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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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25 septiembre 2017 1 25 /09 /septiembre /2017 23:43

Pasaron tres meses desde ese hecho. Durante este tiempo no volví a tener noticias de mi vieja conocida, y como me ha ocurrido varias veces en este tipo de encuentros me olvidé del asunto, a parte de que a mí tampoco me apetecía retomarlo, casi nunca me apetece. 

Sin embargo, al finalizar el verano, mi vieja amiga se puso en contacto conmigo a través de mensajes. Parecía decidida a compartir ese café del que habíamos hablado y pensé durante segundos qué responder a sus mensajes. O bien alargaba el compromiso aduciendo trabajo, viajes, falta de tiempo y con el objetivo de llevar hasta el olvido el encuentro, o bien lo asumía. Me decidí por esta última opción, quizás movido por cierta lealtad hacia el pasado conjunto, quizás por cierta cortesía con el género femenino, quizás por pura curiosidad. Tenía un poco de expectación. No sé que esperaba realmente de ella, pero quería darle cierta opción a que me resultará sorprendente y pudiera retrotraerme a tiempos anteriores, y dentro de ellos a facetas de mi olvidadas. 

Llegó la mañana y como me ocurre todas las mañanas cuando me levanto, un ladrillo cayó dentro de mi cerebro, un ladrillo en el que se contienen todas las tareas que he de afrontar durante ese día. El ladrillo de esa mañana contenía mi cita y no me apeteció. Se me antojó una cota insuperable y llena de esfuerzo. Pero bueno, a medida que me voy despejando, me tomo un café y me ducho, las grandes cotas que he de afrontar se convierten en más accesibles. 

Realmente, este momento mañanero es el único espacio de reflexión sobre mi mismo. Estas en silencio y cada despertar es volver a encontrarte contigo mismo. Y todas las mañanas tengo el convencimiento interior de que a lo que dedicó mis días, cada día, me importa menos, y sólo deseo quedarme en casa, protegido y atrincherado contra la estupidez de nuestra especie. Cuando salgo de casa, aseado y dispuesto para la batalla, todo eso se disipa, o simplemente dejo de pensar en ello, y me encuentro en estado de revista, dispuesto para el combate. 

Es lunes, Madrid está dinámico, con ese calor de finales del verano que resiste marcharse. Los lunes son especialmente nerviosos. Supongo que la gente aún no ha pillado el ritmo frenético de lo que habrá de ser la semana, y todo el mundo anda como con prisas, como si llegara tarde a todas partes, pero por puro despiste. 

A medida que me acerco al lugar acordado va disminuyendo mi interés por la cita. Ya estoy metido de lleno en la semana, empieza a dispararse el móvil, los sonidos de mails que llegan, mensajes de texto y reclamaciones remotas. Ya no tengo tiempo para el pasado, el presente no me deja abrir espacio al recuerdo, y veo completamente absurda la reunión con mi amiga. 

A las once llego a la cafetería de uno de esos hotelitos urbanos decorados con diseño industrial, de ese que parecen hacer en fabricas y lo venden a metro cuadrado. Allí estaba, vestida de negro, mi vieja amiga, hablando por el móvil. Yo ya había puesto mi mejor cara de expectación y alegría. Es fácil cambiar tu rostro, solo has de respirar hondo, abrir los ojos y concentrarte en ello. Me doy cuenta de que no tengo ganas de hablar. Está sentada en un sillón, frente a un café y una pasta. Me ve, me sonríe. Me hace un gesto con la mano, yo la sonrío. Le digo en voz baja que acabe su llamada, que voy al cuarto de baño. Me voy, tengo ganas de irme de allí, quiero retrasar el encuentro, preferiría no tenerlo, dejarlo en suspenso infinitamente, no tengo espacio, ,tiempo ,ni ganas para él. 

Vuelvo, allí sigue mi amiga, con esa misma expresión que recuerdo de ella desde hace más de 20 años. De pronto me viene de golpe ella, su carácter, esa especie de guasa, de relatividad sobre el presente, esa especie de aceptación del destino, sin opción alguna de eludirlo. 

Nos damos un beso. 

Nos cuesta arrancar, tanteo absurdo con preguntas absurdas. Hay lejanía, se perdió la química. La conversación es vacua, no hay química, ni siquiera la que provocan los momentos y las circunstancias vividos en el pasado. Ha transcurrido tanto tiempo que no recordamos nada y si algo hubiera habido ya se ha destilado. 

Mi amiga ha perdido a su marido. Me dice su nombre. Sí, ahora lo recuerdo, un tipo majo. Ha muerto de cáncer, hace ahora nueve años. Ya estaban divorciados, pero ahora que les recuerdo, creo que siempre se quisieron. Ahora recuerdo también a dos niñas que ahora tienen más de 30 años, y me parece asombroso, y pienso en todo lo que habrán vivido mientras yo, que las acabo de recordar, pienso en ellas con sus pocos años, que vacío. 

Mi amiga ahora viaja mucho a Bogotá, ha empezado a hacer negocios allí, supongo que tendrá un amante de esa nacionalidad, y vende allí conceptos y servicios que se me antojan complicados e inútiles. Le pregunto que si tanto le gusta aquello, porque no se marcha allí a vivir. Me dice que no puede, que tiene un madre muy mayor que no puede abandonar, y yo recuerdo a la mía, también mayor, y a pesar de mi extraña relación con ella, creo que también me costaría abandonarla. 

