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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Siluetas

Hoy ha comido con otro amigo del pasado, pero eso es otra historia. 
Aún así, piensa si, espontáneamente y adelantándose al final, ahora le va a dar por ir despidiéndose tranquilamente de aquellas personas que, de una forma u otra, han formado parte de su trayectoria profesional, ¿por qué no? Se dice. A fin de cuentas cuando está con ellas siente algo así como si alcanzara una orilla en la que recostarse tras haber salvado la vida en un naufragio. Hay sonrisas cómplices y miradas que dicen tanto. Bueno, Lipo ha estado de comida, con JLT, LWG y RL y ya hablaremos de ello, pero en otro momento. 

Después de ello, y aprovechando que estaba por la zona centro, ha quedado con su gestora inmobiliaria, bueno, por denominarla de alguna forma. Ha estado con B, que es una inquilina que tuvo hace años en un apartamento que Lipo tiene en esa parte de la ciudad, y que ahora se ha convertido en una empresaria inmobiliaria con clientes en la zona, entre ellos, él. Bea tiene una pareja del mismo sexo y está pensando en tener un hijo, no sabe si natural o adoptado. Lipo, que le encanta aconsejar a la gente que haga lo que le hace ilusión, obviamente, la anima a ello y Bea se va tan feliz y tan convencida de ello. Es una tipa estupenda. 

Lipo vaga después por la tarde fría y húmeda y se encamina hacia el autobús que le llevará hasta su coche que, a su vez, le llevará hasta el risco. Sube una rumana joven, con dos niños pequeños, con una madre severa de páramo siberiano, montan jaleo. Lipo quiere bajar de ese bus. 

Lipo llega ya de noche a su casa. Está cansado. Frente a ella hay un coche con las luces apagadas y alguien dentro. Sólo hay una persona dentro de él. En medio de la oscuridad, en la que todo y todos son sólo siluetas, Lipo se da cuenta de que es una mujer. Piensa en quién puede ser es y en qué hace allí. Se le viene a la cabeza que igual sea la pareja de algún hombre y que le vigile desde el coche mientras él la engaña con otra mujer o con otro hombre. Pero tal y como está aparcado el coche, sólo podría estar vigilando la casa de los vecinos y tal situación de comedia de enredo o tragedia, no le cuadra con la personalidad de ellos. 

Lipo avanza, pasa de largo y unos cincuenta metros más adelante, gira 180 grados y vuelve para controlar la situación con los faros de su coche iluminando al de la intrusa, lo aprendió en na película. 

Cuando el baja del automóvil también baja la mujer. 
¿Te ha pasado algo? Dice Lipo. La mujer le dice que lleva allí horas, que, qué va a ser de ella, exclama. Al mismo tiempo señala una jaula alargada en el suelo, como a diez metros del coche. Está esperando que se metan dentro de ella gatos, y para ello les pone comida dentro de la prisión. Por lo visto quiere castrar a las gatas del lugar y dice que entran machos en la jaula, pero no las gatas. No me extraña, piensa Lipo. 

¿Qué cojones me está contando esta tipa? se pregunta. No sabe si es la mujer del rarito que vive a dos casas y con el que ya ha tenido algún incidente a cerca de los animales domésticos. La mujer dice que lleva ahí horas y que no entra la gata y que van a acabar con su vida esas gatas que la tienen hasta las tantas por ahí vagando. Lipo supone que la habrá de agradecer que no se llene el otero de gatos y que dedique su vida al control natal de la población felina del lugar, pero a Lipo sólo le parece una chiflada, igual que su marido y se pregunta si la pagará el Ayuntamiento o alguien por hacer ese trabajo y que de no ser así está muy mal esa señora. 

Es educado y le dice, ah, muy bien, muy bien. Vale, pues nada, si necesitas algo ahí me tienes, señalando con la cabeza hacia su casa. Se va y sólo espera que la colega no le reclame. Entra, a oscuras, va a su ventana y mira a través de ella, ve la silueta dentro del coche y no se explica aquello. 
 

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