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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Y ahora que ya han llegado las golondrinas

Y ahora que ya han llegado las golondrinas me viene a la cabeza, me revolotea en la cabeza, como todos los años, el término libertad. Y sí, hay otros pájaros que viven aquí , que pasan los inviernos conmigo, pero no tan salvajes y libres como esos balines negros de largas y afiladas alas, tan locos, alegres, despiertos. ¿De dónde vendrán los que se aprestan a criar en los nidos que hay sobre mi puerta? ¿A dónde se marcharán cuando lo hagan, al final del verano, con sus crías aún adolescentes y grabado en su cerebro el hogar al que volver?

Y cuando me viene a la cabeza la palabra libertad siempre me acuerdo de aquella joven (me hace gracia este termino ahora, pero es el que me sale), de la que no recuerdo nombre, ni rostro, ni tampoco apariencia física. Y me viene a la cabeza porque quizás, ahora, empiezo a entender que aquello que hizo no fue nada más que eso, un ejercicio de libertad. 

Hace muchos años, tantos que yo era un hombre joven, compartía un despacho con un amigo mío. A propósito, un amigo inesperado que se ha ido consolidando como tal con el paso de los años. Pues bien, ambos teníamos empresas similares en cuanto a actividad, pero él, que siempre ha sido un clásico (me rio solo), le gustaba tener una secretaria. 

Mi amigo tenía fama de mujeriego. No era mal tipo, pero le resultaba difícil mantener la fidelidad en una relación, fuera del tipo que fuera. Acabó con una chica muy joven del Caribe, creo que esa chica tenia una hija recién nacida (nunca supe si era de él), y luego (creo), que tuvo otra hija con esa misma mujer cuando, después de separarse, volvieron a juntarse. Ahora, mi amigo, lo que más adora es a esas dos niñas; bueno una de ellas ya es una jovencita. 

Pero volviendo al hecho, situémonos en aquel despacho anterior al concepto digital; es decir, analógico. Por lo tanto, en Navidades era costumbre hacer una lista, a veces interminable, y comprar christmas para felicitar a los clientes. Había que escribirlos a mano y, a muchos destinatarios, obviamente, con mensajes personalizados que hicieran referencia a algún lance profesional. 

Se escribían christmas a la dirección general, la financiera, a sus secretarias, a alguien de recursos humanos, y muy escasamente, a algún director comercial, pus los vendedores no eran interlocutores nuestros habitualmente. En definitiva, los christmas de Navidad suponían un esfuerzo a los que debías de dedicar, al menos, una semana entera. 

Lo habitual era escribir tandas de veinte o cuarenta felicitaciones, meterlas en sus respectivos sobres, con la dirección escrita a mano, claro, poner los sellos, cerrarlos y llevarlos al buzón. De esto último, llevarlos al buzón, se encargaba, en aquel invierno, aquella joven. 

Ella sólo llevaba las felicitaciones de mi amigo, pues aunque el me ofreció que también llevara las mías, lo cierto es que no me pareció correcto. Total, el buzón prácticamente estaba al lado de la oficina, y sólo había que andar un par de manzanas para llegar a él. 

Pasaron los días, veía las pilas de christmas de mi amigo en la mesa de la joven, los llevaba all buzón, nueva pila, dos o tres días después, enviados y nueva pila. Así durante toda una semana. Bueno, todos enviados, y como era habitual, también se recibían felicitaciones en la empresa, tanto en la de él, como en la mía. En muchas ocasiones, el remitente arrancaba diciendo, gracias por tu felicitación.

Pasaron los días y mi amigo estaba extrañado porque ese año estaba recibiendo muchas menos felicitaciones que otros años. Además, esperaba, por estrategia, saber si algunos individuos o individuas, respondían a la suya. Llego el año nuevo y mi amigo tenía una colección de christmas recibidos muy, muy inferior a la de otros años, y se puso nervioso pensando que había muchas gente que no tenía intención de desearle un feliz año nuevo, lo que se podía traducir en cancelación de contratos, una vez llegado el nuevo año. 

Llego febrero, y todo siguió igual (en cuanto a los contratos se refiere). La Navidad ya quedaba lejos y el día a día había borrado toda mención al tema de las felicitaciones. 

No sé las razones, pero la joven se marchó del despacho adentrándonos ya en verano, supongo que debía de ser junio o así. El despacho tenía una sala de reuniones con una mesa grande, una biblioteca, unos muebles decorativos y un sofá muy cómodo para echar un sueñecito de vez en cuando, junto a dos sillones a juego (lo que se llama un tresillo, todo ello sobre una moqueta verde. Un día estoy reunido allí, se me cae un bolígrafo.  Ha rodado bajo la mesa, tanto que he de arrodillarme y gatear para llegar a él. Ya me levanto pero veo algo extraño bajo el sofá, está lleno como de papeles amontonados. 

Paro la reunión, pues es interna, me dirijo al sofá, lo desplazo y allí están todos los christmas de mi amigo, con las esquinas de los sobres ennegrecidas por el polvo, con sus sellos inmaculados y, obviamente, sin haber sido abiertos.
 

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