Hay silencios en nuestra conversación a trompicones. No sé de dónde sacar temas. Mi amiga quiere venderme sus ideas y sus conceptos para mis clientes. Me vengo abajo, me molesta que todo el mundo quiera venderme cosas, o que todo el mundo busque negocios y supervivencias. Le comentó a mi amiga que aún sobrevivo dentro de un ecosistema estable en medio de la precariedad que parece haberse apoderado del planeta, que cuesta mucho trabajo y que parte del secreto es la ausencia de sobresaltos, lo que exige, obviamente, desestabilización e improvisación continúa interna. Por lo tanto, no voy a introducir un nuevo factor en esa fórmula trigonométrica. 

Mi amiga también dice que ha tenido una gran idea, le pregunto qué cuál es. Hace una pausa, crea expectación, con los ojos hace sonar los timbales. Espero en silencio y me dice: crear un club de mujeres de más de 50 años. Me argumenta que es increíble cómo las mujeres de más de cincuenta años (su generación), se ha quedado sin nada. Que ya ha llegado el momento de solicitar, reivindicar, poner los derechos de esa generación femenina sobre la mesa. Me importa un bledo la verdad, no tengo espíritu de grupo, no me gustan las agrupaciones, asociaciones, colectivos, plataformas, ni nada que suene a manada. Sin embargo le digo que qué interesante, que lo lleve a cabo. 

Mira su reloj, me alegro, va a ser ella la que ponga fin al encuentro. Efectivamente, da muestras de impaciencia. Pago el café, nos levantamos, salimos a la calle. Ya en ella me pregunta que qué es de mi vida, que si estoy casado (ya me extrañaba que no lo fuera a preguntar). Ufff, no me apetece. No, no, estoy divorciado, le digo sin hacer pausas, como si alguien te preguntara la hora y la dijeras sin detenerte a ello. Va a una reunión, llegamos al portal. Dos besos, nos emplazamos para una segunda reunión que ya sé no existirá. Ahora ya puedo eludir cortésmente sus propuestas de calendario. Es perder el tiempo y no tengo, o cada vez me queda menos. 
 

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19 septiembre 2017 2 19 /09 /septiembre /2017 23:53

Claro que me hubiese gustado. De haberla tenido, una tía Mae, la hubiera rogado que viniese a la obra de teatro que interpreté cuando era un niño. No recuerdo ya el nombre de la obra, pero yo hacía de oveja. Mi papel era hacer de cordero, a los pies de una cándida pastora durante toda la representación. Yo, que iba disfrazado de oveja debía de llamar la atención de la pastora con mi patita, Lo digo en diminutivo porque me acuerdo perfectamente de las instrucciones de la profesora de la clase, y se refería a mi pata de cordero como patita. No había más papeles, a excepción de la propia pastorcilla y del lobo, que ahora mismo no recuerdo quien lo interpretaba. Todos los demás éramos corderos y todos íbamos disfrazados. El escenario era pequeño, así que todos andábamos arremolinados y unos encima de otros, interpretando al rebaño, así que mis padres, que estaban entre el público, no sé si lograron localizarme o no. Yo, obviamente, no les informé sobre mi posición en el escenario, y precisamente para que no se fijaran en mí. No sé porque lo hice, supongo que porque no quería, porque sentía vergüenza de que me observaran. Yo, desde aquel rebaño no sabía si ellos se habían fijado en mí o no, pero por si las moscas, me retraí y decidí no desarrollar una interpretación de cordero que me hiciera destacar sobre los demás niños/corderos del rebaño. Mi casa tenía tantas normas e instrucciones, tantos miedos y precauciones, que cualquier discrepancia no tenía lugar. Lo mejor era, simplemente obedecer y pensar a solas lo que quisieras, pero sin exponerlo. Ahora pienso que quizás esa niñez, que no digo que fuera infeliz, ya que sentirse rebelde, aun en silencio, proporciona felicidad, haya conformado mi pasión actual por la soledad y mi intolerancia hacia la denominada convivencia. Después de todo, y según los expertos, lo que nos ocurre en los años tempranos, marcan de por vida tu personalidad. Volveré sobre ello. 

Ayer quedé con una antigua compañera de trabajo. No la veía desde hace, no sé, ¿veinte años quizás? Me la encontré en una escalera de un restaurante. Yo hacía tiempo esperando a unos comensales y ella subía por aquella escalera con otros. Nos reconocimos al instante. No sé cómo me encontró ella, yo a ella, sin despreciar el ajamiento que producen los años, igual que hacía veinte años. La piel con menos lustre, los ojos más cansados, el pelo más ralo y viejo, pero el mismo espíritu. Supongo, que al ser el reconocimiento mutuo e instantáneo, ella me encontró también igual, o quizás es que los dos quisimos encontrarnos igual por eso de no dejar pasar los años. Creo que hubo en ella alegría, aunque recordándola siempre mostraba esa alegría innata o quizás ficticia, que la obligaba a abrir los ojos y mostrar un inusitado interés vital por cualquier asunto que le comentaras. No me gusta reencontrarme con el pasado. A veces creo que porque no lo tengo y porque trato de vivir sólo el presente que, por otra parte, me llama más la atención que lo ya acontecido. Ya sabéis, un beso, un abrazo, ¿que se dice después de veinte años? Me descubre que comenzamos a escribir un libro juntos. No lo recordaba. Ese es mi pasado, decenas de proyectos que borra el tiempo y que alguien, recuerda y me recuerda. No da tiempo a más, quiero acabar aquella coincidencia, no tiene sentido, ni espacial ni temporalmente. Nos enlazamos por los brazos, intentándonos transmitir algún tipo de energía del pasado, pero yo no siento nada. Y cómo ya sabéis, breve actualización: 
¿Y qué haces ahora?, me pregunta. Lo mismo que hacía, le respondo y se queda asombrada que,  con todo los que ha cambiado el mundo, siga, erre que erre, manteniendo el tipo en medio de tanto tsunami. Eso me agrada. 
¿Y tú? Ella, se ríe con esa alegría que ya os he descrito, se balancea hacia mi y descarga parte del peso de su cuerpo contra el mío.  Yo estoy ahora metida en neo-narraciones, me dice, se vuelve a reír. Ya te contaré,  añade, es un tema superinteresante y me encanta. ¿Neo-narraciones? le pregunto extrañado. Sí, sí, ya te contaré. Vale, a ver si es verdad, le digo con esa certidumbre, aparejada a este tipo de encuentros, de que no va a existir esa posibilidad. También sabéis lo que ocurre en este tipo de encuentros, eso de: vale, pues nos llamamos y quedamos, a pesar de que sabes que no te apetece hacerlo. Y eres tan cínico (y la otra persona también), que insistes sobre esa opción, hasta tres veces. Ok, Ok, venga, pero que sea verdad. Mañana sigo con esto, estoy cansado. 

