decir al hombre que está tumbado en la cama. Sus ojos no se cerraban.  Aquel cerebro vuelve a activarse y en el Lipo inquieto crecen viejos mitos de otro mundo aprendidos en su infancia, tales como el del deber inexcusable o el de la imposibilidad de burlar al destino. Así que no se lo piensa más, retira el edredón que cubre su cuerpo con un enérgico movimiento y se yergue desnudo hasta sentarse en el borde de la cama. El Lipo tranquilo asiste asombrado al espectáculo, No se puede creer lo que está ocurriendo y silencioso, resignado, acompaña al inquieto por la casa negra a tomar un café rápido, a lavarse la cara y los dientes y a enfundarse en las frías ropas del entrenamiento. 

Y el Lipo inquieto, el otro ya ha dejado de existir, sale a la calle, sube al coche y se va al Camino Blanco, aún oscuro, para arrancar su carrera. Y todo ha sido tan brusco y violento que algo en su espalda, en el omóplato izquierdo, se ha descolocado y como un títere oxidado de hojalata ha acabado su carrera a pesar del dolor treinta minutos después de comenzarla.  Y de nuevo, como hace dos inviernos, ha vuelto a disfrutar del olor, del sudor frío y el sonido de la naturaleza al amanecer. Y se siente tan satisfecho de esa sensación que también lamenta tener que perderla. 

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