Historias de todos los días
29 Junio 2025
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A punto de acabar el mes de junio. Los días ya han comenzado a acortarse. Concretamente, de 15.01 horas de sol, ya hemos pasado a 14.59. Ja, ja, ja, no es mucho, pero Lipo cree que este punto de inflexión es un alivio, pues a partir de ahora el Universo restará, incansablemente, luz a las jornadas tediosas e infinitas del verano.
Hay una olita de calor y las máximas llegan a los 37 grados que se mantienen inalterables y tenaces durante cuatro o cinco horas. No hay ser vivo que lo soporte. Lipo se asoma por su ventana y entrecierra los ojos para poder distinguir detalles de su entorno, iluminado en blanco metálico por un flash crudo. El horizonte está envuelto en una bruma y a lo lejos parece que se recorta Damasco.
Ayer Lipo, a pesar de las apocalípticas advertencias de las noticias, salió a correr un rato por la mañana. Más o menos lo soportó. Vuelve y aparca el coche y cuando desconecta la llave de contacto, ve merodear a una avispa en torno al retrovisor derecho. Ya la había visto por allí unos días antes. La observa y ve cómo se introduce entre el marco de plástico y el cristal del artilugio.
Lipo cree que las avispas están anidando allí dentro. Ese coche no lo usa mucho y los puñeteros insectos pueden haber encontrado allí dentro un lugar perfecto para pasar desapercibidos y anidar. De hecho ya ha encontrado pequeños avisperos en su buzón y también en la tapa de la gasolina de otro automóvil. Lipo rodea el auto e introduce la llave en la hendidura por la que ha visto entrar a aquella arpía.
Sale de su escondite y tras ella seis o siete especímenes más que comienzan a revolotear en torno a Lipo. Le rodean, están agresivas y una de ellas le pica en la mano izquierda. Lipo siente el aguijón mientras agita sus dos brazos al aire para defenderse del resto. Corre a refugiarse dentro de casa, cagándose en aquellos insectos indeseables, y mientras aprieta entre sus dedos la carne que ha recibido el balazo minúsculo, planea una venganza definitiva. Lava su herida, el dolor remite y agarra el bote de insecticida que tiene en la entrada. Lipo sale a la calle con ira, ni rastro de las avispas, llega hasta el retrovisor y apunta en la hendidura, no se corta, a fondo, ve a una de ellas caer al suelo retorciéndose mientras agoniza. No en mi retrovisor, se dice a sí mismo.
Las noches son insufribles. Cuesta conciliar el sueño por culpa de la alta temperatura. La sábana se pega al cuerpo y por muchas vueltas que des, enseguida vuelve a hervir la carne. Lipo usa un ventilador con el que, más o menos, y tras una hora de paciencia, consigue dormir, pero es un sueño leve, inquieto, un sueño insatisfecho.
A eso de las tres o quizás fueran ya las cuatro, Lipo está durmiendo de lado, apoyado sobre su hombro izquierdo y mirando a la pared. La puerta que da a la terraza está abierta y el ventilador zumba mientras cruza el Atlántico en una plácida noche de luna llena a miles de metros de altura.
Lipo se despierta porque seis o siete patas trepan por su hombro derecho. No cabe duda, se trata de un insecto, para él repugnante, por lo tanto, de un bicho. Lipo, enérgicamente, levanta su hombro y lo gira buscando expulsar de su cuerpo a aquel extraño. Lo que quiera que sea, se queda pegado a la pared. No hay luz, ni la quiere dar, no vaya a ser que espante a la cosa y zigzagueando escape. Así que la noche sólo le permite observar la silueta negra de aquello que ahora se mueve, lentamente, hacia arriba, en la pared y vuelve a quedarse quieto. Lipo piensa y sin pensárselo, agarra una de sus zapatillas y pega un zapatillazo a aquello, un golpe ladeado que provoca que el visitante acabe en el suelo más allá de los pies de su cama. Cuando cae, suena metálico, como si un duro caparazón hubiera impactado. Lipo, somnoliento, observa al individuo desde la cama. Está quieto, no se mueve. Lipo se levanta, va a mear y al volver ahí sigue el espécimen, no distingue lo que es, sólo que es alargado y no se mueve. Lipo decide acostarse y mañana averiguará de qué se trata.
Pero Lipo ha pasado el resto de la noche inquieto y ha imaginado que su cuarto estaba lleno de animales conviviendo con él. Y por eso ha visto a una golondrina revoloteando como una loca dentro del dormitorio y a una araña protegiéndose de un gorrión que también estaba allí, escabulléndose entre las hojas de un poto que parece que también crece rectilíneo sobre el cabezal de la cama, en el límite de la pared y el techo. La golondrina y el gorrión salen escopeteados por una ranura bajo una persiana. Pero también, sobre un armario blanco de la habitación, habita una especie de serpiente boa que, por su aspecto, su cara sonriente, parece buena persona. Se fija en Lipo y va hacia él, parece querer besarle, pero solo le rodea su cuello. Cuando lo hace, también parece liberarse del cuerpo enroscado del reptil, una especie de osito diminuto de hocico puntiagudo que pasa cerca de Lipo y se escabulle, no sabe dónde. Lipo siente que la serpiente quiere ser afectuosa, pero no se fía, pues su barriga blanca puede asfixiarle en cualquier momento, Logra, sin herirla, alejarse de ella.
Lipo de despierta allá por la seis y cuarto, cuando los pájaros comienzan a cantar. Sabe que tiene un cadáver en la habitación, le da pereza y cierta repugnancia, por esto dilata el levantarse, aunque no tiene sueño. Consigue perder el conocimiento un par de ratos hasta que decide incorporarse. Aprovechará e irá a correr, pues es temprano. Se dirige a los restos y comprueba que lo que le usó para trepar era un pequeño saltamontes. Lipo lo lamenta. Casi se arrodilla para rezar una pequeña oración, pero no sabe si los insectos tienen algún sistema de creencias. Únicamente acierta a decirle, lo siento.