 

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12 septiembre 2017 2 12 /09 /septiembre /2017 22:59

La clave me la dio la tía Mae, uno de los personajes fundamentales de “La Biblia de Neón”.  En concreto en una conversación con su sobrino David, cuando le dice que la vida, a veces, te hace preguntas que no se saben responder.  Esta afirmación, así, dicha de manera tan sencilla y tan contundente a la vez, me resulto toda una revelación, pues en mi vida ha habido, y sigue habiendo, preguntas para las que no tengo respuestas, y cuando me ocurre, me quedo embarrado y sin poder avanzar. Por otro lado, también puedo pensar que, como tiendo a echar la culpa de mis sinsabores a los demás, son las personas y las situaciones creadas con ellas, en todos los ámbitos, las que, con sus actitudes, me han planteado dilemas a los que no he encontrado respuesta y, lo más complicado aún, elecciones que no he sabido hacer o que simplemente me he abstenido de hacer, por falta de criterios claros. Es tan complicado y creo que tal falso, tener todo claro. 

En todo caso, y como quiera que la vida pasa y tengo cada día menos interés por los seres humanos, este problema tiende a relajarse y tengo la sensación de que comienzo a ver, como un espectador, mi vida.  La edad tiene sus cosas buenas, entre ellas, ir perdiendo el miedo hacia el futuro, ya que a medida que se acorta, las incertidumbres son menores y, por otro lado, tiene la fantástica capacidad de dotarte de recuerdos, estadísticas, análisis; es decir, poder sacar conclusiones de un montón de capítulos inconexos que constituyen, a veces y sin orden, la vida.  

La tía Mae es una mujer en la cincuentena avanzada, con toda una existencia a sus espaldas, que ella misma califica como repleta de fracasos, pero que no por ello la impide aceptarlos, extraer lo mejor y aprender de ellos y, sobre todo, ser optimista y mirar hacia el futuro como un terreno aún por conquistar. 

Yo, sin embargo, veo el futuro bastante chungo, aunque también, y cómo he dicho antes, me importa, sinceramente, un culo. Leía hace unos pocos días, en una revista para aspirantes a millonarios, el artículo de un a joven redactor, un capullo que, más o menos, venía a decir que dentro de unos años, los jóvenes actuales serán los que heredarán la gestión de las cosas y todos los problemas se arreglarán. Es decir, los idiotas que ahora ven el mundo a través de una pantalla desde la palma de su mano, serán los que se responsabilizarán de que esta sociedad siga su curso. Bueno, el razonamiento es obvio, simplemente por el factor tiempo. Pero la jilipollez carente de toda lógica es que, a continuación, dice el gilipollas, que eso significará que los gestores del futuro serán hombres y mujeres que amarán a los animales y a la naturaleza, ecologistas, pacifistas, conciliadores y dialogantes y, sobre todo, dice, amantes de un reparto justo de la riqueza, lo que implica el fin de los conflictos y de las tensiones. La verdad, no he conocido a una generación joven más individualista y egoísta que la actual, y todo ello escondido bajo esa capa de felicidad ñoña y vacua y, por supuesto, la sonrisita eterna del buen rollito.  Pero esto ya no es mi historia. este relato les corresponderá a otros y, desde luego, no me voy a convertir en un viejo gruñón envidioso de los cuerpos jóvenes, de su energía y vitalidad, tan apreciadas a cierta edad. 

Yo nunca tuve una tía Mae en mi vida. Por más que busco en mi pasado, no, no he tenido una tía Mae y mira que me hubiese gustado. 
 

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1 agosto 2017 2 01 /08 /agosto /2017 00:25

Me ha ido inundando la tristeza a medida que pasaba el día y he acabado con un corazón encogido y apenas con restos de sangre reseca en sus paredes en mi garganta. Me claman los recuerdos de la felicidad y me exigen retornar a ellos para volver a vivirlos, pero me alejo de ellos con andar pesado, hundido bajo su peso. Los niego, resignado, sintiéndome incapaz de encontrar las fuerzas mínimas para, al menos, intentarlo.  Melancolía que te mece y canta una suave nana en tus oídos. Nanas sin letras, sólo un ronroneo melódico dulce, suave. Nanas que te adormecen, ruido blanco que te hace odiar cualquier otro. Nanas que sólo dejan expresarte con una suave sonrisa. Nanas que parecen robarte la energía adormeciendo tu voluntad. 
Supongo que son estados que, de pronto, te inundan y a los que no encuentras mucha razón de ser, pero contra los que aseguro no poder luchar. Ojalá pudiera expresar, simplemente con silencio, todas las cosas y tu, en silencio, mirándome a los ojos, descubrieras millones de detalles y millones de matices que, sabiéndolos ordenar, te dieran un sentido de mí. Y es que a veces, cansa tanto tratar de expresar qué sientes, que debiéramos haber desarrollado la capacidad de expresarnos sensorialmente. En realidad, nos falta algo que sí parecen tener los animales que, en vez de palabras, usan el olfato, los movimientos de los párpados o un simple sonido para expresar sus estados de ánimo. 
Hoy he ido a comer con mi anciana madre, y voy por su ancianidad, simplemente porque sé que de no hacerlo, posteriormente, cuando deje este mundo, voy a arrepentirme. Si soy sincero, creo que cuando ella abandone esta tierra, al margen del posible dolor, sentiré liberación. En realidad, lo que siento hacia ella es un vínculo que parecen haber extraído de un molde, el de lo que debe de ser, y me lo han impuesto.  Trato a veces de que convertirlo en algo natural y, sobre todo, particular, pero ella se encarga de retorcerlo y convertirlo en un estándar artificial, modelo en el que ella ostenta la autoridad, simplemente por su rol, por sus años. No puede remediarlo, es así, morirá así y yo lo odio, tanto como que de ella sólo me quedé ese recuerdo de lo que debía haber sido, y de cómo nunca fuimos capaces de construir.

