Historias de todos los días
23 Marzo 2025
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Por aquel entonces ya había móviles, o eso supone, pues Lipo no visualiza el modelo que en aquel entonces tuviera y ha tenido bastantes a lo largo de la segunda parte de la vida. Si ya existían no eran tan avanzados como los de ahora y su principal función era telefonear y quizás enviar mensajes de texto, y a unos precios abusivos, lo que provocaba que cuando llegaba la factura mensual, la cantidad pereciera a todo el mundo exagerada. Y en bares y comedores, las abultadas facturas eran motivo de conversaciones y debates, y las personas se intercambiaban propuestas de planes de distintas compañías de telecomunicaciones y presumían siempre de tener en sus terminales las mejores opciones y a los precios más competitivos del mercado. Bueno, todo el mundo se prometía a sí mismo hacer un uso bastante restringido del infernal artilugio al mes siguiente para reducir la deuda que adquiría, simplemente por hablar, pero eso nunca se conseguía y las gentes siguieron hablando, a veces de más, simplemente para mostrar a los demás que ellos podían afrontar el montante.
Lipo estaba en Paris, en un viaje de trabajo, de los de antes, me refiero, apunta el narrador, a que el trabajo ocupaba sólo unas horas y disponías, como ser humano desplazado, de tiempo libre para pasear por la ciudad y patearte sus calles. Lipo ha tenido la suerte de conocer medio mundo gracias a su trabajo. De no haber sido así, está seguro de que conocería pocos lugares debido a lo perezoso que es y a la relativa poca importancia que le da al hecho de viajar, a su entender, una experiencia sobrevalorada. Y piensa así Lipo porque conoce personas que han dado varias vueltas al mundo y espiritualmente, parecen no haber salido del barrio.
Bueno, Lipo andaba por Paris no recuerda con quien ni porque, pero aquella tarde, o quizás fuera ya de noche, vagaba solo por los Campos Eliseos de la capital francesa
Lipo empezó a viajar muy joven y antes, apunta el narrador, cuando te marchabas a otros países, la costumbre era traer algo para los que se quedaban aquí. Lipo detestaba esa tradición. Creaba en él, primero, nerviosismo por encontrar algo que le llamara la atención, pues Lipo no suele regalar por regalar, lo que le restaba libertad y despreocupación a su vagar descubriendo rincones. Y segundo, le impedía romper los vínculos con su casa y con sus habitantes, a pesar de encontrarse, a veces, a miles de kilómetros de distancia.
Pero bueno, eso era antes, ahora Lipo era ya un adulto y ni siquiera recuerda si dijo a los suyos que estaba de viaje, pues así evitaba desazones y preocupaciones innecesarias, pues no hay mejor para ello que la ignorancia. Lipo estaba en París y debía de estar enamorado o se acordaba de alguien que le hubiera gustado que compartiera con él aquella urbe. No explicita su nombre, sencillamente porque no recuerda de quien se trataba, pero el caso es que decidió llevar a esa persona un presente para darle a entender que se había acordado de ella, como así era.
Paseando por los Campos Eliseos vio una pequeña tiendecita de complementos de mujer y con un hombre absolutamente parisino que no viene ahora al caso. En todo caso, aquel nombre evocaba a la ciudad de la luz en cada una de sus sílabas de ese cantarín idioma. Lipo entró y curioseó y, sinceramente, tampoco le deslumbró lo allí expuesto o quizás entró con excesivas expectativas pues estaba en el corazón de la ciudad del amor en una tienda de regalos para mujeres. Bueno, pensó Lipo, debe de ser que el material que he aquí, a mi vista, a pesar de no arrebatarme, es lo último en tendencias, ya que si está aquí, es lo que dicta París.
Lipo adquirió un pañuelo para el cuello de colores pálidos que nos acababa de convencerle, pero no tenía mas tiempo, pues a la mañana siguiente tenía que estar temprano en el aeropuerto para regresar y no quería dedicar el resto de su paseo a buscar, apresuradamente, un regalo, pues ls tiendas no tardarían en ir echando el cierre. Además, pensó, aquel pañuelo tenía el valor añadido de venir de París por lo que una vez puesto, seguro que irradiaba ese glamour propio de la ciudad única.
Lipo ya esta de vuelta en su ciudad. Es el día siguiente a haber aterrizado , y tras dormir y descansar, por la tarde decide ir a trabajar. Lo hace andando por el centro de la ciudad, su cuidad, pues vive relativamente cerca del despacho. Camina Lipo por una de las arterias comerciales más transitadas de esa ciudad, una calle ni ancha ni estrecha flanqueada en ambas aceras por tiendas apelotonadas una tras otra con llamativos escaparates.
Lipo, asombrado, descubre entre dos de esas tiendas, una de calzado y otra no recuerda de qué, su tienda de los Campos Eliseos, el mismo nombre, el mismo grafismo. Lipo, perplejo, sin saber qué pasa, pensando que han trasladado mágicamente el establecimiento durante la noche, se acerca al escaparate y echa una ojeada al material expuesto y ve allí a menos de un kilómetro de su casa el pañuelo que lleva envuelto en papel de seda y que ha recorrido con él más de mil a través del cielo.
Ese día algo empezó a cambiar y los móviles se llenaron de funcionalidades que fueron arrinconando a lo de hablar y las personas, poco a poco, dejaron de hacerlo.