Historias de todos los días
27 Febrero 2026
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El interior de las casas memoriza el frío del invierno. Por ello, sus moradores, cuando entran en ellas sienten que y un escalofrío recorre su cuerpo.
Es el primer día del año que le ha ocurrido esto a Lipo y ello quiere decir que la primavera ya ha llegado. Sí, aún estamos en febrero, pero la primavera ya ha llegado. Sonríe Lipo, pues este síntoma lo vive todos los años. El fenómeno es para él un pistoletazo de salida del buen tiempo que derivará en el tórrido verano y curiosamente, siempre que lo siente por primera vez, está solo.
Esta noche su sueño ha sido tranquilo y profundo y se ha vuelto inquieto solamente ya en la mañana, momento en que ha aparecido su hermana desprendiendo melancolía, añorando el pasado a través de un grupo de mensajería llamado “familia”. Su hermana paseaba su tristeza con un móvil en la mano, mostrando en el artefacto fotos, quizás enviadas, recibidas, dentro de ese grupo. Los sueños mañaneros de Lipo.
Lipo se ha levantado por vergüenza, pues hubiera seguido durmiendo, pero algo dentro de él aún le empuja a destaparse, sentarse en el borde de la cama, calzarse, vestirse, bostezar y murmurar cuatro palabras o quizás solamente una expresión, no recuerda qué exactamente, sobre lo tétrico que es vivir.
Lipo desayuna los sábados exactamente lo mismo que cualquier otro día de la semana, pero todo es de otra manera.
Cuando, un rato después, sale al exterior, el día alberga un jaleo enorme. Toda la naturaleza, tanto la vegetal como la animal, está enfervorecida con la sensación del cambio de estación. Las plantas, agrupadas en torno a la puerta de Lipo, chillan y puede oírselas crecer enloquecidas, y los pájaros cantan y vuelan nerviosos buscando el amor.
Lipo, perezoso, venciendo la negación, armándose de valor, convenciéndose a sí mismo sobre la utilidad de ello, ha emprendido su carrera. En su primera parada, experimenta otra señal clara e inequívoca de la llegada de la primavera, un ejército de pequeños mosquitos negros, jejenes, revolotean sobre su cabeza, se estampan contra su rostro y tratan de meterse en su boca, un par de ellos lo han conseguido, buscando el dióxido de carbono que exhala el pobre y viejo atleta. Se cabrea Lipo, levanta sus brazos sobre su testa, alza la vista y ve decenas de ellos orbitando inquietos a su alrededor. Han perseguido y rodeado a Lipo durante toda su carrera, atraídos, también, por su olor corporal. Preciosa primavera, piensa.
Creía Lipo que iba a ser un día de múltiples saludos y reverencias, pues la mañana invitaba a salir al campo, pero curiosamente, la afluencia de almas al camino ha sido sorprendentemente escasa y apenas se ha cruzado el corredor con cuatro personas, entre ellas la mujer gacela. Lipo ha pasado calor, pues el aumento de la temperatura le ha pillado por sorpresa e iba equipado con ropaje invernal.
Acaba Lipo, hace una pequeña compra y piensa en su nueva etapa, en la que comenzará dentro de poco, y razona que está bien, que puede ser una rutina discreta, como para tratar de pasar desapercibido ante Dios, pero le falta algo en ella y no acierta a dar con ello, con ese quid divinum.