Y salgo del restaurante. Dentro he dejado a mi madre y a mi hermana y a su hija con ella. Yo voy a por el coche con esa sensación, sensacional, de libertad. Y de pronto veo a un tipo con el pelo blanco sentado a horcajadas en una banqueta alta de bar, en la calle, apoyado contra un tonel grasiento. Hay algo en él que reconozco. Reconozco su cabeza, a pesar de que ahora su pelo está completamente blanco. Reconozco ese mirar desenfocado y abstraído . Reconozco esos ojos pequeños tras sus cristales gruesos, reconozco su postura y sobre todo su labio inferior grueso y caído, y recuerdo y le reconozco y trato de hacer memoria, como un loco, de qué, de dónde. Y de pronto me doy cuenta de que estoy viendo al niño que era, tanto como yo, cuando íbamos juntos al colegio, Y aquel hombre, al que ahora reconozco su cuerpo, sus posturas y sus formas de estar, se me antoja el mismo niño que fue y como apenas ha cambiado. Y considero absurdo acercarme y hacerle partícipe del descubrimiento porque intuyo que, como entonces, me mirará, asentirá y seguirá a sus cosas, sintiéndome yo incapaz de saber qué piensa y siente.  Lo que reclamo y que yo tampoco tengo. Toda una vida, a sus cosas. 

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30 julio 2017 7 30 /07 /julio /2017 20:50

Ya se ha ido el mes de julio. Ya fenece, está a punto de expirar el puto mes de julio. Se ha ido raudo el tipo. Este año, creo que en el anterior también, he optado por no hacerle caso, ni tampoco, allí por mayo o junio, temer su próxima llegada. Creo que ya no me dan miedo los veranos y sus días eternos, agobiantes, blancos y polvorientos.  No es que haya hecho una preparación mental para afrontar el estío, simplemente he tomado conciencia de la velocidad con que el tiempo pasa a partir de cierta edad y sabía, de antemano, que antes de que me diese cuenta, julio, habría fallecido.  Y dentro de nada llegará el otoño, y antes de que pueda reconfortarme en su frescor ya estarán puestas las luces de la Navidad y de nuevo un año nuevo, y con él, volverá julio, que será idéntico a éste. 
Tiene sus cosas buenas esto del verano. Para mi, lo mejor es que todo el mundo se va, y lejos. Ello me permite concentrarme en mis rutinas, que trato de desarrollarlas con férrea disciplina militar. Nadie te interrumpe, nadie llama exigiéndote atención, simplemente no están y curiosamente, tu tampoco estás para ellos. Por lo tanto, deduzco que ellos también descansan de ti. 
Esta mañana pensaba en ello mientras paseaba por el camino blanco. Bueno, quizás el término pasear no sea el más adecuado, pues mi paso era presuroso ya que, aunque nadie me había obligado a ir, no quería estar mucho tiempo expuesto al Sol de las 12 de la mañana. Mi intención era quedarme todo el día en casa, pero me sentía inquieto y con necesidad de cansarme. Si me hubiera levantado temprano hubiera cogido mi bicicleta, pero me he despertado tarde, pues anoche salí a cenar y después a una terraza a tomar algo con colegas de profesión,  total que llegue a casa cerca de las tres de la madrugada. Ello ha provocado que no me levantara hasta las diez y media o más, por lo que con este calor, coger la bicicleta estaba descartado. Por lo tanto, ¿que mejor que una caminata agobiante de verano por el camino de tierra y guijarros del páramo? No, nada mejor. En él, nos encontramos algunos habituales que nos cruzamos, como trenes, concentrados en nuestro destino, y de tanto vernos la cara a velocidad, hemos desarrollado un cordial saludo de complicidad. Nos reconocemos unos a otros y sobre todo reconocemos nuestro esfuerzo. Sin embargo, hoy, no he encontrado a nadie. Es domingo, la hora no es la más adecuada y en los pueblos, ya se sabe, los domingos tienen un cariz especial, por lo litúrgico, por lo familiar. 
El plan ha sido perfecto, he acabado mi caminata, media hora a buen paso, y me he marchado en el coche a la taberna, ya he conseguido que me reconozcan y que me pongan en la barra un vinito, sin siquiera pedirlo. Algunos parroquianos ya me saludan y otros, que me miraban de soslayo, ya hacen un movimiento parco de cabeza a modo de saludo. Lo que aun no ha ocurrido es que nadie inicie conversación conmigo, lo que también me alivia, porque me gusta dejar el misterio flotando entre los presentes, se hacen sus cábalas y suposiciones y mientras no ataque, el rebaño se muestra tranquilo. No dejo de ser un extraño, sobre todo en este local a pesar del tiempo que llevo ya aquí, aunque ya he sido reconocido por el propietario, lo que es un paso decisivo, sin duda. En definitiva, silencio y soledad, y me sienta bien. Mañana otra vez a trabajar, y a hablar. 

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5 julio 2017 3 05 /07 /julio /2017 23:33

Comer, se ha ido convirtiendo para mí uno de los actos más íntimos de mi existencia. Comer es el tiempo del alimento, el tiempo, casi sagrado, de nutrir al cuerpo, y por tanto, a la lógica del alma. Comer, para mi, requiere humildad, comer es un momento de reflexión, es el momento de tratar de comprender nuestro maravilloso organismo, su bioquímica, la acción de nutrientes, proteínas, grasas, carbohidratos, vitaminas, minerales, aminoácidos. Comer es imaginar nuestro riego sanguíneo transportando sustancias y reconfortando a recónditos rincones de nuestro ser físico. Comer es, si fuera creyente (a lo mejor lo soy), un acto de encuentro con algún dios o, al menos, con la naturaleza que, paso a paso, ha moldeado esa maravillosa ingeniería orgánica que somos. En definitiva, comer, para mi, afecta al alma y no al estómago. Algún dios, dio sabores al momento, sabores complacientes para agradecernos la concentración y la reflexión. Por esto que siento y expongo, odio a los troncos comilones que sólo aprecian el sabor, e incluso lo hacen con soberbia, despreciando aquel o aquellos que, a su juicio, el de los cerdos que sólo se deleitan comiendo, no satisface sus gordas papilas gustativas. 
De hecho, me cuido mucho en decidir con quien como, y cada día más. No estoy dispuesto a que cualquier mequetrefe me robe la paz durante la hora de la comida, básicamente, porque después hago mal la digestión, o me duele la cabeza o se me hincha el vientre, y lo que hubo de ser un placer, acaba siendo un martirio, normalmente aburrido y sin sentido. 
Me gustan los alimentos básicos, disfruto de los sabores originales sin que estén escondidos en emulsiones o mezclado con otros sabores o complementos, fetos paridos por las mentes delirantes de esta nueva raza de cocineros soberbios que quieren ser artistas o genios. 
El día es especialmente caluroso, de esos calores pegajosos, agobiantes, de esos que se meten por la boca y quieren secarte el organismo. Voy con dos negociantes de la comida, dos hombres cuyas vidas parecen girar en torno a la comida y al dinero que se puede sacar de convertir una exquisita y pura capilla románica en una ostentosa catedral barroca . 
Me llevan a comer, excitados, saliveantes como perritos de Pavlov a un restaurante que acaba de abrir, —dice uno de ellos—, el ex cocinero de un hotel de lujo de la ciudad. El local, que está vacío, lo conduce éste último, junto a su chica, que hace de maître y camarera. Ambos (los del local), parecen tristes y aburridos, supongo que porque aquel lugar, a pesar de las exquisiteces que se me pronostican, no tiene clientes. 
Uno de mis comensales elige el vino. Consulta la carta de los caldos, una difícil elección, piensa, reflexiona, no se decide, parece haber nacido en el seno de una estirpe de cultivadores de uvas, narra los pros y los contras de unos y otros, la camarera espera paciente, y más aburrida. Me pregunta, le respondo que no tengo ni idea, que a mi sólo me gusta beberlo. Vuelve a pensar, recorre con la yema de su dedo índice la carta de los vinos, parece pensar ahora para sus adentros. La ostia, pienso, elige el puto vino de una puta vez. Al fin se decide, no recuerdo su nombre, exquisito. 
A partir de aquí comienza el recital de platos de degustación. Alimentos pequeños, escondidos entre complementos de colores y sabores. Me recuerda a las clases de trabajos manuales con plastilinas de colores. 
Estos dos idiotas han sacado sus móviles y a cada nuevo plato que llega a nuestra mesa, no dudan en fotografiarlo y subirlo a las redes sociales. Ya sabéis, las redes sociales están llenas de platos de comida, de dulces y de pasteles, hemos decidido ser gordos y mostrar al mundo como vamos a conseguirlo. Pienso en lo inmoral de todo esto, pienso en el hambre, en los críos desnutridos, en las familias con pocos recursos, en la pobreza alimenticia. Estos dos comen como animales primigenios. Mastican exageradamente, les importa poco el alimento, buscan los sabores. No sé de que conversan, o sí, de los platos, el uno trata de llamar la atención del otro sobre aspectos, detalles, matices. A mi me tratan como a un niño pequeño. De vez en cuando me preguntan si me gusta. Les lanzo una media sonrisa, tratando de que vean en ella reflejada lo estúpidos que me parecen. Tengo la sensación de que se sienten orgullosos de haberme podido mostrar este altar de la gastronomía. Es fácil desdoblarme. Un yo les complace de vez en cuando, el otro, el mío, decide aislarse y, simplemente, comer. Aún hay más, y sigue mi tristeza. 

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26 junio 2017 1 26 /06 /junio /2017 22:57

He comido con un hombre de quien no me acordaba. Las circunstancias del trabajo me han hecho rescatar nuestra interacción que, por lo que me enteré durante el almuerzo, había existido. De pronto, me encontré delante de un hombre del que no me acordaba. Escarbé en el pasado, como si lo hiciera en una tumba antigua, buscando a aquel antepasado del que ni siquiera conocía nuestro parentesco.  
La cantidad de acontecimientos que requieren tu concentración en el espacio, que podríamos denominar actual, va borrando los antiguos para hacerse hueco, pero a medida que pasan los años, creo que los hechos antiguos tienen más peso que los contemporáneos, o quizás las relaciones, antes, eran más reales.  
El hombre es alto, delgaducho y arrugado, es una especie de momia bien conservada que, de vez en cuando sonríe con unos ojos inexpresivos que parecen trasplantados o quizás sean de cristal. Es un hombre triste el que se sienta frente a mi. Es de mi edad, algunos años menos. Lo primero que me dice es lo elegante que voy. Me llama la atención el comentario, es halagador, y me descoloca, ya que para mi el almuerzo es meramente formal, algo que he de asumir como parte de mi trabajo.  Pero una vez que ya estoy allí, trato de concentrarme y prestar atención al colega. 
Como decía anteriormente, este hombre, de quien no me acuerdo, y yo, nos conocemos hace muchos años, desde la Universidad, pero es de esas personas con la que te cruzas una vez por década, y creo que este es el tercer cruce que tenemos. 
De la etapa de la Universidad la historia gira en torno a una mujer, pero es un hecho antiguo, que quizás no venga al caso relatarlo ahora. El siguiente recuerdo que tengo de él, la siguiente década, es un plantón que le di, también para comer. En mi descargo he de decir que se me fue completamente de la cabeza, lo cual también implica, lo he pensado con los años, que poco significaba él para mí. Creo que esa fue la única vez en mi vida que me olvido de alguien de esa manera. La tercera década es la actual. 
Sin embargo, ha habido otra, pues el mismo me la relata, de manera indirecta, durante nuestro almuerzo. De hecho, en medio de su discurso da por supuesto que yo soy consciente de que le conseguí un trabajo años atrás, y debió de ser muchos años atrás, pues lleva en su misma empresa, creo recordar que me dijo que 20 años. Asiento, como dándole a entender que sí, que soy consciente de ello, y mientras sigue hablando trato de recordar las circunstancias de aquel hecho, pero soy incapaz. Sin embargo, y si eso es cierto, pienso que debía de existir algo entre nosotros, ya que en un país como éste, nadie busca trabajo a nadie, así, sin más. Según él, me dice, ha caído (se refiere al entorno profesional), tres veces en su vida, y de las tres se ha levantado, y en una de ellas, quien le sacó, parece que fui yo. 
El colega, engominado, flaco, con rostro alargado surcado por arrugas, está obsesionado con los años. Me confiesa que nunca dice su edad, y me responde eso cuando se la pregunto. Me confiesa que no la dice, que hace años que no la dice, pero que tratándose de mi, no tiene inconveniente, pues, más o menos, somos de la misma quinta. Primero me dice la edad de sus hijos, mayores que el mío, ya adultos, y ya consigo que me diga sus años. El colega es presumido, ha comenzado a boxear, y me lo recomienda. Es un hombre de gimnasio, es un hombre casado, con tres hijos, y también me da a entender que vive una crisis de pareja. Me relata que está pensando en hacer un viaje solo, a intentar ayudar a alguien en algún país que le necesiten. Más o menos, deduzco, está buscando mi bendición para hacerlo. Me relata que su hija vive en África y que viene el verano a casa, pero que en realidad sólo van a estar juntos tres días, por lo que tampoco sería tan dramático, Le respondo que piense un poco en él y que se vaya. Parece quemado con tanta vida de empresa multinacional y me confiesa que llevan diez años sin subirle el sueldo. Parece quemado con tanta existencia formal sujeta a tareas que hay que controlar con el reloj. En realidad, está más quemado que yo de beneficios, valor para el accionista, propuesta de valor y montón de mierdas más, y le animo a que huya, es más, casi le empujo a ello, pues veo que me está suplicando que lo empuje a ello. 
Me estoy quedando atónito por la intimidad que muestra conmigo, como si en otro tiempo esa intimidad fuera lo más normal entre nosotros. 
Me pregunta si yo he tenido alguna vez alguna crisis por culpa de los años, y le digo que sí, que desde hace tres o cuatro años arrastro una profunda de la cual estoy dispuesto a salir y que la única salida es aceptarse, acomodarse y olvidarse de los días anteriores de vino y rosas. De ahí arranca él su narración sobre el ejercicio físico, y me doy cuenta de los que se cuida y también de que es horrible no aceptar que la juventud ya se ha ido e incluso la primera madurez y también de que este hombre, que en algún momento debió de ser mi amigo, lo va a pasar mal. En ese momento decido que le monitorizaré y que estaré un poco atento a su evolución.  
He de coger un tren a las cinco y treinta para marcharme a un congreso, y son las cuatro y veinte. Miro el reloj con disimulo y lamento tener que cortar la conversación, creo que de no haberlo hecho hubiéramos acabado abrazándonos y casi llorando recordando el pasado que yo desconozco. Nos levantamos, le vuelvo a recomendar irse, perderse, darse un respiro. Mi conocido desconocido, al que me propongo conocer más, o empezar a conocer, me mira de lado, creo que con cariño y con agradecimiento. Creo que necesita un amigo y en mi inconsciente pienso que, con él, siempre me quede a las puertas de serlo y que quizás, ahora, tampoco sea capaz. 
Sigo triste

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24 junio 2017 6 24 /06 /junio /2017 23:33

Viene mi hijo con su novia, con su nueva novia. Se llama Ludovica, es de Milán. Le pregunto a Ludovica porque se llama Ludovica y me cuenta que su padre es un fanático de Ludwig Ban Beethoven. Me parece una buena razón y pienso que, desde luego, ha de ser uno fanático, sí. 
Comemos juntos y lo que realmente me preocupa es que mi hijo al hablarle a su nueva novia de mí, le comenta que su padre (o sea, yo), me paso el día trabajando. Y como hablamos en inglés, carga su afirmación con una expresión de sus manos, dando a entender que voy más allá todavía. En realidad, lo que me preocupa es pensar realmente es eso lo que piensa mi hijo de mí, que me dedico única y exclusivamente a trabajar. Mientras pienso en esto, sonrío a Ludovica y le digo que, simplemente me gusta. 
Hoy se han ido a visitar una ciudad cercana y me han dejado solo en casa, circunstancia que agradezco, ya que he de confesar que me estoy volviendo un huraño y llevo mal la convivencia, y gracias a estar solo puedo pensar, y por ello he repensado en la presentación que de mí ha hecho mi hijo a Ludovica. 
Creo que alguna vez ya he emitido mi opinión sobre esto de pensar, en todo caso, por si acaso, y como viene al caso, creo que es difícil llegar a alguna conclusión cuando se piensa sobre algo, creo eu es una especie de paseo, es decir, que no se va a ninguna parte, aunque el trayecto, eso sí, a veces, puede ser agradable. 
Y cómo iba diciendo, me he puesto a pensar en mi adicción al trabajo, o más bien en la opinión de mi hijo sobre ella. Y pienso que sí, que trabajo mucho, pero también pienso que también tengo mis ratos de ocio, pero que cómo suelo estar solo, nadie los visualiza. Pero, en realidad, lleva razón, quizás me pase con las horas de trabajo, pero yo pienso que no es adicción, simplemente tengo trabajo que hacer, y casi siempre es mi circunstancia, trabajo por hacer. 
A parte de ello, no me da vergüenza admitir que el trabajo es un espacio en el que me encuentro cómodo, en el que me encuentro, a veces, realizado; dentro del cual recibo también satisfacciones y también muchos sinsabores. Visto así, se podría resumir que el trabajo es una especie de vida, ya que aglutina satisfacciones, desilusiones, triunfos y fracasos y ¿la vida es eso, no? Quizás también sea consecuencia, me refiero a mi gusto por el trabajo, de los fracasos permanentes en otras áreas de mi vida, o en el hecho de que nada consiga poner delante de mis narices algo atractivo, que me obligara a poner menos atención a mis labores profesionales. 
Aun así, mi cabeza va girando poco a poco y mi gusto por el trabajo se enfrenta ahora al cansancio que proporcionan los años y que ya no permiten mantener el esfuerzo que exige una vida profesional plena, con todas esas chorradas de la competitividad, el esfuerzo y la superación permanentes, pero no, no es que sea un excéntrico del trabajo, simplemente soy así, va en mi ADN, supongo que salgo a mi padre un trabajador que se pasó la vida trabajando y que murió de un infarto cinco o seis años después de jubilarse, que injusticia no. 
A veces pienso que a mi me ocurrirá lo mismo, y que sólo tendré un puñado pequeño de años para disfrutar de la vida sin responsabilidades profesionales. Espero que no sea el caso, y que me pueda convertir en un viejo recio, cascarrabias, pero recio, capaz de caminar sólo, de levantarme y acostarme por mis propios medios, una especie de viejo eterno en plan abuelo de Heidi, viviendo con una cabra en medio de un páramo elevado batido por el viento, bajo dos o tres grandes árboles, entre vegetación dura y resistente, la propia del páramo, y grandes piedras de granito con su musgo correspondiente en sus caras norte y con un cielo raso sobre mi cabeza, y con estrellas, y con un gran perro, o quizás dos. Un páramo al que llegue poca gente, en el que me pueda aislar del mundo y de sus chorradas, en el que pueda llegar a olvidarlo y concentrarme en algo del más allá, en algo revelador, en algo que explique y exponga las razones y los parques de mi estancia aquí, en esta Tierra. Un páramo en el que pueda morir en paz, quizás olvidado, tanto que mi cuerpo acabe erosionándose y desapareciendo en varías ráfagas de viento, sería un bonito final, en silencio, sin lamentos, fundido con la naturaleza, sin nombres grabados, sin fechas, a fin de cuentas, así acabamos todos, y la vida sigue. 
Sigo triste, quizás hasta más, lo cual no implica que no tenga capacidad para sonreír. Y si no os lo dije, sigo con mi dolor en la cabeza, como si tuviera un golpe en el cráneo, y quizás lo tenga, no quiero darle importancia, como no quiero darle a nada que quiera acabar conmigo. Un beso. 

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Published by Fausto Lipomedes
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21 junio 2017 3 21 /06 /junio /2017 23:54

¿Qué te pasa? Veo en tu rostro malestar. 
No, nada, responde.
Sí, algo te ocurre, es lo que veo en la expresión de tu cara. 
Sí, me encuentro mal, tengo la sensación de que voy detrás de todo. 
¿Detrás de todo? Y como no vamos a ir detrás de todo, suficiente con estar dentro de ese todo. El todo, vacuo y superfluo. El todo, loco, cimentado con muros cada vez más delgados y finos. El todo, que ya no tiene peso, es un globo enorme que engorda sin parar y que amenaza con explotar. El todo, día a día inflado, y nos metemos dentro, y desde él miramos al exterior confundiendo la realidad, tamizada y opaca, tal y como se ve desde su interior. ¿Dónde está el mundo? ¿Dónde ha quedado? ¿Qué es realidad y qué ficción? ¿Qué tiene peso y qué es liviano? Llevo días pensando en ello. Estoy triste, diría que destrozado, con el alma arrasada por un calenturiento viento que no deja de soplar que no deja de erosionar mi cabeza, que también me duele, no por dentro, sino el cráneo o quizás sea dentro y siento un reflejo. Estoy cansado, a veces creo que exhausto, atendiendo, sin parar, a ese todo, que se nutre de la locura, del caos, de imposibles que se han convertido en rutinas, que no da tregua, que ha perdido hasta la capacidad del regocijo, que requiere calma, pues siempre hay más, las 24 horas, insaciable, implacable, que se come el tiempo empequeñeciendo la vida, eliminando las distancias, encogiendo el mundo y mostrando la desesperación con su esperpéntica sonrisa. 
Vuelvo pronto, un técnico ha de venir a casa, a las seis. Me llama a las cinco y veinte. Me dijeron que a las seis. No hay problema, ahora vuelvo. Atiendo el móvil mientras conduzco. No coja el móvil al volante, hay peligro, de accidente, de morir. Cuelgo, miro el reloj, visualizo las curvas, visualizo como las trazaré para ahorrar tiempo. Llego a casa, no está el técnico. Me vuelve a llamar. ¿Está usted ya allí? Aquí estoy. Ahora voy para allá. Respiro. Voy a abrir la puerta, ¿Y mis llaves? No llevo, ¿Cómo entro? Sopeso ventanas abiertas, sopeso poner una escalera y trepar. Rodeo la casa, hay un ventanuco, lo empujo, la ventana se mueve. Meto una pierna, apoyo mi pie en una encimara, me introduzco, como un caco en mi propia casa, ya estoy dentro. Suena el móvil, no es el técnico, es del trabajo, ni imagina mi interlocutor que acabo de entrar en m casa a través de una ventana. Suena el timbre, es el técnico. Sudo. El hombre va despacio, quiero que se marche y me deje solo, quiero estar solo, simplemente no hablar, simplemente no responder, simplemente no pensar. El mundo va loco, el mundo, y sus habitantes que se han convertido en vendedores y en compradores, y en más vendedores, de sueños, de retos, de afanes, de hechos, algunos virtuales. Y yo perdiendo el tiempo en medio de todo ello, también vendiendo, a veces comprando, para mí, para otros, y llama a tu madre, que le quedan pocos años, o quizás menos a ti, ¿quién sabe? y haz ejercicio, y no fumes, y respira hondo, y no tires cosas al suelo, y recicla y no envejezcas y sonríe y di maravilloso, y estupendo, y claro que sí, como hacían los viejos consultores, que vendían soluciones porque para ellos no existían los problemas, después de todo, ¿quién los quiere? 

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5 junio 2017 1 05 /06 /junio /2017 23:40

Esta semana ya sé todo lo que me va a ocurrir. Tengo la semana repleta y me esperan acá y allá. Será, ya ha empezado a serlo, una semana de llegar a todas partes, hacer el paripé y largarme a otro sitio, donde habré de hacer otro paripé y así sucesivamente. Esta semana se mezcla lo profesional con lo personal. Mi hijo se gradúa, y no sé desde cuando han importado, desde las tierras de los salvajes, esos actos multitudinarios con los estudiantes, perfectamente vestidos (todos con trajes), recibiendo una banda, y la familia, emocionada, asiste al acto y luego todos toman un vino español, mientras departen sobre la nada, sobre el futuro brillante de los graduados, lo guapos que están, etcétera. Supongo que esto es la vida. 
Pensaba escribir de fútbol, después de vivir anonadado las magnas celebraciones del Real Madrid tras haber ganado la Champions, pero tampoco me apetece ahora, aunque el tema da para mucho, así que lo haré más adelante. 
Hoy he vuelto presuroso. Los lunes tengo ganas de volver a casa. El recorrido ha sido espectacular, era factible pensar que era una bonita tarde de otoño. He llegado, me he enfundado en mis harapos de solitario y me he ido a revisar la presión de los neumáticos del coche, y volviendo al hogar me he desviado a mi camino. 
La tarde aun conservaba parte del frescor de ayer, y por un momento he querido rememorar el magnífico paseo del domingo. y ha habido un momento de abstracción temporal, lo que me ha permitido ignorar en qué momento me encontraba, pero ha sido irremediable volver al lunes y ser consciente, por tanto, de que sólo me encontraba dentro de un lapsus breve de tranquilidad. Me lo han roto mails que llegan, solicitudes desde Nueva York o desde Barcelona que aterrizan en el bolsillo de mis pantalones. Y de vuelta a casa, corriendo, a abrir el ordenador y solícitamente, responder. Mientras lo hago pongo la tele, me hace compañía, es un run run social de imágenes y ruido, de frases fáciles y ñoñas, una especie de Casa del Reloj, de Televisión Escolar para adultos. Tengo las manos algo sucias después de verificar la presión de los neumáticos, y ello me lleva a lavármelas, y ello me lleva a volver a ver la gotera que ya tengo detectada hace semanas en el cuarto de baño de abajo y que viene del cuarto de baño de arriba, ambos míos, por los que no tendré problemas con el vecino de arriba cuando, de una vez por todas, tenga tiempo para llamar al seguro solicitando que vengan a arreglarlo. 
Vuelvo al ordenador y dispongo de múltiples canales de comunicación con multitud de personas.  Las ordeno, clasifico, empaqueto, doy botones sobre la pantalla y se producen procesos, suenan campanillas, avisos. Todos los indicadores están en verde, respiro. Me levanto, salgo a ver el Sol poniéndose, un gato negro cruza raudo la azotea, vuelvo al frigorífico, extraigo una loncha de pavo y la troceo para darle de cenar. Cuando vuelvo ya son dos, maúllan, no se atreven a acercarse, malditos felinos, tan desconfiados. Me meto dentro, cena, resoplo, lavo los platos, cepillo mis dientes, vuelta al sillón, vuelvo a resoplar, ahora. 

 

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Published by Fausto Lipomedes - en resoplo rutina estrés paseo
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